Austria. Viena. Lujo y desenfreno.

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Si no es para esquiar, preferiblemente en la zona de Innsbruck, o para vivir los increíbles carnavales del Tirol, Austria es Viena. Sí, ya sé, está Salzburg, y su casco antiguo es Patrimonio Cultural de la Humanidad pero, sinceramente, y con todos los respetos, a mi me pareció una ciudad un pelín exagerada en cuanto a Parque de atracciones del insigne Wolfgang Amadeus Mozart y yo, siempre aceptando que para gustos los colores, prefiero Viena, la ciudad, dicen, con mayor nivel de vida del Mundo. 

Si se da la oportunidad un día escribiré en vivo sobre Innsbruck donde me gustaría volver, pero ahora estoy recordando y, recordar por recordar, quiero escribir sobre Viena. 

Fué un lujazo, una parte de mi Luna de Miel, un fin de semana alojados, recién matrimoniados, ni más ni menos que en el Hotel Imperial. Por aquel entonces eso suponía, al cambio, unos 300 euracos al día.

La primera noche nos pusimos guapos, pero guapos de verdad, pantalones anchos y camisa de seda india ella, esmoquin con pajarita y toda la mandanga yo, y nos fuimos a cenar al Cronos. Creo que se llamaba, o se llama, así. Es el restaurante, con un ambiente un tanto decadente de Café vienés, donde se va a cenar, de gala, antes o después de ir a un concierto en la Ópera de Viena. Sí, sí, yo fuí a la Ópera de Viena. No soy mucho de ópera, pero ese era el plan y fué una pasada. «La flauta mágica», de Mozart, naturalmente. Increíble, alucinante y todos los adjetivos que puedas soltar se quedan cortos ante el escenario, la música, la sensación, los sentimientos… Una de esos momentos que quedan grabados en la memoria para siempre. Te has gastado en un día el sueldo de un mes pero lo que has vivido es absolutamente extra ordinario y, a partir de ahí, que te quiten lo bailao y tiempo habrá, si eso, para ahorrar con una sonrisa. Me vengo tan arriba de recordarlo que, a lo peor, hasta pongo una foto de ese día como prueba irrefutable de que yo también he sido elegante, joven, guapo y con el pelo corto. No sé si me atreveré. Quizás no llegue a tanto porque confesarlo ya me da un poco de vergüencilla y si alguien cree que todo esto me lo estoy inventando pues… casi mejor. Es más, decidido: sólo pondré esa foto si tengo 350.000 peticiones del público a quien tanto quiero y a quien tanto debo. Y si me da su permiso mi ex mujer, claro. Hasta entonces, valga una foto de mi DNI de aquella época que basta para asegurarme a mi mismo que lo que estoy escribiendo es algo que viví yo y no otro, y en esta misma vida, porque, a veces, hasta a mí me entran dudas. 

Al día siguiente todo Viena, la ciudad con espíritus tan legendarios como Mozart, Beethoven y Sigmund Freud y, lo primero, pasear por el río, el mítico Danubio, el colmo del romanticismo. Faltaría menos. 

Después, visita de palacios con protagonismo para el Schönbrunn, la residencia de verano de los Habsburgo. A mi eso me cansa, qué quieres que te diga. Los palacios, los que lo habitan o habitaron y lo que significan me da repelús así que nos vamos a probar un tarta Sacher en el bar del no menos mítico Hotel Sacher. Los pasteles, capitaneados por la Sacher y el Apfelstrudel, son otra de las señas de identidad de la ciudad imperial. Con eso y una salchicha en un puesto callejero ha de bastar para distraer el hambre porque hoy toca comer ligero. Algo hay que ahorrar y la cena también será de las sonadas. 

Cerramos la mañana con más música: concierto de los Niños Cantores, quizás el coro más famoso del planeta. Leo que sus más de 500 años de historia no son suficientes para acorazarlos contra el coronavirus y, hoy en día, están luchando por sobrevivir a la crisis que supone para todos la pandemia. Pasar de medio millón de visitantes al año a cuatro gatos los ha puesto al borde de la quiebra. Da miedo pensar qué Mundo quedará tras el maldito bicho cuando podamos cuantificar definitivamente los daños. 

Por la tarde exhibición de la Escuela de Equitación. Hasta hacía entonces relativamente poquitos años, yo había sido, como hobby pero a nivel profesional, domador de caballos españoles en unas caballerizas de La Bisbal d Empordá y, obviamente, no me podía perder este maravilloso espectáculo, el cúlmen de la elegancia caballista. También de origen aristocrático y cortesano, desde el siglo XVIII esta escuela hace exhibiciones de doma clásica en un impresionante escenario barroco donde los caballos lipizanos y sus jinetes muestran sus habilidades como fusionados en un solo ser y en armonía con la siempre presente música clásica. Precioso. 

Y, por fin, temprano, fin de fiesta en el restaurante del Hotel, el Café Imperial, donde, ya con la economía en riesgo máximo, nos sacudimos sendas escalopas vienesas y un strudel a medias. 

Y se acabó. Volviendo a la realidad después de tanto lujo y desenfreno económico me viene a la memoria una frase que, según me contaba, le decía su padre a una querida amiga, Ana, muy proclive ella a darle de bofetadas a la sobriedad en cuanto puede: «Hija, naciste pa rica y se te torció el carro.» 

No sé. La vida es una apuesta de todo a nada. No un «todo o nada» si no un «todo a nada». Tú apuestas por lo que puedes modificar, el «todo’, pero el final siempre es la «nada». Sí o si, mueres con nada. Sólo se vive una vez, aunque,como decía el cachondo de Eduardo Punset, «Que yo me vaya a morir no está probado». 

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