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Entreparéntesis: Paz… y una postdata larga.

La violencia en el siglo XXI no es un valor aceptable. Ni contra una mujer, ni contra un hombre, ni contra un niño, ni contra un animal, ni contra un país. Y, que no expliquen cuentos porque en ningún caso hay más razones para la guerra que las económicas. Pur(t)o dinero. O pur(t)os recursos económicos, que es lo mismo.

Viajar por todo el Mundo me ha dejado una sola cosa clarísima: no hay ni un sólo país de mala gente. La aplastante mayoría del pueblo llano es esencialmente buena y solidaria. A mi me han tratado de maravilla en todos lados. 

Ahora tenemos Ucrania en las noticias. Hemos dejado atrás Myanmar y Afganistán, pero solo han desaparecido de los medios porque, esas guerras, siguen existiendo como existen las de Siria, Yemen, Palestina, Etiopía, Libia, Mali… y así hasta más de 60 guerras activas a dia de hoy. Más de la mitad de los países del Mundo están inmersos en conflictos bélicos en este mismo momento y en el mismo planeta que vivimos nosotros. Bombas, disparos, torturas, violaciones, sangre, vísceras, metralla, miseria… muchas lágrimas. No hay peligro de una Guerra Mundial. Ya estamos en una Guerra Mundial. Siempre hemos estado. «El hombre es un lobo para el hombre». 

Hay que ir con cuidadín y debemos ser firmes pero cautos con nuestras exigencias de derechos y con nuestras indignaciones. Ojito. Sólo hay un único derecho universal: vivir en paz. Ni estar sano es un derecho inalienable porque eso toca a quien toca. Pero la paz no. La paz es absolutamente exigible. Es el mínimo común exigible. ¿Exigible a quien? Pues a los políticos. Digo yo… 

Cada uno de los conflictos con armas, insisto 60 y pico hoy mismo, es un fracaso de los políticos que dirigen el país y los de sus vecinos, potencias influyentes, federaciones, confederaciones, organismos internacionales, etc, etc. Por eso podemos concluir que, en la práctica, el Mundo y todos los países que lo forman esrán, estamos, fracasando. O quizás son, somis, ciegos, sordos y/o interesados porque, no nos engañemos: el armamento da dinerito. Díselo a los fabricantes y comisionistas con o sin tarjeta, con o sin corona. 

La verdad es que me pone los pelos de punta ver a los políticos condenar «enérgicamente» una guerra mientras, encima, venden armamento al vecino. Postureo asquerosito. No condenes lo que no hay y es tu obligación conseguir.

Y no me pone nada de punta, pero si me hace una cierta gracia tristona, ver como civiles particulares que hace un mes sabían tanto de Ucrania como de química nuclear y que, si le decían que había un grupo de ucranianos o de albanokosovares en su barrio, se encerraban en casa a cal y canto en casa, hablar por los codos y escribir a discreción sobre el tema con tonos dramáticos de lástima por la masacre de moda. Espero que se trate de una evolución y, a partir de ahora, toda la sociedad se movilice igual por la próxima y por todas las guerras. 

Y mientras todos lloramos por Ucrania y clamamos contra Rusia, uno se pregunta por qué nadie a dicho nunca nada de las barbaridades que se han hecho en Dombas, por qué no se ha movilizado nada ni prácticamente nadie por Somalia, por qué no se ha iluminado ningún monumento con la bandera de Mozambique,  ni los que ahora derraman ríos de tinta jamás ha escrito sobre Sudán… 

Y así, voy nadando entre la ignorancia y la impotencia sin saber muy bien que hacer, ni qué decir, ni que escribir. 

¿Los chinos apoyan a Rusia? ¡Ah! Es que son amarillos (y malos por definición). ¿India apoya Rusia? Muy morenos esos indios. A «nosotros» nos apoyan los buenos: los americanos. Los periódicos no mienten. Y la tele y el cine tampoco. 

Pero veo a un señor catalán y muy español, que es «Alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad», explicarme de qué va todo esto y… no sé. A mi es que ni el título (¡vaya pedazo de tarjeta debe tener!) ni la cara de este señor me acaba de convencer. Si le quito las gafas,… le pongo un sombrero y me recuerda al General Custer y le pongo plumas y veo a Toro Sentado. 

¿Será todo esto un intento de manipular al pueblo nuevamente y utilizar Ucrania para fortalecer la OTAN e incrementar los gastos de defensa? ¿Será, como en esas películas americanas, que está clarísimo quienes son los buenos y quienes los malos? ¿Será que hay guerras y muertos de primera y de segunda categoría? Mal vamos. Vamos mal. Los ejércitos no son necesarios. O no deberian serlo. Que no expliquen cuentos. Los políticos y el poder económico mueven fichas para derribar, instaurar y consolidar constantemente gobiernos. ¿Les hacen falta las armas? ¡No me digas! 

No hay éxitos ni héroes en la guerra. Los héroes son los que firman la paz. No hay más. 

¡PAZ!

P. D. Y después de la paz… ¿qué?

Pues progresar y crecer. Seguir agotando recursos para tener los derechos que el Mundo no tiene ninguna obligación de darnos. Comprar lavadoras, el coche que nos hace tanta ilusión, el movil que necesitamos, esa ropita tan mona, la casa de nuestros sueños en la playa, multiplicarnos a discreción, comprar esos kiwis y aguacates tan sanos, ir el fin de semana a Londres, vivir hasta los 200 años, votar y mantener a todos esos políticos que tanta falta hacen, fumar porque no lo puedo dejar, que nos suban el sueldo, que aumenten los beneficios, disfrutar de las luces de Navidad, tener una boda como Dios manda, darnos duchas calentitas, tomar un buen cafetito de Nespresso después del pollo a l’ast, …

… y que la Unesco nos declare a todos Patrimonio Intangible de la Humanidad. 




Entreparéntesis. El miedo a viajar.

Más o menos controlada la pandemia, ha llegado el momento de continuar mi Vuelta al Mundo, veinte meses después de dejarla en pausa obligatoria. Continuar, eso sí, poquito a poquito, un par de meses por Centroamérica. Quizás sólo México. 

Esta tendría que ser la tercera y última etapa: Centroamérica, EEUU, Canadá y vuelta a casa por los países nórdicos. Va a ser que no porque, hoy por hoy, pasar tantas fronteras de una tacada con el virus todavía por ahí, con sus reglas continuamente cambiantes, es mucho arriesgar. Por lo menos para mí. Habrá que dividir la etapa. 

Así pues, de entrada, Centroamérica y sólo poco más de 2 meses. Y, aun asi, da un poco de… respeto.Yo no voy a Cancún, a la playita. Además me he aburguesado un pelín, he «entrado en la rueda», voy a viajar y viajar no es fácil. Da… «respeto». O miedo. 

Todo el mundo desea viajar, «es un sueño», pero hay muchas razones, argumentos, excusas y justificaciones para no hacerlo. Por ejemplo, dicen algunos, muchos, casi demasiados, vivir viajando es un sueño que vale mucho dinero. Pues no señor. La principal razon para no viajar es… «respeto». O miedo.

Se debería ya desterrar el mito de que para viajar el dinero es un impedimento o un requisito esencial. El dinero con viajar tiene poco que ver si hablamos de vivir en viaje, vivir viajando…Ni viajar es una suerte sólo al alcance de un puñado de privilegiados, ni para viajar se necesita mas dinero que para vivir. Hay muchas anclas que te mantienen en tierra, pero el dinero no es una. Pareja, familia, salud, hipotecas, seguridad… Miedo. Esas circunstancias sí atan corto al suelo y no permiten más que breves (y caros) vuelos. Pero ¿el dinero? No. Se gasta menos viajando que en casa, en un país europeo inmerso en el sistema consumista.

Todo el mundo, en el fondo, sabe que se vive con poco sin grandes sacrificios. Con mucho menos de lo que el sistema necesita y predica. Si no viajas es por… «respeto». O miedo.

Y es que a menudo se confunde viajar con ir de vacaciones o con hacer turismo. Y no es lo mismo mismamente. Ni mucho menos. Ir de vacaciones sí es caro y gustoso. Aunque también cansado. Viajar no es tan fácil y al Mundo hay que tenerle respeto, como a la mar. 

La verdad es que lo esencial para vivir viajando es que has de querer y y te ha de gustar. Pero has de querer y te ha de gustar de verdad de la buena. En cuanto a mi, por ser gráfico, decir que yo quiero y me gusta viajar es como decir que un proboscidio tiene un miembro de tamaño mediano. Yo quiero con necesidad vital y me encanta viajar.

O, mejor dicho, lo que me gusta no es viajar, que es un coñazo de organización, disciplina, nervios y continuos imponderables que hay que ir salvando como puedes. Viajar es tomar la responsabilidad de ti mismo en entornos totalmente desconocidos y eso es un trabajo intenso. No, lo que me encanta no es viajar si no lo que me da el viajar. 

Viajar abre mis umbrales, me hace crecer, me hace valorar, me impide esconderme de la vida, me humaniza, me agudiza el ingenio, me obliga a estar conmigo mismo, me desapega de múltiples y comunes esclavitudes, me centra, me pone en mi lugar, me da fuerza y humildad, me hace trabajar duramente la resilencia, la empatía y la inteligencia emocional, me hace saber gestionar mi tiempo, me forma continuamente… 

Y eso por entre 40 y 50 euros al dia, transporte incluidísimo, dependiendo del nivel de confort que quieras o necesites. El mismo dinero que cuesta vivir aquí, a resguardo y quietecito en tus ámbitos y rutinas que, reconócelo, no están tan mal. Y si no están mal, cuidado con lo que envidias y deseas. 

Viajar no es fácil y da respeto. Y con el Covid suelto por ahí todavía más. No todo el mundo sirve para viajar y yo no sé si me acordaré. Supongo que tengo los usos y costumbres viajeros tan interiorizados que no me costará, aunque la sensación es tanto de ilusión como de… respeto, nerviosismo, intranquilidad y tensión… es decir, MIEDO. Pero, desde luego, me voy. Una prueba. Dos meses de viaje.

Ultimo dia en casa… Ese último dia es el peor. Sube la tensión. Dudas….Ya en el aeropuerto, con su maravillosa mezcolanza de humanidad… Paso el check-in y tambien el control de aduana. Salgo en 10 minutos… Cosquillas en el estomago. El miedo se queda aqui.

Que el cosmos reparta suerte. Seguimos…. 




Entre paréntesis. Un agosto en la ciudad.

«El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo”.

-Así habló Zaratrusta, Friedrich Nietzsche.

Veo a todo el mundo muy metido en si mismo, opinando y sabiendo de todos los temas habidos y por haber y convencidos de su verdad. Las palabras mas utilizadas ahora no son «si» y «no», son «claro» y «pero» y nadie se entiende con nadie fuera de su circulo más íntimo. Y ni eso.

En cambio, la gente se mueve en manada y a un mismo son. En agosto, son vacaciones, se escuchan los tambores de salida y comienza la diáspora. Yo, para variar, a contracorriente.

La brisa marina está sobrevalorada y a más de 10 metros del mar ya es una leyenda, y el aire de la montaña se enrarece por estas épocas con el polvo que levantan las estampidas humanas así que, para mi, lo lógico es ir a pasar el agosto a la ciudad, ahora una especie de Parque de Walt Disney minutos después de sonar una alarma antiaérea. 

Aquí, ahora, los semáforos son poco más que lucecitas decorativas, restaurantes vacíos y encantados de conocerte, periódicos y telediarios sin noticias que tergiversar, museos muertos de soledad para visitar con el silencio compañero, calles, terrazas como oasis remotos y abandonados, plazas y avenidas, libres incluso de patinetes y demás artilugios asesinos que invitan a pasearlas con calma…

La prisa ha huido, el ruido retumba por su ausencia, el stress ha dimitido, el tráfico no da señales de vida, los pájaros cantan y las nubes tienen permiso indefinido, 

Los 4 turistas extranjeros que hay por aquí están encantados de la vida, y yo no te digo. El Paraíso. 

Y es que en el Paraíso es cierto que hay bellezas naturales e incluso artificiales por un tubo, pero lo básico y esencial es que se trata de un privilegio por lo que, tradicional y textualmente, sólo lo disfrutan Adan, Eva y la serpiente. Si en ese Paraíso se hace una buena estrategia de marketing y se le da una buena cobertura mediática, se convierte en un infierno masificado donde, te quieras enterar o no, hay muchas más desventajas que ventajas. Sí, sí, lo admito: en cualquier paraíso yo soy siempre la serpiente. 

Parece un fenómeno extraño que la gente se mueva en masa. O por lo menos a mi me lo parece y me pregunto el por qué de esa obvia e indiscutible tendencia sin la menor esperanza de acertar en la respuesta.

Dicen que es difícil conciliar trabajo, familia, vacaciones… Si Si (emperatriz). Ya Ya (abuela). Quizás. Es difícil saber diferenciar el argumento de la excusa y, desde luego, es mas fácil tirar anclas que izar velas. 

También quizás… ¿Soledad? ¿Miedo? No sé yo por qué ni a qué. 

No sé exactamente lo que es estar solo. Por mas «solo» que camino siempre estoy conmigo mismo y con un montón de pasado y presente o, lo que es lo mismo, no hay manera de separarme de mi. Y, personalmente, no me llevo mal conmigo. ¡Son ya muchos años juntos! No hay pasión pero sí comprensión y cariño. Me conozco suficientemente como para no tener conflictos internos y vivir a gusto de mis todos yo. 

Y miedo, pues que quieres que te diga… A mi me da miedo perder el tiempo en colas y relaciones vacías de contenido, en atracciones más artificiales que extraordinarias y en actividades pasivas de ocio que no aportan absolutamente nada bueno ni física ni psíquicamente.  

¿Quizás miedo al aburrimiento? Hace muchos años leí un articulo de Quim Monzó que sostenía que la actual crisis de verdaderas vocaciones entre la juventud derivaba de la manía de hacer que los niños, constantemente, estén ocupados en actividades extra escolares que llenen su ocio. Al tener todo su tiempo ocupado externamente, nada se mueve desde su interior. 

Y decía Pablo Picasso “Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando”. Yo deseo lo contrario: que la inspiración me pille con tiempo para desarrollarla y no viendo un partido de futbol, pegándome con otros 1.000 congéneres por un lugar en la playa o una mesa en un restaurante, o esperando turno para subir a un artilugio de feria más o menos excitante. La inspiración es hija de la calma y el silencio y amiga del aburrimiento. Si puedo elegir, que cualquier buena idea me encuentre sin distracciones ni obligaciones y, a poder ser, solo. Podría parecer que soy un solitario y, la verdad, creo que no sólo lo parece pero, desde luego, para pensar y crear, como supongo para rezar con devoción, mejor en silencio. 

A mi, el no estar dentro del pelotón, me ofrece una perspectiva de la carrera que me satisface. No digo ni mejor ni peor que otras, eso no me compete calificarlo a mi, pero me satisface y, por tanto, hoy por hoy, 15 de Agosto de un año de pandemia, quizás, solo quizás, mi hábitat ideal podría ser, simple y llanamente… un agosto en la ciudad




Entre paréntesis. Con los sueños congelados.

Todo sigue igual. O peor, porque ahora vamos por la ¡¡quinta!! ola de coronavirus y, con ella, nuevas restricciones. Esta vez me ha «tocado» porque parecía que íbamos saliendo del túnel a velocidad de crucero y… ¡otro porrazo! El morro contra la pared. Mismo animal, misma piedra. 

Evidentemente, yo sigo varado en tierra, en un entre parentesis sin fin que golpea las meninges y la moral como un martillo pilón. Cada vez que releo un post de mi blog me entran todos los males y me da un vuelco el estómago. ¡Tantas aventuras! ¡Tanto vivir!… Todo parado, cancelado sin fecha de reanudación.Y lo que te rondaré morena. La ruleta ya gira sin posibilidad de apostar. «Rien ne va plus». Espera a la próxima jugada. 

¿Proyectos de viaje? Si. Me voy ahora a Extremadura, quizás también a Navarra, y quizás también a Teruel, y quizás a Andorra. Y, más quizás, en Noviembre a México y entonces ya sigo mi Vuelta al Mundo… No sé. Todo es tremendamente incierto. Cada vez que hago una previsión viene otra ola y me da un revolcón. Ya no me creo. 

El otro día vinieron a conocer la Muestra permanente de mi colección Alas y Viento de Máscaras del Mundo, en Amics UNESCO Barcelona, la profesora y alumnos de arqueología de la escuela de restauración ECORE. Gente de cultura y arte felices de conocer la colección. Me hicieron muchas preguntas, me obligaron a recordar y pasamos un buen rato comentando vivencias y experiencias de viajes. Fue un encuentro agradable pero, entre explicación y explicación yo me preguntaba a mi mismo: ¿cuándo podré volver a vivir como vivía? Libre y nómada, sin pasado ni futuro, sin rutina alguna, viviendo al dia sin más proyectos que ir hacia delante, sin mas objetivo que crecer y conocer.. . La respuesta no está en el viento ni, mucho menos, en mis alas. No sé si no me encuentro bien o no me siento bien. No se si me encuentro y no se si me siento. 

En estos meses de pandemia, desde que llegue a casa, ya cerradas las fronteras el 16 de marzo del 2.019, hace hoy casi 500 días (¡Madre mía!), a través de esa colección de máscaras he vivido magníficas experiencias, he conocido a muchísimas personas interesantes, estoy inmerso en un montón de proyectos que me apetecen y me ilusionan pero… 

Mi carga es la misma que mi motivación: tengo mucho más pasado que futuro. Es obvio que, en un buen caso, frente al medio millón de horas ya vividas, me quedan entre 100.000 y 125.000 horas más de las cuales unas 30.000 deberé dormir. ¿Quizás 150.000 horas? Lo veo poco, por lo que ese pensamiento me motiva extraordinariamente y mantiene instalado en mi culo un cohete de motivación pero, también, las prisas me pesan como una losa y me llevan a una especie de… ¿Ansiedad? ¿Flojera? Tic, tac, tic, tac… La voz del tiempo es como el sonido de las uñas en la pizarra o de un tenedor rascando un plato. Angustioso. 

Quizás es que los humanos no pedimos solo ser felices si no que exigimos euforia, plenitud, la plenitud que yo sólo siento viajando. Y es que viajar es, era, para algunos, el sentido de la vida. Un viajero es un viajero. 

¡Qué se le va a hacer! Creo que nos queda todavía un montón de tiempo para acabar con «ESTO» y hay que acostumbrarse. No se. No quiero pensar que no acabaré mi Vuelta al Mundo. Solo me queda America Central, EE. UU, Canadá y volver por Islandia y Noruega hasta llegar a casa. «Solo». Y todavía entonces me faltarán un montón de países por conocer que me he saltado olímpicamente. 

Creo que lo que estamos soportando todos y cada uno de nosotros con esta pandemia es durete. A veces ni nos damos cuenta pero se ve y se nota. 

Este post no es una queja si no que lo escribo por si a alguien le va bien sentirse acompañado. Nos están sacudiendo a todos. Si algo así os pasa a veces, si alguien se siente vapuleado, a lo peor es consuelo de tontos pero, para que lo sepáis: no estáis solos. Ahora no queda otra que recordar y esperar. Fuerza y prudencia. Ahí estamos todos… 

… con los sueños congelados. 




Entre paréntesis. 2.020. El año de la pandemia.

Ya llevamos casi un año entre paréntesis. Ojalá el 2.020, como digo en el título de este post, quede en nuestra memoria colectiva como «El año de la pandemia» y no como «El año que empezó todo». O quizás eso tampoco estaría mal… No sé. 

Su nacimiento me pilló en Brasil, después estuve en Colombia, ya en febrero en Ecuador y, tras 14 días de marzo en Portugal, el Mundo quedó cerrado a cal y canto. Así, de golpe y sin anestesia. Como quien dice en 4 días, el virus (no quiero ni nombrarlo) se había extendido incontrolable, los sistemas sanitarios estaban colapsados, estaba muriendo gente a miles y todos fuimos quedando confinados en espacios mas o menos minúsculos. 

Ese confinamiento para mí fue una nueva aventura, ni más ni menos. Tres meses en mi casa con tiempo para disfrutarla y descansar de mi continuo deambular, en una soledad rodeada de mar y montaña, un montón de día y de noche para trabajar en todo lo atrasado, pequeños paseos para respirar un poco de aire libre… La verdad, nunca había tenido ni mi casa ni mi vida tan limpita y ordenada. 

Así nos plantamos en la mitad del año y ya pudimos salir de casa y nos encontramos una nueva «normalidad». Un nuevo Mundo mucho más limitado. Restricciones casi absolutas para cruzar fronteras, socialización mínima, mascarillas y tests, limitaciones en el trabajo, crisis económica galopante, prohibición de todo lo que signifique ocio, fiesta y multitud… Un verano y un otoño raros, rarísimos, pero no malos. A mi me habían quitado el viajar pero, reinventándome, me he dedicado al mundo de las máscaras, mi otro mundo, exponiendo, haciendo relaciones, proyectando, estudiando y catalogando. Y, además, disfrutando de mi gente, gente mía a la que veo muy poco y con la que estar de vez en cuando ya es para mí extraordinario porque la vida viajera te aleja de los que quieres incluso más que una pandemia.

Y ha llegado la Navidad, una Navidad que yo nunca vivo, y he seguido sin vivirla más que de forma muy tangencial. Nada mal, nada va mal, como en una isla tranquila… Al paso. Soy de los que piensan que nada es bueno o malo, que todo tiene su cara y su cruz y es cuestión de buscar a las situaciones de la vida el morro y no el cogote. 

Los postres de este año han sido pruebas médicas y una operación de la hernia que me habían dejado de recuerdo las montañas que subí durante el último viaje. Cuando escribo esto todavía no lo sé, pero supongo que todo irá bien. Y mi cuerpo y mi mente se siguen aburguesando, me duelen todos los huesos de la relativa inactividad y, todo yo mismo mismamente y en mi totalidad, clamo por volver a viajar y a crecer. Y en esas estamos, otro año pasó, pas mal, insisto, pero yo ya parezco un bicho enjaulado. Ha sido un año extraño, quizás el menos activo de muchos pero, al mismo tiempo, quizás el más diferente y, por tanto, en cierto modo igual de aventurero que otros. No sé.

He procurador viajar a saltitos, de aquí para allá siempre dentro de España y… No, bien no estoy. Mentiría si dijera lo contrario. Nadie está bien, creo. No mal, como máximo. Sin drama, obviamente, pero yo desde junio tendría que estar viajando y ahora mismo estaría en Estados Unidos o, quizás, entrando en Canadá. De ahí seguiría viviendo, como siempre, a trote y galope y ya me pasaría a Islandia e iría viajando hacia el sur y llegando a casa habiendo acabado mi Vuelta al Mundo. No ha podido ser. Bien, qué se le va a hacer. Al paso. 

«Paciencia», me digo, «Sí», me contestó. Pero,… me da verdadero pánico pensar en qué voy a sentir y escribir el año que viene por estas fechas sobre qué fue el 2.021 si esto sigue más o menos igual… y por ahí andamos por lo menos por ahora. 

Parece que, ahora, se da el tiro de salida a la «carrera de las vacunas» envuelta en un montonazo de interrogantes que habrá que ir gestionando como cada uno pueda o quiera. Tampoco suena bonita la melodía. 

Yo, como muchos, quizás como todos, con este periodo de vida no tengo mucho feeling pero, desde luego, seguimos. No me ha parecido un mal año. Es lo que nos toca vivir, vivir es maravilloso y, además, todos hemos descubierto un montón de cosas. Unos hemos aprendido el valor de «pequeñas cosas», otros se han introducido en la tecnología y se han reinventado, algunos han visto cosas que tenían y no conocían, el entorno se ha recuperado un poquito, algunos han conocido al vecino y otros han tenido tiempo que no tenían para asuntos pendientes… Quizás el tema es si el 2.020 ha servido para algo. Si no es así es una mierda pero… si es una mierda no es culpa suya. Espero ver, cuando se disipe esta espesa niebla, qué es eso que viene después del «año de la pandemia» o del «año en que empezó todo». Lo que venga tendrá su cara y su cruz. Veremos.

Mientras, estoy un poco tristón y me sobran horas, algo para mi inaudito. Pero no me quejo. El poco hoy se llena de sueños cumplidos ayer y yo tengo muchos de esos en el zurrón.

Al fin y al cabo… Esto sólo es un entre paréntesis. 




Entre paréntesis. Seis meses después.

Pues hace ya 6 meses que, de golpe y sin anestesia, llegó de un virus, un tal COVID-19, pinchó el globo y todo cambió.

Encima, lloviendo sobre mojado, ahora estamos entrando en una segunda ola de casos que parece que viene con muy mala uva. El asunto tiene mala pinta y, de entrada, nos obligan a un «confinamiento nocturno» de 22 a 6 horas, vamos también hacia el «confinamiento de fin de semana»… y que todo quede ahí. 

Es cierto que siempre hay que dejar pasar el tiempo para opinar y éste es un tema muy delicado pero, personalmente, no veo al coronavirus como una plaga o un enemigo sino más como un instrumento que ha venido, llegado o caído, de a saber donde, para encarrilar a la entrada en el siglo XXI. Desde luego puedo estar muy equivocado y el bicho en cuestión puede ser, únicamente, ni más ni menos que una pesadilla. 

Pero es que quizás ya iba siendo hora que algo o alguien interviniera. Creo que lo de entrar en una nueva época no lo estábamos haciendo bien. Por lo menos a mí eso me parece bastante obvio y poco discutible. 

Siete mil quinientos millones de personas moviéndose de aquí para allá consumiendo Naturaleza desaforadamente, cada vez musculando menos nuestra inteligencia y debilitando nos con la sensibilidad en carne viva, con tantos derechos y tan poca conciencia de deberes, con tanta inmensa desigualdad, con gobiernos y administradores sobredimensionados, lentos, inoperantes y apoltronados sin más objetivo que mantener el puesto de trabajo… No sé.

Quizás la tecnología se utilizaba más para ocio y bienestar que para necesidad y progreso, todo el mundo sabe de todo, cada vez somos más talibanes de nuestras opiniones, se habla mucho, se dice y hace nada y estábamos instalados en un confort rutinario y una socialización cómoda pero superficial y poco enriquecedora… Quizás. 

¡Habían tantos temas importantes y se avanzaba tan poco! Mira por donde viene un virus y hace 6 meses que no oigo hablar más que de él en todos lados. ¿Todo lo demás que abarrotaba periódicos, programas de tele y conversaciones privadas donde estará? No sería muy necesario. Ya no nos interesa tanto lo que antes nos interesaba mucho. Quizás eran temas prescindibles. 

Algunas medidas de las que se van tomando me gustan más y otras me gustan menos. Sobre todo, y como a todos, me gustan menos las que me afectan más pero, en genérico, y a medida que se van puliendo las cosas, no veo otra posibilidad ni veo mal la dirección aunque es claro que nuestra socialización se ha limitado, el movimiento restringido, la situación económica agravado y, a veces, el silencio es estruendoso… Si, es verdad, hay que seguir puliendo y puliendo, sí, pero también hay que ir asumiendo. 

Nuestra seguridad y certidumbre ha caído como el suelo bajo los pies con lo que antes eran nuestros lugares comunes y supuestos derechos adquiridos ¡Y lo que te rondaré morena! Parece que, por obligación, la gente está más quietecita y más consigo mismo y la Naturaleza lo agradece. Y en casa, por aburrimiento incluso, creo que todos hacemos cosas, quizás más sencillas, y nos buscamos la vida intentando encajar en la novedad. ¿Quizás el tiempo se ha ampliado? 

A mi se me han acabado por ahora los viajes y, la verdad, cuesta acostumbrarse. Me ha cambiado el estilo de vida pero ya me está bien, no hay drama. Sólo faltaría porque un montón de gente lo está pasando mucho peor. Para mi es un cambio y me gustan y estoy acostumbrado a los cambios. Es una nueva situación y hay que adaptarse pero, aparte de la falta de nomadismo y todo lo que de sorpresa continúa esa pérdida conlleva, todo lo demás continúa siendo satisfactorio. No es lo deseado pero… Ya volveré a viajar. No se cuándo ni cómo, pero seguro que todo se irá regularizando y poniéndose a un nivel adecuado y volveré a volar alto y lejos. Mientras tanto, habrá que disfrutar vuelos más bajos y cercanos. 

Vale, a lo peor todo esto no tiene nada, absolutamente nada de bueno, pero pensar asi ni me sirve ni me lleva a ningún sitio. Prefiero la teoría optimista. 

Al fin y al cabo enfrentarse a las adversidades siempre te hace crecer, y el puñetero virus es una adversidad de las gordas, así que no tendremos más remedio que desarrollarnos individual y colectivamente. «Reinventarse o morir» dicen por todos lados. Eso… eso no es fácil, hacerlo va a necesitar y producir un montón de musculo intelectual, autocrítica, sentido común y, desde luego, van a producirse agujetas y, en todos los sentidos, incluso en los más desgarradores, muchas, muchas bajas. 

Creo que la próxima generación no va a tener mucho que ver con la nuestra. No se si eso es para entristecerse o alegrarse. 

Salud y fuerza gente. Todo es vida. Seguimos.




Entre paréntesis. Basura.

Hace unos meses escribí en mi Facebook particular unas líneas sobre toda la basura que estoy viendo y oyendo. Hoy voy a repetirlo aquí y concretar un poco más aunque, desde luego, los personajes que cito, siempre en genérico, son ficticios y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Si alguien se siente identificado… malo.

Cuánta porquería hay por todos lados. Políticos, empresarios, profesionales, gente a pie de calle… 

OJO, que un día… 

Calladitos estamos más guapos. No vayamos a protestar, que aquel es su amigo, que aquella conoce a su madre, que el otro ha de pedir un favor para su hija, que aquellos son vecinos…

Y si protestamos, cuidadín, siempre con buenas formas que, sobre todo, hay que ser educado….y para mear hay que ponerse guantes. No hay que cagarse en todo lo que se menea porque eso queda muy feo.

Pero OJO, que algún día…

¿Y el pueblo? Al pueblo, mientras tanto, también más muerto que dormido, le dan pan, tele y fútbol, se pierde y calla. Algunos no, algunos ya están dando pasos al frente. Yo también lo doy. A mí no me da la gana de ser educado y calladito aunque me ponga feo. Voy caliente a tope.

«Ellos» son muy diplomáticos, muy educados, muy formales y serenos. Yo no. Ya lo dice el barquero: «Guárdeme Dios de las aguas calmas que, de las bravas, ya me cuidaré yo.»

¿Que un sombrío humanoide de mucho despacho, bonito cargo y nula formación dice que se puede seguir robando coral al mar? Pues vale.

¿Que políticos permiten que arrasen montañas y playas pustulándolas de casas que capitostes capitalinos, rusos, árabes o marcianos, sus delicadas esposas y sus encantadores hijos habitarán 15 días al año? Pues muy bien. Algo sacaremos.

¿Y los políticos y religiosos que mandan a su gente a conflictos civiles violentos? Eso ya es para nota ¿no? Banderas, sangre, fronteras, armas, recursos naturales, dioses…  Que mal les sabe, pero hay que hacerlo porque…

¿Que empresarios con dinero para quemar quieren ganar más cargándose pueblos, valles, mares, montañas o ecosistemas enteros, pagando salarios de supervivencia y creando lujo para hoy y hambre para mañana? Entiendo. Si no lo hace el lo haría otro. No pasa nada, ¡No exageremos hombre!

¿Qué un edil provecha su cargo para comprar, vender y especular? Pues fenomenal! ¿Y el que roba? Bueno, a veces no son robos, son… Al fin y al cabo fué «votado» ¿no? ¿Los políticos son la imagen del pueblo que vota no?

¿Qué un chaval con 2 brazos y 2 piernas, con todo pagado por sus papis, trabaja lo mínimo para meterse en el paro y con el subsidio, se compra unos pantalones guays y el último modelo de móvil con chorricientas megas y tropecientos bites? Pues adelante.

¿Que aquel se monta un entramado de comisiones, el otro trabaja sin la menor profesionalidad, el Banco desahucia a un anciano y todavía quiere cobrarle gastos, los Tribunales sueltan a corruptos y violadores …..? Es lo que hay.

¡Madre de Dios y del Amor Hermoso!

¿Por qué quien tiene más poder o dinero y, por tanto, debería hacer más por los demás y por la tierra, son las bestias más depredadoras de personas y Naturaleza? Y en el fondo de todo, la Gran Pregunta: ¿Para que coño quieren tanto dinero? No puedo con esos, no puedo. ¿Se creen que no van a morir? ¡Y tanto que morirán! Y a su muerte sus hijos, ex y parientes se sacarán los ojos encima de la tumba aún caliente por una porción del fúnebre pastel mientras los cuervos del “Estado del Bienestar” sobrevuelan el cadáver a la espera de su parte de carroña en Impuesto de Sucesiones. ¿Y para que les habrá servido sembrar tanta porquería y tanta maldad?

Cómo me gustaría traerme a alguno que yo me sé aquí, a Manila o Dakar o Bamako. Aquí, a mi vera, con 4 duros en el bolsillo, una mano delante y la otra detrás…. Sin agencia de viajes, sin guía, ni plan, ni itinerario, ni la madre que los parió y cuidó, desgraciadamente, hasta que desarrollaron su vomitiva personalidad trilera, canallesca y tonta. Quizás aprenderían algo. No, eso sí es tontería…

Pero, por lo menos, yo no quiero callarme. Somos responsables de lo que hacemos y de lo que no hacemos, de lo que decimos y de lo que no decimos. A mí no me da la gana de estar calladito. ¿Qué voy a perder? ¿Algún «amigo»? Harto estoy de esos amigos que sólo lo son mientras digas lo que quieren oír.

Hay que reflexionar porque, si todo sigue así, ojo, que algún día…

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Entre paréntesis. Revolución.

Cuando estás mucho, mucho tiempo fuera de casa, viajas por el Mundo y tienes tiempo para reflexionar, cuando no tienes en los morros los árboles que tapan el bosque, cuando ves, analizas y comparas, parece como que la visión se te aclara. O algo así.

¿Y que tengo claro? Tengo claro que quizás tardará algo en caer, como los elefantes heridos de muerte, pero nuestro sistema de vida está finiquitado, caduco, muerto. Kaput. R.I.P.

Quizás en sus últimos estertores hará algún daño y algún estúpido político aprobará una ley contra la Naturaleza o un empresario con pocas luces pretenderá seguir construyendo casas a costa de bosques. O en más pequeñito, algún papito sin nada en el cerebro sacará de su casa, el mar, un pulpo o una estrella de mar para distraer a su hijo tonto ya sin remedio. Pero son seres y actitudes como piel muerta. Son zombis. Están, pero ya no son.

Se impone para YA, y ya se está produciendo, individualmente y a través de asociaciones y plataformas, un resurgimiento del poder civil que acabe, drástica, radical y revolucionariamente con tanta subnormalidad y tanta canallada.

En mi infancia, las gaviotas eran aves pescadoras.  Las gaviotas son pescadoras, lo que ocurre es que el ser humano arrasa con todo lo vivo a su paso y solo deja basura y desperdicios para las demás especies. Hoy, en una sola generación, hemos convertido a las gaviotas  en carroñeras. Una sola generación! 50 años. Y un día, el mismo ser humano no tendrá de que alimentarse. Eso pasará en muy poco tiempo porque todo va vertiginosamente rápido. Otra generación quizás. Eso ya no es ciencia ficción. Quizás alguien que ya ha nacido y se refolcila en lo superfluo sin la menor educación ni conciencia ecológica verá a su hijo escarbando en la basura para comer. ¿Catastrofismo?

Será duro. Primero habrá que acabar con los más dañino, luego nos tocará a todo el mundo reeducarnos.

Pero primero los depredadores. Los mequetrefes no están de enhorabuena. Ahora empieza a haber gente consciente que no calla y, organizados, ya ejercen ese poder civil. Los más grandes chapuzeros se pueden encontrar, y se van a encontrar, con que un día, cuando sigilosos quieran hacer alguna de las suyas, el pueblo, como si fuera un portero de discoteca alto, grande y fuerte como un oso les ponga una mano en el pecho y les pare. Entonces, por fin, mirarán cohibidos hacia arriba, se sentirán como unos enanos pillados in fraganti intentando colarse sin pagar y, mientras se les clava una mirada severa en los ojos, oirán que les decimos: “Pero donde te crees que vas, payasete.” (*)

Y después vendremos todos. Habrá que reestructurar y reconvertir. Habrá que meter en la cárcel y tirar la llave a violadores y corruptos, habrá que multar, sancionar y confiscar bienes a todos los que incumplan leyes extraordinariamente severas y prohibitivas sobre ecología y picaresca y habrá que reciclar muchos oficios y profesiones que, con la inercia de 50 años no han sabido ver el futuro.

Malos tiempos para los amantes de lo superfluo. Malos también para los que se creen que el papá Estado les va a quitar las castañas del fuego toda la vida. Malos tiempos para los poco formados y para los pusilánimes. Malos tiempos para los listillos, los derrochadores y los malos profesionales, para los que se crean mejores que su vecino y para los que se quieran parecer a él.

Habrá que reconsiderar drásticamente temas que la gente considera derechos adquiridos y todo eso llevará unos años de crisis severa y todos perderemos lo que ahora se considera “calidad de vida”. Todos menos nuestros nietos porque, hoy por hoy, a los hijos de nuestros hijos no les dejamos más que una película de mentira y un montón de mierda bajo la alfombra.

Yo lo veo con preocupación, pero también con optimismo y esperanza porque, piense cada uno lo que piense, y aunque todo el mundo crea que todo eso no va con él, el colectivo, por intuición, por instinto de supervivencia, ya se ha puesto en marcha. Todo está empezando a cambiar muy poquito a poco y esto ya no hay quien lo pare.

Hemos gastado Naturaleza a manos llenas como si no se fuera a acabar nunca y no le estamos dejando tiempo de regeneración. Los crecimientos económicos de China e India, en promedios del 10% anual, suponen también incrementos de nivel de vida y consumo  en casi la mitad de la población mundial. Mientras, el crecimiento en Europa se ralentiza drásticamente. El Imperio de Oriente pide paso. Así ha ocurrido cíclica y constantemente durante toda la Historia.

Agarrémonos porque vienen curvas y, sobre todo, que cada uno piense muy, pero que muy bien, hacia donde va el siglo XXI y tome las decisiones correctas para adaptarse. Si no lo hace, la vida le obligará, y será peor. Entonces vendrán los lamentos. “Don Yo Creía” y “ Don Yo Pensaba”, son dos señores que no sirven para nada.

* Nota. La frase “Pero donde te crees que vas, payasete.” no es mía. Pertenece a Miguel Royan, “Miguelón”, mítico portero de locales de noche de mi pueblo, Begur.




Entre paréntesis. Pandemia. El Mundo se defiende solo: la veda.

Hoy hace 30 días que llegué a casa. Y ya no he salido. Confinamiento. La Vida, la Providencia, la Naturaleza, el Destino, el Karma o lo que sea, ha decretado arresto domiciliario universal. Tampoco es tan dura la sentencia. Yo necesitaba descansar, aunque quizás no tanto.

Tengo una rutina diaria. Soy experto en establecer rutinas para adaptarme a las situaciones y circunstancias.  Me levanto entre 8 y 9 de la mañana sin despertador. El sol me despierta cuando él y mi cuerpo se ponen de acuerdo. Trabajo con el móvil ya desayunando, escucho las noticias por la radio, un paseo, me hago una tabla de gimnasia de mantenimiento, hago la comida y ya se acaba la mañana. Además los jueves voy a comprar “víveres”. Por la tarde es más light todavía y, después de comer, dedico la tarde a trabajar, escribir, leer, chatear, hacer la cena… La televisión la veo muy, muy poco porque me da miedo. No creo que sea sana. Cositas muy escogidas. Un concierto de Txarango por ejemplo: alegría, esperanza, compromiso, mezcolanza étnica… Suelo hacer también una conferencia con algún amigo cada tarde. Ahora da tiempo para todo. Y aunque yo soy poco por no decir nada doméstico tengo la casa como los chorros del oro y, si después de pasar el mocho, piso encima, me riño con cariño por descuidado y lo vuelvo a pasar. Las tareas de la casa, aseo, cocina, etc, llenan los huecos y los días pasan rápido sin pasar.

Es como si hubiera naufragado dentro de una cápsula confortable o un barco varado en una isla desierta o en el País de Nunca Jamás. Buenas vistas al mar, si la niebla no envuelve la playa, el fuego, mis cosas… Nadie en la cala. Quizás veo a lo lejos 3 ó 4 personas al día paseando a sus perros. Y la preocupación. La preocupación está y, compinchada con la rutina, van haciendo intentos de hincarme el diente. Pero yo estoy aquí conmigo y me llevo bien. No hay pasión, pero tampoco conflicto.

Pienso en cuánto durará esto y cómo será después. Creo que, de una manera u otra, con más o menos rigidez y con más o menos dureza, esta situación durará hasta bien entrado junio. Tres meses. Si, por ahí andará. Y viajar, no creo yo que se puedan traspasar fronteras hasta enero o más allá. Entre unas cosas y otras no confío en poder volver a mi Vuelta al Mundo hasta marzo o abril del año próximo. Y lo veo muy lejos, demasiado lejos, pero es lo que hay. Hay una pandemia.

El Mundo no creo yo que cambie mucho después. El ser humano es especialista en olvidos. Yo creo, por lo que leo, veo y cómo siempre he pensado, que Occidente debería tender a mayor disciplina y menor confort material. Ese sistema de consumismo desaforado no está saliendo bien. Y debilita, física y mentalmente. Pero no confío mucho en grandes cambios. Por ahora no. Quizás detalles pero, bien, serán pasitos.

Fíjate, a mi me ha encantado que, al entrar el coronavirus en Yemen, Arabia Saudita se ha visto obligada a un alto el fuego y, por unos días, los bombardeos que han asolado el país durante 5 años se han parado. ¿Seguirán? Seguramente. A lo peor a la próxima si es más gorda, los pasos serán zancadas. No se, para mi es un rayito de esperanza porque veo que el Mundo se defiende solo, que no es que puede haber un Mundo mejor si no que, antes o después, el Mundo será mejor para él… y para quienes lo quieran acompañar.

Por ahora, desde luego, más que un descanso es una veda para la Naturaleza. Hemos dejado de usar y abusar de ella. El mar está cristalino, los bosques brotan salvajes, los animales campan a sus anchas… Las ardillas corretean felices y las gaviotas han dejado de ser carroñeras para volver a ser pescadoras. Los cormoranes no te digo… en el cielo, y la contaminación ha remitido casi en un 50%, a los límites aconsejados por la OMS. Pero es un punto y seguido, seguro. No todo es rápido y para mañana. Sería fantástico convencer a la gente y, después, obligar a los políticos y al poder económico a decretar cada año un confinamiento «justo», una veda universal. Si, me gusta más el concepto «VEDA». Es más positivo. Se parece a  «VIDA». Y, si no queremos, pues nada, ya, se encargará el Mundo de obligarnos. A lo vivo y sin anestesia. En catalán tenemos una exprésión preciosa de aviso, de amenaza: «Tu ves fent… » (Tu ves haciendo…) 

En la casa hay mucha humedad, eso sí. Me duelen todos los huesos. Todos mis mecanismos, acostumbrados a un ritmo de crucero, chirrían anquilosados y voy perdiendo forma física. Costará después coger el ritmo.  El cuerpo se resiente. Ayer deshice la mochila. Me entristecí un poco.

Y la mente también duele. Hace 25 días que no tengo una relación humana que no sea virtual con nadie, Bueno, quizás podría decir 10 meses porque en ese sentido sigue siendo como estar de viaje pero sin moverme. Ninguna relación personal salvo esporádicas con algún viajero o un guía o un hostelero, o poco más que un hola y adiós. Y 10 días con mi hijo en Madagascar. A él hace 5 meses que no le abrazo. No sé. A ver a qué lleva eso. Quizás se me irá la pinza. Yo ya soy solitario y en mi casa no hay ambiente familiar precisamente. No dejo entrar a mucha gente ni en mi casa ni en mi vida ni salgo demasiado a otras vidas, pero es que ahora me han cerrado la escotilla y la sensación cambia.

Pero no me quejo, ni mucho menos. Tengo salud, el Mundo se mueve y, al final, no es más que otro viaje, aunque sea en bicicleta estática. Otro capítulo, otra aventura. A ver qué aprendo. La vida es una gran maestra.

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Entre parentesis. Boxes. Mi Buenos Aires querido.

«Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver, no habrán mas penas ni olvido…»

Alfredo Le Pera/Carlos Gardel

Si, necesito descansar. Llevo casi 5 meses de viaje intenso, primero por Turquía y, después, de Addis Abeba a Cape Town por todo el África oriental. Un viaje duro. Una dura etapa. Y ahora cruzo el charco y me voy a Sudamérica. Entro en la segunda mitad de mi Vuelta al Mundo. Quizás el último tercio. 

Un viaje así desgasta. Poco a poco, imperceptiblemente. Desgasta por todos lados, como vías de agua en el casco de un barco en navegación transoceánica. Desgasta físicamente, psíquicamente, desgasta la piel, el estomago, las emociones, las lumbares, los riñones, desgasta los pies, las ilusiones, los sueños y hasta el alma. Son arañazos de arrecife que hay que reparar. 

Antes de seguir necesito entrar en boxes y mi casa está demasiado lejos para eso, pero Buenos Aires no. Buenos Aires está en el camino y en Buenos Aires tengo buenos amigos. Añoro compañía.

Ademas, mi Buenos Aires querido tiene… eso. Eso indescriptible de próximo, de mio. Ese hablar musical y milonguero, ese sabor y olor, ese swing tanguero que reconforta y te arranca la sonrisa nada mas llegar. 

Gustavo me está esperando al bajar del avión y ya no me suelta. Gustavo y tanta historia en común. El Machu Pichu, las familias, Sa Riera, Tandil, el Camino de Santiago, las largas horas de conversaciòn regadas con malbec y coca cola con Fernet y las competencias culinarias sin mas posible final que las tablas so pena de reventar tirados a gatas por el suelo…Los partidos del Barça, los asados,  nuestras bromas nuestras, las costillas a la brasa con allioli…

Gustavo me debe ver muy echo polvo porque me dice: «Me encanta leer tus aventuras pero… ¿no apretás demasiado?  Se me ocurre que le estáis tocando el culito a la muerte, hermano». Callo. No sé. ¿La muerte? No sé yo. Supongo no será hoy y mañana ya vemos.

Y me zambullo en los amigos y en Buenos Aires. Avenida Corrientes, sus teatros y restaurantes, Avenida Sta Fe, sus tiendas y la Librería Ateneo, Callao, el Parque de los Ingleses y Avenida del Libertador, Retiro… el Obelisco, en 9 de Julio, la Avenida mas ancha del mundo, el Teatro Colón… San Telmo y Palermo, el Luna Park y Puerto Madero y la Casa Rosada, el Cabildo, la Catedral….

Se funden los olores, buenos aires, del papel impreso a la pizza, del kiosko de flores a las carnes parrilleras y el choripan, de las empanadas a los jacarandás,….y se funden las presencias, de Mafalda a Maradona, de Gardel a Fangio, de los combatientes de las Malvinas a las Madres de la Plaza de Mayo, del Papa a los Perón, de Borges y Cortazar al Che Guevara…se funden el vino, las horas y las inacabables conversaciones sobre viajes, sobre el amor, la literatura, la familia, la vida, el ser humano… 

Y se va limpiando y lijando el casco y se van sellando fisuras y vías con masilla buena de cariño y buena vida…

Y después de Buenos Aires, Tandil y la familia argentina, otra piscina de aguas balsámicas. Y me sumerjo otra vez… Por orden de apariciòn, salen a escena Gastón, Dolo, Agustina e Isabelita, Lala, los dos hermanos Golden, “Gibson” y “Fender”, Santiago y Nadia, Felipe, Titán y su mujer Belén y las mellizas Ana y Júlia… De la soledad salto a las comidas y cenas de familia numerosa. Los lloros de los niños, los ladridos de  los perros y las risas de los adultos me producen un dulce aturdimiento y gano 1 kg, y gano 2, quizás 3… , y gano 4 sonrisas, y 5 y 10… Muda la piel, muda el caparazón, muda la cáscara…

De un tiro Gustavo me acerca a Mar del Plata, uno de los pocos rincones argentinos que no conozco y paseamos por el puerto con la brisa del mar en la cara. Las personalisimas casas de estilo marplatense que se hicieron los patricios argentinos hace casi un siglo van siendo abandonadas, derribadas y sustituidas por enormes modernidades de 30 pisos sin ninguna gracia… No me gusta. No lo puedo ni entender.

Paseando, ida y vuelta, casi 15 km de Costalera. Un pescadito para comer. Y más sonrisas, muchas más y de vuelta a Tandil. Y un paseo, y unas milanesas, y un paseo, y un asado, y otro paseo, y una picadita, y un paseo…

Y ya es hora de volver al Mundo. Me voy con olor a hogar y me cuesta irme, me cuesta mucho. Momento de intima tristeza, de nudo en la garganta, de nada más que decir. Pero si no llega el día de decir adiós no llegará el día de volvernos a ver, me digo. ¿Quien sabe?

Y vuelvo a Buenos Aires donde me espera Francisco, a quien conocí el año pasado en el lago Baikal. Y otro asado, este con nocturnidad, con 2 argentinos y un periodista guatemalteco en una casa antigua de San Telmo con grandes patios y anarquía recargada de sorpresas muebles y sabor porteño. Cada asado es un nuevo ritual de amistad con sus tempos, su fondo y su forma, y otra larga conversación sobre anécdotas viajeras, política, filosofía y sueños me tiran encima las 4 de la mañana.

Es ya domingo y de madrugada vuelo a Rio de Janeiro. Todavía alcanza para callejear por Microcentro en fiesta de guardar, chafardear en la Feria de San Telmo, una milanesa en la Gran Parrilla del Plata, un café con Pedro, otro bonaerense viajero y un último vistazo a Puerto Madero…despidiéndome de a poquito.

Ya estoy preparado para volver a navegar. Volver a caminar, volver a volar. Como siempre, puerto seguro, Buenos Aires ha cumplido.

Mi Buenos Aires querido, cuando yo te vuelva a ver, no habrán mas penas ni olvido…»

Seguimos…

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Entre parentesis. Cuatro meses en África. No puede ser.

Lo sabía, sabía que este viaje por África oriental sería difícil. Lo ha sido. Desde Addis Abeba y las infestas poblaciones de Etiopía, hasta las llanuras masai en la falda de monte Suswa en Kenia, pasando por la alegre pobreza de la buena gente de Gurué en Mozambique y los barrios basurero de Antananarivo en Madagascar, África es un continente de castigo con una miseria que te entra en las entrañas como una bala. Y no es el único, ni mucho menos, porque Asia y América… Pero ahora hablo de África y no quiero hablar de su magnífica Naturaleza que lo es, ni de las aventuras vividas, que las ha habido. Quiero hablar de pobreza, de injusticia y de responsabilidades.

Creo que lo que Occidente ha hecho, hace y, sobre todo, no hace con África clama al cielo. Y ya no solo por lo que pasó en la época colonial con sus genocidios, esclavismo y expolio generalizado, sino porque no tiene ninguna lógica que esté Mundo este dividido en dos con unas diferencias de calidad de vida tan abismales. No puede ser, simplemente. Es obvio. Y no hay nada tan difícil de explicar como lo obvio.

Simplemente, no puede ser que en Occidente nos preocupemos de las vacas hasta el punto de ponerles música clásica para cuidar su bienestar y olvidemos a los seres humanos que malviven con un dólar al día en un país de este mismo Mundo.

Simplemente, no puede ser que en Occidente encontremos como lo más normal y lo mínimamente exigible un nivel de consumismo que, por ejemplo, lleve a nuestros hijos a tener ropa de marca, verano e invierno, a comer carne o pescado cada día y a llorar si no les compran un helado, y cualquier niño en África no tenga más que lo puesto, para el frío y para el calor, no sepa lo que es comer otra cosa que arroz, maíz y patata y tenga que trabajar duramente la tierra cuando todavía no levanta ni 4 palmos del suelo.

Simplemente, no puede ser que en Occidente proliferen como hongos las ONG y cuando viajas por estas tierras no ves, con rarísimas excepciones y salvo 4 héroes, ni una obra social de entidad con su nombre.

Simplemente, no puede ser que, por muy honesto y encomiable que sea el fin, montemos verdaderas guerras por temas políticos y no haya una entidad supranacional que obligue a los gobiernos a solucionar el tema de los refugiados y la obligatoriedad de paritaria cooperación internacional para la inmediata erradicación de la miseria y el hambre.

Simplemente, no puede ser este engaño de sistema montado para el provecho de políticos y grandes empresas sin que al ciudadano medio le suponga más que la pérdida de la vida en actividades que no sólo no aportan felicidad, sino que abocan a la ignorancia y el borreguismo. Nuestra generación perdida no ha servido para nada a nuestros jóvenes que, para ser hombres y mujeres “de provecho”, deben seguir nuestros tambaleante pasos. Lo dice la tele y lo decimos hasta nosotros. Hay que tener éxito en la vida, hay que conseguir individualmente un nivel de vida alto, hay que consumir. África no existe.

Simplemente no puede ser que existan gobiernos, reyes y religiones desde el principio de los tiempos y en nuestro Mundo no haya un mínimo, minimísimo de calidad de vida para cualquier ser humano, uno a uno y en colectivos.

Simplemente, esto no puede ser. Mirarse tanto el ombligo produce ceguera. Yo he querido ver y cuesta esfuerzo pero cualquiera puede hacerlo. Aunque solo sea ver un poquito. Abrir un resquicio de la puerta que nos acomoda en nuestra poltrona. Y es cierto que lo que he visto no me gusta nada, me angustia e incluso me avergüenza. Cuando ves lo que hay aquí y piensas que hay gente que tiene dinero como para comprarse un club de fútbol se te revuelve el estomago. Es indecente lo mires como lo mires.

Un día oí en la tele que una voz gritaba: ”La oportunidad de tu vida! “. Claro, me tensé y preste atención esperanzado. Resultó que era un coche. ¡No te jode! Esa es nuestra mentalidad. Y, simplemente, no puede ser.

En Occidente, la frase que más repetimos a los demás y a nosotros mismos es: “Qué menos que….”, siempre referido a nosotros mismos. Nuestros “pequeños” placeres son sagrados. Pero es que resulta que son muchos y no son pequeños. Ni mucho menos.

Yo no soy nadie y no tengo una solución. Tampoco creo que sea mi obligación ni creo tener la capacidad para ello. Existe mucha gente y muy sesuda cobrando para eso. Yo solo puedo informar de lo que veo y dar mi opinión. Escolarización, planificación familiar, mínimos sanitarios… Es como si a África se la diera como caso perdido. Aquí no vienen a veranear los capitostes europeos, americanos, rusos o katarís. Un safari quizás, a ver animalitos con el niño y la niña bien alimentados que van para empresarios de éxito,… A Zanzibar con la pareja, sin salir de la playa y el 4×4 no vaya a ser que les ataquen las tribus salvajes.

No sé. Mi blog es solo el testimonio de un peregrinaje por la Tierra. Lo que se ve y se cuenta puede muy bien no ser aceptado por mentes burguesas enterradas en confort por lo que las reacciones pueden salir por cualquier lado. La mente tiene su instinto de supervivencia. El modo occidental de vivir ya es imposible e indecente pero la gente se aferrará a él aún matando al mensajero.

Sea como sea, lo de África duele. Aquí Occidente robó lo que pudo a manos llenas, montó las infraestructuras para seguir desangrando lo que se pudiera y nos fuimos. España se dedicó más a otros lares, con notable “éxito”, pero franceses, ingleses, portugueses y alemanes aquí se montaron una bacanal de miedo. Y nunca jamás lo han reconocido ni han devuelto nada en forma alguna. Ni siquiera en cariño y comprensión. Eran cosas de otros tiempos. No tenemos ninguna responsabilidad.

Ahora, además, utilizamos a los africanos de mercado de tercera o cuarta mano de saldos de desecho y sostenemos a políticos corruptos con la única condición de que “se porten bien estratégicamente” con alguno de los bloques ricos. Y de venirse para Europa ni pensarlo. Que se mueran en el mar. Y ahora le toca al capital chino que se están tirando al ruedo vestido de luces con arte y poderío con cuadrilla negra muy engalanada.

Simplemente, no puede ser, pero ¿Qué voy a hacer yo? Qué vas a hacer tu? No sé. Todo está atado y bien atado por todos lados. Por mi parte, aquí ya he visto más de lo que quisiera y habrá que ir plegando velas con la cabeza gacha, la conciencia intranquila y el espíritu destemplado. Me voy… No sé qué hago aquí. En África ya no queda ni Tarzán.




Entre paréntesis. Viajar low cost. Diez mandamientos para ahorrar en viaje.

Lo prometido es deuda. Dije que un día explicaría mis trucos para ahorrar en viaje. Valen mucho, pero que mucho dinero.

Ahí van los 10 mandamientos para viajar y no arruinarte en el intento.

1.- Agua del grifo o depurada. En la mayor parte de los países del mundo, en restaurantes y alojamientos tienes agua potable gratuita. Rellena tu botella. Si toda el agua que bebes es mineral de pago con marca te va a costar un riñón. Si vas de vino, cerveza o refrescos ni te digo.

2.- Alojamiento en dormitorios comunes en hostels, con derecho a cocina. No sé puede viajar solo y dormir solo. Imposible. En una habitación para ti con baño te dejas el 20% del presupuesto. Así que a compartir. De esta forma, además, conoces y conversas con otros viajeros que te darán datos de gran utilidad. Desventajas? Normalmente, ninguna que no se pueda solucionar con unos tapones para los oídos. La gente que viaja suele ser bastante educada, por la cuenta  que le trae, pero, para casos más complicados como caos de mochilas y ropa u olores desagradables…mano izquierda y aguante.

De estos hostels, una buena opción es la cadena Y.H.A., de Hostelling International, con unos 4.000 alojamientos en todo el Mundo. En teoría es una organización sin ánimo de lucro, muy especializada en mochileros y, por tanto, con servicios muy adecuados. Son básicos, funcionales y de buen precio que mejora con un 10% de descuento si te haces el carnet de miembro. Los 15 euros que vale el carnet lo rentabilizas en menos de 15 días y tiene una validez de un año.

3.- Bares y restaurantes, los mínimos. De ahí, la importancia de que los alojamientos dispongan de cocina a disposición de los huéspedes. Compras, en el súper, y cocina, en el alojamiento. Para excursiones vital comprarte una fiambrera si no quieres acabar hasta el moño de bocadillos. Ensaladas de pasta o guacamole con atún, guisantes con zanahoria y jamón, frutas, sanwitches, tortilla de patatas, salmón ahumado, etc, con un poco de mañana, cariño e imaginación son los menús de los viajeros. La carne y comidas calientes más elaboradas déjalas para la cena. Con la bebida, como cerveza, vino o coca cola y demás, igual: en el súper.

4.- Compra productos del país y fruta y verdura de temporada. Lo lógico, al igual que haces en casa. Lo importado es caro y no ayuda a la economía local.

5.- Amenities y otras gratuidades. Hay un montón de cosas útiles que los alojamientos dan gratuitamente a los clientes: jabón, dentífrico, champú, café, té…. Además, en algunos hóstels tienen organizado en una caja donde la gente, cuando se va, deja para los que vengan detrás productos que no quieren cargar como pasta, sal, pimienta, aceite, arroz…. Si aprovechas todo esto te hace ahorrar un montón de billetes. Y también ahorras peso en la mochila porque si has de llevar un botellín de todo vas dado. Mínimo 1 kg de más. Por si en la ducha no hay gel, trae contigo también una botellita de plástico pequeña para rellenar con el expendedor de jabón de manos. Todo es ahorro.

6.- Transportes, si puede ser, de noche. Te ahorras alojamiento. Viaja en transportes con los locales y camina mucho. No pilles un taxi cuando bajes del bus. Camina y ya vas conociendo la ciudad. Que llevas mucho equipaje? Aligera la mochila que no se necesitan tantas cosas para vivir. Ver consejos sobre mochila viajera (Senegal 2). Y preguntar siempre y estudiar bien pases especiales validos para varios viajes de bus o tren. Los hay en muchos países (Japón, Australia, Nueva Zelanda…)

7.- Caprichos los mínimos. Si vas por la calle y cedes a todo lo que te entra por los ojos LHC. La has cagado. Ahora un helado, después un zumo, ahora una pulserita muy mona, ahora unas galletas, ahora un cafetito, un pinchito de aperitivo, Disciplina tu mente. El Mundo no es un gran centro comercial. Regálate cada día algo si quieres. Pero no más, no actúes por impulso. Y no te cargues de “por si acasos”. Tu espalda, por el peso, y tú cartera, por el dinero, te lo agradecerán. Ah! La navajita multiusos te la quitarán en la primera aduana que pases.

8.- Monumentos y atracciones de pago. Esta lleno de actividades y visitas gratuitas. Espabila un poco o no llegarás muy lejos. Pregunta a la gente. Para eso están los centros de información y los viajeros con los que te vas encontrando. Escoge muy bien lo que haces pagando. Actividades o tours organizados son muy cómodos pero te cuestan entre 3 y 5 veces más que si lo haces por libre. Eso, en un viaje largo, es una fortuna y, al fin y al cabo, un tour organizado no supone nada más que, en lugar de controlar tu viaje, tienes que controlar al que organiza tu viaje.

9.- Ofertas. Mira siempre ofertas. Por ejemplo es más barato comer fuera que cenar porque para comer suelen haber menús y packs. En los súpers suelen ofertar lo que está cerca de la fecha de caducidad. Maniobra con cabeza. Compra por precio, no por capricho.

10.- Normalmente martes y miércoles son los días más baratos para volar. Compara buscadores de vuelos. Lo ideal, haciendo honor a lo de “Lo importante no es el destino si no el camino”, es utilizar buscadores que permitan la opción de fechas y destino indeterminados. Se trata de viajar. ¿Qué más dará dónde?

Además de todas estas normas generales hay más detalles y cada país tiene sus especialidades y truquillos locales, pero eso…eso ya es para nota.

 

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Entre paréntesis. Salud, viajero.

Vaya por delante todo mi cariño y respeto a los médicos, enfermeros y farmacéuticos que nos aguantan en nuestras peores horas, inasequibles al desaliento, y que sufren como los que más este sistema de mierda en el que vivimos con recortes presupuestarios, incomprensión y un considerable stress. Pero como en viaje no siempre los tenemos a mano, espero que me perdonen que de, sin formación para ello, unos consejillos «pseudomédicos» para viajeros.

La norma básica para mantener la salud en viaje es utilizar el sentido común, pero como ese es el menos común de los sentidos, ahí van algunos de los trucos y normas que yo sigo para mantener, más o menos, la salud en viaje :

1.- La Coca-Cola es el mejor preservativo para el estómago. Limpia cañerías y aporta azúcar. Seguro que tiene efectos secundarios. ¿Y qué medicina no los tiene?

2.- Para picadas yo apuesto por el Azarón. Es efectivo y el tubito es pequeño, no pesa y no ocupa espacio, por lo que siempre puedes llevarlo a mano. Siempre a mano.

3.- Los repelentes de mosquitos no los utilices como colonia. Eso sí es malo para la piel. Lee el prospecto. Solo en caso de verdadera necesidad, no “por si acaso”

4.- Para evitar humedades en los pies que provocan llagas y hongos, nada como los polvos de talco en botas y calcetines. Básico, igualmente, unas chanclas para las duchas. Y si no quieres que se te autolesionen hasta el suicidio por harakiri, córtate las uñas de los pies hombre!

5.- Para golpes y dolores musculares, el bàlsamo de tigre es infalible. Da más calor que una manta eléctrica. Si, seguro que también es tremendamente agresiva para la piel.

6.- En viaje se come sencillo y ligero. Si algo te da aprensión no lo comas. Eso de probarlo todo es un peligro. Nada de atracones de “eso” que está tan bueno. Tu estómago no está acostumbrado. Las pruebas, en muy pequeñas dosis. Nada crudo o poco hecho. Lo mejor es comida sana, sencilla y equilibrada. Ojo con lo que lleva huevo. Y lávate a menudo las manos. Muchos virus te los pasas tú mismo.

7.- Si quieres evitar costipados y gripes de los que estropean un viaje, nada de subir a transportes en manga y pantalón cortos y dejar el equipaje en bodega. Lleva siempre un jersey o algo de abrigo. Me agradecerás el consejo. Los aires acondicionados de trenes, aviones y autobuses son criminales. La fruta y verdura con vitamina C también ayuda (naranjas o mandarinas, kiwi, piña, pimiento rojo, tomate…)

8.- A los mosquitos les encantan las colonias y perfumes. Tú mismo/a. Y una curiosidad: a los camellos también. Puede no ser agradable que un camello se enamore de ti…

9.- Ojo con el estreñimiento. Alimentos que lo producen: comida basura, refritos y empanados, plátano, azúcares (en esto la coca cola no ayuda), galletas…Lo que si ayuda: fibras de avena y trigo, arroz, vegetales crudos, miel, ciruelas secas, agua, más agua y mucho ejercicio físico. Y el tema pasa por la teoría de los movimientos reflejos de Paulov. Búscala en Google. Se trata de tener un rito, un sistema, una costumbre. Cada día haces lo.mismo, a la misma hora, después de hacer determinadas cosas y el cuerpo aprende. Funciona. Es disciplina. En realidad eso el cuerpo lo hace solito muchas veces. No te has dado cuenta que, al llegar a casa haces siempre lo mismo? Es un movimiento reflejo. Si cada vez que entras por la puerta de tu casa te comes una tostada con mermelada, en una semana, al abrir esa puerta salivarás automáticamente. Mi cuerpo y yo, como vamos juntos a todos lados, tenemos las normas muy claras. Y eso que vivimos en un jet lag casi permanente, lo cual complica un poco el asunto.

10.- Un remedio casi infalible para evitar golpes y fracturas: Mira por donde pisas, coño! Hay que estar alerta y poner los 5 sentidos en el viaje.  Eso de ír por la vida tralarí, tralará, entusiasmado con las vistas y charlando con el de al lado o haciendo tonterías para impresionar a la vecina/o es mortal de necesidad. Y no te digo ir mirando el puto teléfono. Y las prisas, para cuando vuelvas al trabajo.

¡Y con eso y un bizcocho…a viajar que es sano!

P.D.  Sobre sexo… Ya he escrito en otros capítulos lo que pienso del turismo sexual. Y en cuanto al ocasional “de gratis” ya sois mayorcitos para saber qué y cómo hacer. ¡Digo yo!

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Entre parentesis. Vuelvo a casa.

En unos días vuelvo a casa. ¡Buf! Es fácil decirlo. En realidad, sólo vuelvo para irme otra vez en unos pocos meses. Solo he cumplido un tercio de mi sueño. Mi vuelta al Mundo tiene 3 partes y ahora acabo la primera aunque, en realidad, ya he hecho más kilómetros que los 40.000 de circunferencia de la Tierra.

Da un poquito de miedo volver. No hay ningún otro lugar del mundo al que, hoy por hoy, preferiría ir, pero da un pelín de angustia. ¿Cómo me encontraré? Vengo de un lugar muy, muy grande y muy, muy solitario.

Hay gente que dice que me envidia. Bueno…eso hay que ponerlo en contexto. Cuidado con lo que deseas. Conseguir vivir lo que estoy viviendo es un privilegio increíble, pero hacerlo, amigo…hacerlo tiene su guasa. Hacerlo es física y mentalmente durillo. Es intenso, es apasionante, es fascinante, pero quien lo quiera intentar que se prepare.

Y si no está preparado, la Universidad de Mundología se encargará de enseñarle. Con los mejores profesores te dan lecciones de tolerancia, solidaridad, orden, organización, humildad, alerta y respeto. La Naturaleza té enseña tu insignificancia y, si no aprendes, una diarrea en un autobús té darà una clase maestra de recuperación de las que recuerdas toda la vida. Tomas un montón de decisiones y conoces lo importante que es la serenidad.

Un tren cruzando la estepa rusa te harà escribir mil veces en la pizarra la palabra soledad y ganarás en disciplina y fortaleza mental porque a fuerza ahorcan. Un ampolla en un pie y la necesidad de una tirita te mostrará el valor de las pequeñas cosas y el peso de tu mochila pondrà en su lugar el materialismo y el consumismo. Los intentos de robo y timos te darán normas para conocer a las personas y alguna clase de repaso que llega desde casa te ayudará a saber con quién puedes contar y con quién no.

Tendrás lecciones de supervivencia, a veces caras, de generosidad y de moderación, y aprenderás a compartir. En educación física conocerás el límite de tu cuerpo y lo disciplinarás, se fortalecerá tu espíritu y se ampliará tu capacidad de sacrificio y adaptabilidad. Sabrás de la fuerza de una sonrisa, se te agudizará el ingenio y se musculará tu curiosidad. O así debe ser porque si no…malo.

La letra con sangre entra, y tú soberbia, tu vanidad, tu debilidad  y tú pusilanimidad recibirán de lo lindo ostias y capones por todos lados. Conocerás de valores y principios, de esfuerzos y merecimientos, de nostalgia y pérdida y, sobre todo, aprenderás a aprender. También está la asignatura de desarraigo y desapego. Esa es complicada. Yo la llevo mal.

Por todo eso no te dan ni un título, ni una medalla, ni una banda de honor, ni habrá fiesta de graduación porque esto no se acaba nunca, Quizás, solo quizás, los demás verán esa formación en tu mirada o la reconocerán en tu manera de vivir. No sé. Está por ver.

Ah! Y de esa universidad no sale ningún maestro. Los que hacen esa carrera bastante tienen con digerir las lecciones como para querer además darlas.

Yo, la verdad, vuelvo porque lo necesito como el agua que bebo. Este año de carrera, una carrera que me temo no tiene fin, ya lo he dicho y lo repito, ha sido intensa. Necesito descansar la mente y reparar el cuerpo.

Es como todo. Todo estilo de vida exige sacrificios. El mar, la montaña, un deporte, la empresa, la familia, viajar… La gente se queda con la foto chula pero, detrás, hay un montón de lucha, un montón de esfuerzo… Es como subir una montaña. La cima es el no va más, es el clímax, es placer, pero… hay que llegar allí. Cuidadín. Y a mí me falta mucho. Vuelvo a casa para prepararme para esa segunda etapa.

Mas de 333 días de viaje. Casi un año. Son un pilón de días con situaciones de todo tipo que has de controlar. Ni la gente, ni la Naturaleza, ni la vida, ni tu mente te da cuartel. No estamos preparados para la vida nómada. No es nuestra manera natural de vivir.

La recompensa si, la recompensa es enorme. Enorme. Lo que he llegado a ver y vivir este año ha sobrepasado todas mis expectativas y objetivos. Las aventuras en el lago Baikal, en Rusia, y en el Monte Pulag, en Filipinas, los momentos compartidos con Ramón en Japon y Tasmania, y con nuevos amigos como Encarna en Laos o Jordi en Myanmar…la paz en Wallpole o Bicheno, en Australia, los callejeos por Tokio o Bankok, la miseria de Manila, los alucinantes paisajes de Tongariro en Nueva Zelanda, Ha Giang en Vietnam o Mae Sariang en Tailandia, las acampadas en Urulu o Walls of Jerusalem….

Por tierra, mar y aire he caminado por bosques húmedos y desiertos, he ascendido montañas, he traspasado selvas, he subido a volcanes activos, me he bañado en mares templados y he navegado por océanos, fiordos y lagos. He vadeado ríos, he visto funerales, carreras de barcazas y carnavales, he viajado con ferrocarriles cruzando estepas y vertiginosos desfiladeros, he estado arriba y abajo de larguísimos cañones naturales, he vivido dias en islas soleadas y heladas, en metrópolis y en ínfimas aldeas. Con nieve, lluvia y sol de justicia, he dormido en aeropuertos, cabañas, refugios y tiendas de campaña, he reído, he llorado, he sido feliz y me he sentido muy, muy solo y desgraciado…he vivido, he vivido muchísimo y muy intensamente.

Ahora ya está…por ahora. Me paro. Voy a buscar la otra mitad de mi llámale alma, corazón o como quieras que, por más vueltas que yo de por el Mundo, nunca viene conmigo.

Vuelvo a casa.

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Entre parentesis. 200 días en Asia. La ola

He visto en Asia, de golpe y sin anestesia, 8 países. He disfrutado mucho de su Naturaleza y de su gente y, como ya a veces he comentado, he visto mucha miseria y mucha sonrisa. Por eso, me he puesto a pensar en qué es lo que tiene está gente que les da una felicidad de la que carece nuestro depresivo Occidente.

Está claro que el dinero no da la felicidad pero decir eso es un tópico fácil. Lo difícil es saber qué es lo que sí da la felicidad. ¿Què es lo que hace que gente con muchísimas menos cosas que el occidental medio sea más feliz que él?

La pregunta tiene guasa, pero puedo apuntar un par o tres de cositas que yo creo que algo tienen que ver con la respuesta.

El occidental ha perdido, a chorro, forma física, fortaleza espiritual y capacidad de sufrimiento.

Nada que ver una forma física labrada en un gimnasio o jugando al padel que la que tienes porque trabajas y vives en comunión con la Naturaleza. En Occidente estamos acostumbrados a que, apretando un interruptor, se enciende la luz, el agua sale calentita, se bajan las persianas y se enciende la tele. Ellos tienen que darle a una manivela para que funcione un equipo electrógeno, cargar cuesta arriba un cubo de agua para lavarse y nadie tiene un sofá para ver una tele que tampoco existe. Se cortan su leña, trabajan sus cultivos y cargan sus pertenencias.

El cambio de la cultura del esfuerzo de nuestros padres a nuestra cultura del interruptor es nefasto. Los ascensores, los coches, las prisas y los gimnasios son muy chics, pero el cuerpo y la mente se debilitan. La operación bikini, los cuerpos Danone y demás martingalas son tonterías.

Nuestra alimentación tampoco ayuda. Aquí comen con una de nuestras tapas y un bol de arroz, fideos o una sopa y un huevo. El agua, la fruta, grano y verduras que da la tierra es la base de su sustento. Allí, demasiadas grasas, demasiada carne, demasiado aceite y demasiado alcohol nos hace pesados y lentos.

La forma física es salud, y la salud sí da felicidad.

Ojito.

Y no te digo fortaleza espiritual. En Oriente se practica y se siente la espiritualidad en todas sus formas y en muchísimas variantes, desde el budismo al taoísmo incluso pasando por un ferviente cristianismo y, siempre, con un enorme respeto a los mayores, la familia como base de convivencia y a la madre Naturaleza. Allí ya no creemos en nada. Familia? Cual de ellas? La que nos vio nacer en la que ya nadie se habla ni en Navidad? La que formamos con la primera pareja? La que estamos formando con la tercera? A los mayores los colocamos en residencias y padres e hijos tienen vidas totalmente separadas e independientes. En Dios, algunos dicen creer pero minimizan al límite practicar. Y a la Naturaleza la violamos constantemente, a golpe de plástico, humo y ladrillazos.

En Occidente ya no tenemos ni religión, no ideología ni filosofía. Lo único que importa es el dinero.

Todo eso nos hace muy vulnerables. Demasiadas necesidades, muchas carencias y nada donde agarrarse.

Espiritualidad y valores básicos y naturales dan seguridad, y la seguridad y la confianza sí dan tranquilidad y felicidad.

Ojito.

Y que vamos a decir de la capacidad de sufrimiento. Donde para nosotros empieza una situación, si no insoportable, sí incómoda e incluso indigna, para ellos empieza una vida confortable y sin razón para queja alguna, si no más bien todo lo contrario. En Occidente son tantos los lujos que tenemos que se han convertido en lo.mas natural, casi en derechos básicos de cualquier ser humano. Por debajo de ahí es miseria. Que menos que un par de coches!…y alguna moto. Que menos que una casa con calefacción, agua caliente y una cocina “decentemente equipada”!…y quizás un garaje. Que menos que, 1 vez al mes, ir a un restaurante con amigos, salir de fin de semana, comprar algo de ropa, ir a un concierto, al futbol, al cine y al teatro! …y un viajecito de vacaciones como todo el mundo, claro.  Todo eso y mucho más son mínimos para nosotros. Si no tenemos eso… tristeza. Pues ellos no lo han tenido nunca, así que nadie puede quitárselo.

Con poquito se puede ser muy feliz, pero, al igual que el tabaquismo o el alcoholismo, el consumismo nos acostumbra y adicciona a mil cosas hasta que su carencia nos produce un “mono” del que es complicado salir. Muy complicado. Ese es el sistema en el que vivimos y el que nos hace débiles, víctimas propiciatorias para la depresión, la ansiedad y todo tipo de neurosis que son, ya hoy, la peste del siglo XXI.

Cuanto más tienes más quieres, cuanto más te falta menos feliz eres.

Ojito

De todas formas lo curioso, o quizás debería decir lo jodido, es que la ola está llegando a Asia…

En las ciudades sobre todo, pero ya también casi hasta en el último rincón de las montañas, las nuevas generaciones ya se pierden por jugar con el móvil y escuchar música pop. Y de ahí….

Es una lástima, pero nosotros no vamos a aprender de ellos, son ellos los que están aprendiendo de nosotros. El turismo masivo y, sobre todo, internet, están haciendo estragos en culturas milenarias.

Si, es una pena pero la ola está llegando hasta el último rincón del mundo. Muy, muy rápido.

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Entre parentesis. Navidades en las antípodas.

Pues ya está aquí. Ya llegó. Día 24 de diciembre. Empieza la Navidad y yo con estos pelos. En Hobart, Tasmania. Lejos, lejos.

Estoy en las antípodas de mi casa, el lugar diametralmente opuesto a donde está mi gente, separados por 180° de longitud y en hemisferios diferentes. Justo debajo o encima de mi hogar. A 20.000 km más o menos. A casi 12 horas de diferencia horaria, allí invierno, aqui verano. Concretamente, las antípodas de Begur es Nueva Zelanda, y allí estaré muy, muy prontito.

Planes. Para Nochebuena he reservado una mesa en el mismo restaurante en el que cenamos con Ramón el primer día cuando vino a verme. Y el 25 de Diciembre, fum, fum fum, he quedado conmigo mismo mismamente para cocinarme una buena comida de Navidad en el hostel, todavía no he decidido qué exactamente. La noche de Fin de Año la pasaré en el aeropuerto de Melbourne, viniendo de Sidney y en tránsito hacia Queenstown en Nueva Zelanda. Y el año lo empezaré…en un avión, claro. Nuevo año y país nuevo. Es mi vida.

Pueden parecer tristes, solitarias, pero para mi son unas bonitas Navidades. Mi hijo está feliz y sano, a mi familia y a mis amigos parece que todo les va más o menos bien. Yo también estoy fuerte y sano, vivo una vida intensa y me gusta…

Sí, estoy solo, sí. Claro que podría estar mejor.

Amor no, quita, quita. En eso tengo la piel correosa y, visto lo visto, me interesa tanto el tema como los problemas de reproducción del ornitorrinco en cautiverio. Para esas guerras me he quedado sin munición y la última bala la guardo para mí.

Pero la sangre sí tira. Mi hijo al irse, después de su última visita, me ha dejado un vacío abisal. Un agujero en algún lado por el que me entra frío a chorro.

Claro que siento nostalgia y añoranza, claro que tengo momentos de soledad y tristeza, pero… quién no? Quien no echa de menos algún ser querido que no está? Pero son unas bonitas Navidades. Unas Merry Christmas.

Enfermedad, accidentes, cataclismos, guerras, persecuciones. Eso sí que pone triste y, si no estás en esos casos, pues como para quejarte…

Ah! Sin quejarme, pero si me dan rabia y quiero acordarme de los violentos, los intolerantes, los avaros, los soberbios, los egoístas, los hipócritas… A todos esos, está Navidad les deseo una intensa descomposición estomacal. Tal cual.

Paso una Nochebuena agradable, una cena de pescado en un lugar bonito aunque, cuando salgo del restaurante, me da una pájara. La sensación es dura. Me imagino llegar a mi casa, mirar el mar, sentir el fuego crepitar detrás mío… Y llego a un hostel. Se me hace un nudo en la garganta. Me ha parecido ver en la calle a mi hermana. Quizás he bebido demasiado vino. No estoy acostumbrado. No era ella, ni conozco a nadie aquí, todo es extraño. Pero también todo es nuevo y apasionante, y estoy teniendo una experiencia impagable y privilegiada. Remonto.

En Navidad, el día 25, después de desayunar salgo a la calle a fumar un cigarrillo. No hay ni un alma. Un amigo me ha enviado una canción: L’Empordà, de Sopa de Cabra. Me apoyo en una pared blanca, cierro los ojos y recuerdo…Tengo el corazón muy lleno.

Valoro la posibilidad de comer con alguien del hostel. Puedo elegir entre un chino que habla solo, un libanés que llora en una esquina, un coreano chiquitín con una máquina de fotos más grande que él que juega con el teléfono a marcianitos, y un francés  con cara de pocos amigos que parece campeón de halterofilia. Llámame raro pero decido comer solo. Madrecita, que me quedé como estoy. Al final, el menú es, de primero, un aperitivo de salmón atlántico australiano y, de segundo, pechuga de pollo con sofrito, pansas y frutos secos. Muy catalán.  Guisantes y zanahoria de acompañamiento. Sobra la mitad. Es lo que suele pasar en Navidad.

Un paseo por la ciudad con un sol de principios de verano, una peli navideña en el hostel y una cena ligera. Cómo todo el mundo. Mucha gente me desea felicidad y me encanta. Trabajo en el blog y voy organizando ya el próximo viaje.

La noche de Fin de Año, como estaba previsto, en el aeropuerto de Melbourne. Ni es el colmo del viajero ni es casualidad, simplemente esta noche es cuando los billetes de avión son más baratos. Aquí se está tranquilo. No creo que haya lugar más tranquilo en el Mundo una noche de Fin de Año que un aeropuerto. Y el primer día del año lo paso en un avión, viajando, como a mí me gusta. Empieza una nueva aventura y estoy deseando vivirla intensamente. Nervios… Cuando en casa la gente está comiendo las uvas, yo ya llevo medio día 1 en Nueva Zelanda.

Y tira que te vas. Por mi parte, hoy día 2 doy por cerrada la Navidad. Lo de los Reyes no me va. Entre otras cosas porque, en Laponia, con mi hijo, vi a Papá Noel (el verdadero eh?!) y, en cambio, en Omán, que dicen es de dónde salieron los Reyes, no vi ni rastro de ellos.

Ya han pasado las fiestas. Sigo adelante, siempre adelante. Que tengáis todos muy, muy

¡Feliz Año!

Alas y viento.

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Entre paréntesis: 100 días de viaje.

«Caminante no hay camino. Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre el mar.(…) Caminante no hay camino, se hace camino al andar.»

Antonio Machado.

El día 23 de julio cumplí 100 días de viaje. Hoy 22 de Agosto son ya 130 dias.

Mucha gente en el camino pregunta «Where are you going». Yo siempre contesto lo mismo: «Nowhere. Just walking.» Así me siento bien, haciendo camino sin un destino claro, simplemente viajando.

Los trenes, autobuses, barcos y aviones, con sus correspondientes estaciones, terminales, puertos y aeropuertos, se han convertido en paisajes habituales durante larguísimas horas e incluso días. Organizar el viaje día a día, transporte, hoteles, actividades, etc, es el pan mío de cada día y casi lo hago ya de forma mecánica y despersonalizada.

Mientras, el «antes» queda situado en el puro pasado. Mi hogar ha dejado de ser la casa y la tierra donde hábito y dónde está mi gente para convertirse en el lugar donde, si todo va bien, volveré más pronto o más tarde. Ahora no hay hogar, sòlo camino.

Mis pertenencias son las que caben en la mochila, un tesoro, un patrimonio de 8 kg que hace conmigo el viaje y del que dependo en mi día a día. Es básico, nada más ni nada menos. A partir de ahí, el desapego de lo superfluo es lo más natural. Tirar lo que no necesitas de una forma fundamental es consubstancial al viaje y al viajero. Y comprar cosas, recuerdos… Va a ser que no. Si tuviéramos que cargar con todo lo que compramos el sistema consumista se iría a hacer puñetas. Qué haríamos entonces? No sè. Tan ligeros…Volar? En realidad, no sè.

Después de 100 días las cosas han dejado de ser claras, han dejado de ser  «lo que quiero», «cuando quiero» y «dónde quiero» para convertirse en lo que puedo, cuándo puedo y dónde puedo. Comer, dormir, ducharme, escribir…todo se hace más por oportunidad que por voluntariedad.

Para que nada ni nadie controle tu vida, dentro de esa oportunidad, todo se ha convertido en una dicotomía vivencial de instinto/método. Todo es cuestión de «pre»: previsión, precaución, prelación, preparación… A partir de qué consigues eso todo es más o menos fácil, la libertad cobra otra dimensión y quizás podrías vivir siempre así. Me encanta aquella frase que dice: «En caso de emergencia, sal de viaje…y no vuelvas jamás». No sé. Jamás es mucho tiempo.

En viaje no da tiempo para pensar mucho, todo lo reseteas muy rápido. No hay tiempo de refocilarte ni en lo bueno ni en lo malo. Recibes sensaciones, anotas lo importante, haces las correcciones necesarias y sigues tú camino. Llueve, sale el sol, llueve, sale el sol…

Y, a lomos de todo eso, en estos 100 días, he vivido con una rapidez vertiginosa los paseos interminables por Londres, el Transiberiano, el lago Baikal, la gélida e inolvidable isla de Olkhon, Tokio, los bosques y montañas de Japón, los lluviosos días en la isla encantada de Yakushima, la miseria de Filipinas y su paradoja, la ascensión al Pulag, las aldeas de La Cordillera, el mar de Port Barton… Mas de 20.000 km. Todo lo he ido explicando en el blog y muchos amigos me han ido siguiendo. Eso me dà muchísima fuerza. Me siento acompañado.

A veces me dan unos ataques de nostalgia y añoranza que duelen. Una imagen, una canción, un recuerdo…y vienen. Ya no me resisto, simplemente, me abandono a los sentimientos. No hay nada malo en eso. Creo que hasta es necesario. Por lo menos para mí. Estoy viviendo algo muy intenso, y lo vivo solo.

La vida me ha tratado bien. He hecho, vivido y sentido muchísimo, pero llegó un día que vi claro que ya no me quedaba tiempo más que para perseguir mi sueño de infancia: dar la Vuelta al Mundo. De los libros de Emilio Salgari, antes de cumplir 10 años, aprendí que, allí fuera, había todo un mundo que ver y conocer para crecer como ser humano. Y aquí estoy. Crecer a mi edad es un privilegio.

El tiempo ha pasado muy rápido pero parece que hace años de aquel día que salí de mi casa en Sa Riera, dí una última mirada a todo, y empezé este viaje sin fecha de vuelta. Ahora vivo en otra atmósfera, a veces a cámara lenta y a veces a velocidad descontrolada. Es una sensaciòn muy extraña. Cada día es totalmente nuevo, cada día me sorprendo y cada día aprendo. Es vivir constantemente en lo desconocido. Cada día abro los ojos y tengo que pensar donde estoy.

No sé lo que me depara el viaje pero estoy más o menos sano, mas o menos feliz, con mis carencias como todo el mundo, y con ganas de descubrirlo. Cien dias no son nada. Ciento treinta tampoco. Solo son números, solo son letras. Huellas en la arena.

Sigo camino. Alas y viento.

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Entre paréntesis: cumpleaños a 10.000 km de casa.

Muchísimas gracias por todas las felicitaciones. La verdad es q los cumpleaños fuera de casa son un pelín nostálgicos y las noticias de los amigos sientan mejor que un vaso de vino…

…No digo que os eche de menos ¿¡eh?!  No nos equivoquemos. Sigo siendo el ser insensible y cascarrabias que todos conocéis. Mis pasos siguen guiados por aquella bonita canción (creo que es de Karina) cuyo lindo estribillo dice: «Odio a todo el mundo, estoy lleno de mezquindad, y rezo para que llegue una era nuclear». Tralarí, tralarà… Siguen placiendome sobremanera todo tipo de malvadas tropelias, incluyendo chivar a los niños quien son  los Reyes Magos, así que, sensiblería, la mínima. PERO… en justa reciprocidad con vuestras muestras de cariño, y ante el alud de solicitudes de que publique una selfie, procedo. Espabilando que os doy unos momentos para esconder a vuestros hijos,  sedar convenientemente a vuestras mascotas y, en 3 segundos, suelto al bicho… Uno, dos,…

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Entre paréntesis: Una corrida de toros en la Patagonia

En uno de nuestros trekks en los alrededores del Fitz Roy, en el camping del Lago del Desierto, a poco de una ganaderia de vacuno, el guarda, Carlos, un curtidisimo patagón con pañuelo en el cuello y cuchillo al cinto, nos confirmó la historia de Nico, un nuevo amigo de la ciudad de General Roca con el que compartimos cena, historias y risas en El Calafate.

Nico Fernandez que, como su apellido indica tiene origen sueco, pero que es de alma torera, está haciendo un viaje a sus orígenes. Sigue en moto, por la ruta 40, desviandose despues hacia Rio Gallegos y, de ahi, a Buenos Aires. Visita los lugares por los que viajó su padre a los 19 años buscandose la vida en malos tiempos. Su padre murió hace 4 años y él se prometió, por él y con él, esta aventura de recuerdos y pálpitos. Ya ves, me ha quedado una frase bonita.

Pues bien, al llegar al citado camping al atardecer, con el lugar totalmente vacio ya que es temporada baja, Nico aparcó la moto, montó la tienda, encendió un fuego, y se dispuso a pasar una noche tranquila de estrellas e íntimos pensamientos en el corazón de los Andes patagónicos. Sin embargo, el destino tenía para él otros planes porque, de pronto, apareció a su lado un enorme toro bravo que habia roto el vallado y se habia colado dentro del espacio de acampada. No penseis en el típico toro negro español, porque aqui son todos pintos o alhazanes, pero podeis imaginar los mismos cuernos de dos palmos y la misma mole de más de media tonelada de carne viva cabreada mirandole retadoramente.

A partir de aqui, explica Carlos el guarda, partiendose el pecho de risa y carcajeandose a lágrima viva, el toro encaró a Nico y este inició un C.T.C. (Corre que Te Cagas) con todo el equipo motero excepto el casco que salió volando. Carlos, que dice ser, y lo parece, un hombre que no rie mucho, con este cuento se tronchaba, y perjura que, comparado con lo de Nico, el record mundial de los 100 metros lisos de Usain Bolt quedó en carrera de viejecita octogenaria.

Nico consiguió refugiarse en los lavabos en construcción, el toro esperandole y él rezando todas las oraciones aprendidas de chiquito. Al final todo quedó en «nada» porque el bicharraco se cansó de esperar el capote, se fué por donde habia venido, y Nico y Carlos acabaron en la garita del guarda compartiendo tabaco de liar, vino y truchas al lado de la estufa de tacos. Ya se sabe que «a toro pasado no se le ven los cuernos» y hoy pueden ambos reirse de la historieta, pero la situación pudo bien, pero que muy bien, acabar mal, pero que muy, muy mal.

Y la cosa no acaba aqui porque, no pudiendo dejar con vida al astado por su peligrosidad, Carlos lo sacrificó y, cuando nos encontramos, me pidió que, al final de mi viaje, hiciera entrega al «maestro» de General Roca del rabo del pobre animal. Nobleza obliga y yo no me pude negar asi que ya me veis a mi, antitaurino hasta la médula, paseando por todo Argentina y Chile con un rabo de toro en la mochila y dando gracias a Dios que la faena del improvisado torero no diera tambien para las dos orejas.

La aventura acaba en fracaso estrepitoso. Pasando la primera aduana con Chile en Tierra del Fuego, resulta que eso me lo califican de «adorno, artesania, pieza de trofeo, caza o museo de origen animal» y, como tal, me lo confiscan sin piedad. Lo siento Nico. Lo intenté.

I am terribly zorri.

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