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México (3). Veracruz (y 2ª parte). De la montaña al mar.

El Citlaltépetl es el segundo volcán más alto del Mundo después del Monte Kilimanjaro. Todavía me acuerdo del palizón y, sobre todo, la lección que me dió el Kili…¡Cómo para olvidarlo!

 

Salimos con la furgoneta de mis amigos de Cosco a las 6.45 h. La carretera que nos debe acercar a la falda del Pico de Orizaba es infernal y, a las 8.30, debemos dejar el coche porque un corrimiento de tierras cierra el paso. Estamos a unos 3.000 metros sobre el nivel del mar. Se tratará de llegar al rio, como a una hora de aquí, para ver el pico en todo su esplendor desde cerquita. Con eso ya me vale. Camino a poquito para evitar el «mal de montaña».

Llegado al rio ya siento al volcán tentándome. Si fuera marzo o abril quizás intentaría subir a cima en 2 días. Sí, apetecería. Ahora el pico está bien nevado, se necesitarían crampones y equipo y yo dejé las ganas de eso en el volcán Lanín argentino.

En el rio, el volcán se hace el remilgón y sólo enseña su cara un minuto. Le pillo para una foto pero enseguida se pone el velo nuboso. Habrá que subir una horita más a ver si despeja. Subirlo no, pero caminar un poquito más y acercarme más…

Se ven muchas «flores del volcán», señal que hace tiempo que no sube nadie por aquí. BUM, BUM, el corazón se acelera por la altura. Parece que tengo dentro uno de esos tipos que tocaban el tambor en galeras para llevar el compás de los condenados. Un poco más y vale…

En esta zona hay que mirar donde pisas porque, me avisan, hay serpientes de cascabel. Veo una pequeñina muerta. ¿Dónde andará la madre? BUM, BUM, BUM, BUM. Un poquito más y ya…

Sin enterarme llego a una capilla y veo el campo base. Estoy a 3.916 metros y ya no oigo el corazón en plan BUM, BUM, si no tipo TARÍN TACHÍN CHÍN, CHÍN, CHIN, TARÍN TACHÁN, CHÁN, CHÁN, CHÁN…. Llevo toda una banda dentro. Son las 13.30 h y no hay más tiempo, ni fuerzas, ni voluntad. Al volcán no le ha dado la gana de mostrarse y, ya de bajada, agua nieve constante y niebla cerrada pero, como dicen aquí, bajando, hasta las piedras ruedan.

Llego cansado. Son las 15.15 de la tarde. Sin querer hemos estado caminando casi 7 horas. Ceno prontito y a la cama. Mañana será otro día y voy a visitar a un maestro mascarero en Xico, como a 3 horitas en bus, todavía en el  Estado de Veracruz.

Xico (por cierto aquí la «X» se pronuncia «J» y de ahí lo de «Mexico» y «Méjico») está rodeado de selva y me da la bienvenida con un diluvio en toda regla. Sólo estaré aquí 2 días así que, nada más llegar, me voy al taller del amigo. Me mojo hasta el meñique. Me suena que voy a pillar una galipandria. 

Los niños pasan a cantar por casas y comercios para buscar su aguinaldo. Angelicos. Ya estoy metido de lleno en Navidad. 

México es muy especial. Capaces de lo mejor y lo peor. Mucha generosidad y calidez pero, parece ser, también mucho asalto a pistola. Por aquí hay mucha miseria y no es fácil ganarse la vida dignamente. Hay zonas poco recomendables si no quieres encontrarte un arma en los morros. Mis amigos mascareros no me dejan ni a sol ni a sombra. Vamos a ver las cascadas de la zona. Xico es famoso por sus saltos de agua. Y por las truchas.

Pues eso, unas caminatas chulas y punto. Hay una neblina constante que le da al pueblo cierto aire fantasmagórico. Me voy. De la montaña al mar.

Por cierto, confirmado: he pillado un resfriado.

Este país es complicadote y las infraestructuras de transporte no muy directas. Ir de aquí a Chiapa de Corzo, mi próxima etapa, pueden ser, entre pitos y flautas, 12 horas bien buenas, y no es cuestión de que la noche te pille viajando asi que me voy al mar como etapa intermedia: Puerto de Veracruz. Un autobús a Xalapa (¡¡¡»J»!!! , la «X» se pronuncia «J»), cambio de estación y otro bus a Veracruz.

La mochila, con el trancazo que llevo encima, pesa el doble. Llego al hotel molido. Mucosidad, malestar general, dolor de cabeza, músculos y articulaciones… Soy ideal para el anuncio de un antigripal… ¡Qué malito estoy y que poco me quejo! 

Ya veo el Golfo de México. Puerto de Veracruz fué fundada por Hernán Cortés. Parece ser que  aquí desembarcaron los «conquistadores» para dar guerra a los mexicas y, como todo puerto que se precie, durante los últimos 500 años ha sido atacado, ademas de por los referidos españoles, por franceses, ingleses, estadounidenses y, como no, piratas y corsarios varios. Francis Drake, que siempre estuvo en todos los fregados, tampoco aquí faltó a la cita. 

La capital del Estado de Veracruz es Xalapa pero la ciudad de Veracruz tiene el puerto comercial más importante de México.

Hoy la ciudad parece abandonada a su suerte, como la mismísima Habana con la que tiene un curioso parecido. Mucho edificio en ruinas, mucho moreno y peinado afro, música cubana que se mezcla con la mexicana… Hasta al paseo del puerto le llaman «Malecón», como allí. Pregunto y nadie sabe el por qué de esa conexión cubana. Suerte que existe el Sr. Google y he encontrado una tesis que explica como, desde el siglo XVI, las relaciones entre los puertos de Veracruz y La Habana eran muy importantes por necesidades estratégicas del dominio colonial español y de intercambio mercantil. En diferentes épocas y por diversos motivos, estas viejas relaciones hicieron que se produjeran corrientes migratorias desde la isla a Veracruz y, por ello, ¡voilá!, resulta que hay por aqui una considerable colonia cubana. A mucho veracruzano de pura cepa se le notan en las facciones claros antecedentes isleños. 

Paso el día pateando los mercados (Hidalgo y Unidad Veracruzana), Casco Antiguo, todo el Malecón y playas… paradiña para comer un ceviche con una Coronita en el puerto deportivo y vuelta al hotel. 

Hoy he visto un «guiri», concretamente un alemán. Es el primer extranjero que veo. He estado a punto de hacerle una foto como animal en vías de extinción. Supongo que turistas en México hay,  pero están todos en Yucatán. En todo caso, el Covid ha hecho estragos en el turismo en todo el Mundo. Un pelín de contención hacia falta pero…

Parece ser que para ir a Chiapa no hay autobuses por la mañana, son 9 horas de viaje y habrá que hacerlo de noche. Pues qué se le va a hacer. Día tranquilo porque he de escribir e ir montando viaje. Salida 21.35 horas, llegada prevista a las 6 horas de la mañana. Seguimos…

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México (1). Ciudad de México. CDMX. Viento del Este…

«Viento del Este y niebla gris. Anuncia que viene lo que ha de venir…No me imagino que irá a suceder, más lo que ahora pase ya pasó otra vez…».

Bert’s song. Mary Poppins

 

¡Madre de Dios y del Amor Hermoso! ¡Otra vez de viaje! No me lo puedo creer. Han pasado casi 21 meses desde el inicio de la pandemia que frenó mi Vuelta al Mundo de golpe y porrazo. Ahora parece que el bicho permite, con prudencia, volver a viajar aunque, desde luego, no como antes.

En el plan inicial debía hacer la tercera etapa de mi viaje de un tirón: Centroamérica, EE. UU, Canadá y regreso a casa por Islandia y Noruega. Ahora, es obvio que el sentido común aconseja que divida esta última etapa en 2 o 3 más cortas. De entrada, voy a por Centroamérica. Según y cómo, México y voy que chuto. Desde siempre ha sido uno de mis más recurrentes sueños viajeros y me apetece conocer un poco bien este enorme país. México es casi 4 veces España así que, aun dedicándole 2 meses, no haces más que vislumbrarlo. Y, después, sobre la marcha, porque ya hemos visto que la vida, cuando quiere, se pasa nuestros planes por el forro. 

Ahora cruzar fronteras no es tan fácil como antes. Cada país tiene su situación sanitaria y sus normas de entrada que, encima, cambian de un día para otro, así que… iremos poco a poco. Sí, los viajes han cambiado. Como todo. 

Pues eso: ya en Ciudad de México, una metrópolis enorme. Hay un lío cuando se hacen las listas de las ciudades más grandes del Mundo, y más se complica el asunto con lo de las «áreas metropolitanas», pero Ciudad de México, CDMX para los amigos, con sus casi 10 millones de habitantes, sale en todos los rankings.

Como todas las ciudades, la visito callejeando. Lo primero, presento mis respetos a «La Morenita», la Virgen de Guadalupe, adorada patrona de México y, a partir de ahí, entre 6 y 8 horas diarias de pateo… 

El primer día todo el Centro Histórico de arriba abajo. Desde el Monumento a la Revolución hasta Caballito y la Fuente de Bucarelli. De ahí al Museo de Arte Popular, la Alameda Central hasta el imponente Palacio de Bellas Artes, la calle Madero hasta El Zócalo, Plaza de la Constitución, con la Catedral Metropolitana, el Palacio Nacional y las concurridas calles adyacentes. Una paradiña en el Museo de Hacienda donde hay una exposición de Rafael Coronel, un pintor y escultor mexicano que me gusta y con el que tengo una cierta simpatía coleguera por ser él, también, coleccionista de máscaras. Vueltas y mas vueltas por el Centro: iglesias (que no falten), mercados, jardines, el Museo de Arte Popular y todo lo que pillo por delante. 

La banda sonora de los paseos fluctúa entre música de organillo, pop llorera, rap, música de banda, cumbia, corrido y ranchera. El cocktail es fuerte. Los mexicanos parecen atacados desde el óvulo por el virus del amor y se toman sus relaciones en plan lo más pasional. Y claro, eso en la música se nota. De hecho, yo no soy cotilla pero he pillado un par de conversaciones de enamorados y, entre la profundidad del contenido y el cadencioso y cariñosísimo hablar mexicano, la cosa resulta un tanto… merengona. Claro que yo no pongo azúcar ni al café.

El segundo día la Avenida Reforma, una exposición de edificios lujosos a la japonesa de mucho nivel, otra vez desde Caballito hasta el Bosque de Chapultepec, con sus cuervos, patos y ardillas, y parada obligada en el  Museo Nacional de Antropología. Curioso el Ángel de la Independencia rodeado de modernidad arquitectónica. 

En el Bosque, avenidas con puestos callejeros de venta de todo tipo de comidas, artículos y artilugios. Juguetes, helados, henna, cacahuetes… Banquitos, mesas, merenderos… Todo muy preparado para dominguear que es, me dicen, una de las cosas que más le gusta a los capitalinos. Agotado, paro a comer unos tacos. 

Y vuelta al hotel. A estas alturas ya me he dado cuenta que mi forma física es deleznable, que mis mejores años de viajero quedaron muy atrás, quizás ni siquiera en este siglo, y caigo en una hondísima depresión de 60 segundos. Me «desdeprimo» y, como dicen los mexicanos, «Aquí andamos. Echándole ganas». 

Tercera etapa: Xochimilco. Primera experiencia en el metro de CDMX. Compro la tarjeta en la estación de Revolución, de ahí hasta Tasqueña y 20 minutos más en «tren ligero», que es lo mismo que el metro pero sin agravante de subterraneidad. Todo tranquilo.

Xochimilco es famoso por sus «trajineras», unos barquitos que la gente alquila en grupo, se llevan comida y bebida, y se montan allí un fiestorro mientras navegan por los canales. Cumpleaños, despedidas, celebraciones o simple domingueo… desde la trajinera es posible comprar o alquilar de todo, hasta mariachis. Original. 

Como Xochimilco no tiene más encanto que las barcas en cuestión, y vistos dos embarcaderos vistos todos, me vuelvo para el centro.

Ahora paro de escribir porque estoy llorando desconsoladamente. He comprado para cenar un taco de bistec, le he preguntado a la señorita si picaba y me ha dicho que «sólo un poquito». Ahora me saltan las lágrimas acordándome de ella y de su santa madre. Me ha puesto un jalapeño asesino…

Ultimo día en CDMX. Toca Coyoacan, donde nació, vivió y murió Frida Kahlo. Es un antecedente guapo. 

Es un barrio más tranquilito y cuidado, colorido, verde, con cierto aire alternativo, cultural y de bohemia «chic». Agradable pasear por los Viveros, plazas Hidalgo y Jardín Centenario, Iglesia de San Juan Bautista… Visito el Museo Nacional de Culturas Populares. Por cierto, si alguien se pregunta si me he vuelto loco con los museos, os recuerdo que estoy en la segunda ciudad con más museos del Mundo (170, dicen, y la mayoría gratuitos). Sólo la supera París. En todo caso este Museo de Culturas es un fiasco. Muy pobre. 

Me paro a comer en el elegantote Mercado de Coyoacán: una mojarra al ajillo que me cuesta un ojo de la cara (10 euros). Necesitaba pescado. La comida mexicana es mas sabrosa que sana. 

Y se acabó Ciudad de México. Cuatro días. Casi 100 km a pata. Pero se acabó sólo por ahora. Supongo que iré volviendo por aquí, para ir distribuyendome por los Estados de México, porque todos los transportes tienen CDMX como eje central o, como mínimo, volveré para la vuelta a casa. 

En fin, Ciudad de México no está entre mis 10 ciudades favoritas pero tiene su gracia… Y es cierto que el Mundo ha perdido mucho al tener que taparse la cara. El principal atractivo de las ciudades era la tremenda mezcla de gente y la mascarilla ha igualado colores, condiciones y razas limitando, además, el sentido del olfato que, en las grandes urbes, ofrece buenos datos de identidad. Qué se le va a hacer… 

Por cierto CDMX y toda la República tiene fama de insegura con secuestros y tiroteos entre clanes de la droga. Haberlos hailos, pero si no haces ostentación de riqueza europea, no andas disfrazado de turista ideal y no buscas problemas metiendote donde no debes, la posibilidad de encontrarlos es poco mayor que la de que te toque la lotería sin comprar boletos. Toco madera… 

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México (4). Chiapas y Oaxaca. La venganza de Moctezuma.

«No hay que temer a la muerte, porque no existe. Mientras estamos no está y cuando está, nosotros ya no estamos». 

-Epicuro-

 

Realmente, si vives con una cierta intensidad, el Covid es una lotería. Encerrado 9 horas en un autobús lleno, por ejemplo, ya compras los suficientes boletos. Mejor no pensar. La muerte vendrá cuando y como quiera ella. O él, que nadie ha dicho que sea fémina. Por mi parte, satisfecho de lo hasta hoy vivido, pienso seguir viviendo fuerte y, cuando llegue, ella o él, … será otro viaje. Y que me quiten lo bailao.

 

No tengo el cuerpo nada acostumbrado a las noches en autobuses y aviones. Cuando bajo del bús, a las 5 de la mañana, me chirrían todos los huesos, músculos y articulaciones. No parece grave porque, tanteando costillas y lumbares,  no me encuentro ningún cuchillo clavado. Me tomo un café en la misma estación y voy volviendo a la vida. 

Chiapa de Corzo es un lugar caluroso en invierno. A mediodía es fácil llegar entre los 25º y 30º. En verano 10º o 15º más. Una delicia. 

Lo primero que hago al llegar allí, después de tomar posesión de mi habitación, es saludar al Rio Grande  (el rio Grijalba) y, después, una vueltita por la Plaza de Armas, Plaza Angel Albino Corzo, con su fuente mudéjar, el reloj «monumental» y una enorme ceiba, el árbol de la vida. 

También aquí tengo amigos. Están preparando ya la fiesta de los Parachicos, su «Fiesta Grande», para ellos los dias más señalados del año. Me llevan a ver el Chorreadero, otro salto de agua, un mirador que domina todo el pueblo y a comer las 2 especialidades de la zona: pepina con tasajo y cochito horneado. Lo primero, una salsa de calabaza con tiras de carne de res, pues qué quieres que te diga, pero lo segundo, una carne de cerdo al horno con una salsa ligera de no sé qué, está delicioso.

Por la tarde, ya solo, paseo por el pueblo un ratillo, veo El Calvario, y me paso por el cementerio municipal. Aquí vale la pena pasear por los cementerios porque en México hay  toda una filosofía de reverencia y referencia a la muerte. El Día de Difuntos, el Xantolo, mi cumpleaños por cierto, es una de las fiestas más sentidas en toda la República y esa filosofía se respira en los siempre concurridos y animados camposantos. 

El sol y el cansancio autobusero me tiran al hotel y, bajando, precisamente, leo en una pared una frase que viene a cuento con el Xantolo y con lo que decía en la introducción de este post: «La muerte está tan segura de su llegada que te da toda una vida de ventaja». Pues eso, que habrá que aprovechar la ventaja. 

Hoy es día 25 de diciembre, Navidad. Para mi un día como todos los demás pero con horarios más restringidos. Pocas cosas funcionan hoy con normalidad. Mejor tomárselo como día de calma y descanso. 

Me levanto revolucionado del estómago. Tenía previsto ir hoy a San Cristóbal de las Casas pero las tripas me hacen dudar. Dejo de pensar y voy. 

Arrastrado, paseo por la ciudad toda la mañana: iglesias, varias, catedral, en obras, el mercado, auténtico, … Es una ciudad con gente muy étnica y más movimiento que lo visto hasta ahora. Tiene pinta de ser bohemia y nocturna. Aquí sí hay turista extranjero, me temo que porque tiene un aeropuerto y hay vuelos directos con Cancún. Montones de puestecitos de artesanía y calles peatonales llenas de comercio y restauración. Es un lugar ideal para hacer lo mismo que en casa con un entorno más exotiquillo. Debe ser apasionante tomarse aquí una pizza y unas cervezas con música latina de fondo y ligar, antes o después de tirarse a la playini de Cancún pero, servidor de ustedes, se vuelve al hotel.

Y ya no salgo hasta 48 horas después. Todavía no curado del todo del constipado, la descomposición estomacal me convierte en pura agua y me deja hecho unos zorros. Me dicen que «eso» es la «venganza de Moctezuma» ¡Qué cachondos! Parece ser que los españoles no se portaron muy bien con el jefazo de los mexicas. Poco te vale decir que los catalanes no fuimos españoles hasta el 1.714 y que, por tanto, no se nos puede responsabilizar de la Conquista. El amigo Moctezuma no hace diferencias y aqui pillamos cacho todos.

Por no exagerar y ser breve, me siento como si me hubiera caído de un 5º piso y, acto seguido, me hubieran atropellado, sucesivamente, una caravana de trailers y una estampida de búfalos, como si me hubieran sacudido horas y horas como a una estera vieja y hubieran arrastrado lo que quedaba de mi por el suelo con caballos desbocados, tras lo cual, un espíritu inmisericorde hubiera lanzado sobre mí cabeza una tormenta de rayos para, inmediatamente, ser dilapidado, apaleado, balaceado, linchado y crucificado por una multitud enfurecida. No sé si me explico… 

Tengo 24 horas más para recuperarme mínimamente y llegar en 10 horas de bus a Oaxaca. La cosa pinta bien porque este post está saliendo de lo más alegre y va mejorando claramente: empezaba hablando de muerte y ahora ya sólo estoy enfermo…Progreso adecuadamente. 

72 horas de ayuno absoluto han cincelado mi silueta de manera dramáticamente minimalista pero, con eso, consigo llegar a Oaxaca sano y salvo sin grandes achuchones. Moctezuma aprieta pero no ahoga.

Oaxaca es una ciudad bonita y elegante, con comercio de calidad, arte, cultura, colorido… parques y jardines, templo y convento Santo Domingo Guzmán, la Catedral, el Zócalo, los mercados, la Basílica de la Soledad, un montón de tiendas y restaurantes chulos de los que salen deliciosos olores… Esto último no sé si es así o me lo imagino porque yo he pasado del ayuno absoluto a la dieta de arroz hervido y, como tampoco el arroz lo retiene mi estomago, vuelta al ayuno regado con deliciosa agua con suero fisiológico. El tema no me da para más ¡Menudas Navidades me estoy pegando! 

Recuerdo que la última vez que me pasó algo asi fué en Camboya. El viaje pierde un pedazo si no puedes ni probar la cultura culinaria del país. En Oaxaca se come muy bien. Dicen. Aquí hay un mercado, el 20 de Noviembre, sólo dedicado a comida. Paso a verlo por aquello de torturarme y, realmente, los platos tienen una pinta buenísima. Sigo con mi agua.

Entro en mi sexto día de descomposición y Moctezuma no afloja el puño. Tiro de seguro de viaje (*) y el médico me ve apurado: infección y deshidratación. Me estiran en una camilla, me ponen una vía y me estabilizan a base de suero y antibióticos. Parece que estaba menos hidratado que la mojama. Peso algo más de 58 kg otra vez. Vestido. A comprar medicamentos para seguir la pauta y a pasar un fin de año… diferente.

Noche tranquila y último día en Oaxaca.  Mejor, voy mejor. Me atrevo a ir a ver las ruinas de Monte Alban, los restos arqueológicos de una ciudad con 25 siglos de Historia que fué capital de los Zapotecas. Restos que hablan de la levedad del ser y de la estupidez de la soberbia de las grandes civilizaciones.

Pues eso, ruinas. Como lo que queda de mi después de la venganza de Moctezuma…  Me voy a Guerrero.

NOTA(*) Consejo Viajero: quien se vaya recorrer Mundo sin un seguro de viajes está chalado. Simplemente. Gran trabajo de mis colaboradores Mª Teresa Vallés (AXA). En esta etapa me han salvado salva sea la parte, y valga la redundancia

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México (y 10). CDMX. Punto y seguido.

«No me contéis más cuentos/que vengo de muy lejos/ y sé todos los cuentos./No me contéis más cuentos./Contad y recontadme este sueño”

León Felipe

Se acaba otra etapa de mi sueño, de mi Vuelta al Mundo, y me siento bien. No se si tengo prisa por llegar al final o me da miedo llegar y que se acabe el sueño. No sé… Para qué pensar. Yo sólo sigo adelante. Siempre adelante.

 

Otra vez en Ciudad de México. Es domingo, ocasión para ir a ver el mercado de Lagunilla, algo entre el típico mercado de pulgas hipioso, bohemio y canalla, como antes eran Els Encants de Barcelona, y una especie de discoteca callejera con puestos de comidas y bebidas varias pero siempre gustosamente insanas. Da para curiosear un par de horas, eso sí, siempre atento y con ojos hasta en la nuca. Los rateros pululan por ahí como cucarachas. 

Vueltas y vueltas y no te acabas esta ciudad. Me voy por la Avenida México-Tenochtitlan, San Hipólito, Museo Nacional de Arte, Plaza Garibaldi… 

Lo que no hay que hacer aqui en ningún caso es poner los noticieros de la tele por la noche. En ese caso te cerrarás a cal y canto en la habitación y no volverás a salir. Las noticias son como una crónica de sucesos apocalípticos: asesinatos, asaltos, balaceadas… Y los titulares de los periódicos ni verlos de reojo: «LE VUELAN LA CHOYA: Decapitan a Rata y dejan mensaje junto a cadáver…» No puedo entenderlo. Yo no he tenido la menor sensación de inseguridad en todo el viaje. Ya lo he ido comentando: violencia selectiva entre organizaciones criminales y, el resto, paz y tranquilidad. 

… Colonia Roma por Orizaba hasta el Parque Luis Cabrera, Colonia Condesa, Parque España, Parque México y vuelta por Guanajuato, Frontera…

Hoy es La Candelaria, 40 días después de la Navidad. Aunque algunos reivindican sus orígenes en las celebraciones precoloniales de homenaje al «Señor del Fuego», e incluso en determinados rituales de sangre y sacrificio al que los antiguos pueblos de por estas tierras eran tan aficionados, la versión más actual de la fiesta de la Virgen de La Candelaria parece que también la trajeron aquí los españoles. 

Lo que está clarísimo es que los mexicanos se la han hecho bien suya y, además de la tradicional visita a la iglesia con velas, visten al «Niño Dios» con los más variados atuendos, algunos de dudoso gusto, y se hinchan a tamales y atoles. Yo inmersiono en la festividad cenando en la casa de unos amigos. Tienen de mascota una iguana que no me quita ojo. Da un pelín de respeto. Sustituimos los susodichos tamales por un tacos deliciosos y los atoles por un agua de Jamaica y un par de mezcalitos, así que no sigo en absoluto la tradición. El caso es platicar, comer y beber, y todo lo demás folclore de engalane. Esto es México. 

…  Donceles, Simón Bolivar, Tacuba… Plaza de Santo Domingo, San Ildefonso, Carmen, Venezuela, Avenida Independencia, Barrio Chino… 

Susto en el Oxxo. Oxxo es una cadena de tiendas de todo un poco abiertas 24 horas de las que México esta abarrotado. Bebidas, snacks, tabaco, café… Cuando no hay mas remedio, por lo temprano, compro allí el café de la mañana y a eso voy somnoliento y sin mirar cuando, al abrir la puerta de vidrio, desde dentro un tipo armado hasta los dientes da una patada a la puerta y me la envía a los morros apuntándome con la metralleta al grito de ¡¡STOP!! Es la seguridad privada que viene a por la recaudación. El susto me acaba de despertar totalmente. ¡Qué mala leche! Pues mira: ahí si me he sentido inseguro y se supone que ese era de «los buenos». No me fiaría yo ni un pelo…

Paseo guiado anárquicamente por poco más que el atractivo de los nombres de las calles, o cualquier otra cosa que me llame la atención, buscando la esencia de esta metrópolis imposible de abarcar, con 800 años de Historia a cuestas, donde una muchedumbre se mueve constantemente intentando ganarse la vida instalados en una economía de supervivencia día a día. 

… Zona rosa de Colonia Juárez, nuevamente Roma, colonia Doctores, anticuarios, parques y tianguis… y otra vuelta a Coyoacán, Cineteca, Centro Cultural Elena Garro… 

Y antes, después y mientras tanto larguísimas conversaciones con más y más amigos mexicanos: Samuel, Rafa, Jorge, Luz, Fabian y sus primos…

Y se acabó lo que se daba. Rápida visita al Museo Indígena,  Palacio de las Bellas Artes por dentro (¡qué maravilla!), últimas gestiones viajeras, nervios de vuelta a casa (ya tengo las tarjetas de embarque), última noche de hotel recordando las mil imágenes de estos 2 meses y pico… He vivido México mucho y bien. Mucho, mucho y muy, muy bien…

Mis amigos mexicanos me preguntan, antes de irme, qué es lo que más me ha gustado de México. Pues… Yo creo que, para mi, lo mas atractivo de este país ha sido descubrir su cultura. Entre que existe una cantidad extraordinaria de etnias indígenas, el sincretismo con la española y que es frontera natural de toda la emigración sudamericana a EE.UU, la mezcla es fascinante. Música desde la ranchera al rap, artes gráficas insignes como vitrales o murales, máscaras y danzas, textiles y cerámicas, museos para dar y tomar, gastronomía única sin olvidar la vertiente líquida con tequilas, curados, pulques y mezcales, la arquitectura colonial, pasión por el cine, las librerías…

Punto y seguido. Se baja el telón. Entreacto.

Toca volver a casa. ¿Quiero?… Pues si, toca, y lo que me toca siempre es bien recibido.  ¿Quisiera continuar de viaje? Pues sí, desde luego, yo me siento muy vivo viajando y todo el Mundo es mi casa. Sin viajar soy menos yo. O sólo soy yo, me quedo en mi sin más. Ahora yo enfilaba para el Norte y continuaba viaje por EE.UU tan contento. Pero no toca. Y lo que no toca no me entristece.

Sí quiero poner fecha para continuar: un paréntesis y hacia el 15 de julio sigo Vuelta al Mundo. Por lo menos eso es lo que yo quiero. A ver que quiere la vida. Mientras tengo por delante muchas, muchas cosas por vivir, incluso quizás también algún viaje cortito…

¡Cuanta vida! Vamos a por más.

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México (8). Morelos (y 2ª parte). Los cerros de la Tierra de Dioses.

Tlayacapan es ya el Morelos más turístico en plan fin de semana «de campo», siempre hablando de turismo nacional, especialmente el que viene de la capital, Ciudad de México. Para el extranjero, lo dicho: México es Yucatán. Si visita alguna otra ciudad es la propia CDMX y poco más. 

 

Aquí me encuentro con mi tocayo Ignacio y con Ulises, a los que conocí en Coscomatepec. 

Ignacio es algo así como el líder de una comparsa de «chinelos», una tradición cuyo origen es una burla hacia el poder establecido y, sobre todo, a los colonizadores españoles. Él y otros «mayores» enseñan y ayudan a los más jóvenes del barrio del Rosario a confeccionar sus trajes, sombreros y máscaras que utilizarán en «El brico del Chinelo». 

Es sábado y los encuentro a todos reunidos en el taller, y allí nos pasamos la tarde hablando de su danza y mis viajes. Ni siquiera se dan cuenta pero esas comparsas que he ido encontrando por todo México, además de ser el sostén de tradiciones culturales que dan identidad y cohesión a un pueblo, cumplen una función social impagable dando objetivos, contenido y valores a los jóvenes. 

Tlayacapan, que traducido del nahuatl vendria a significar «Sobre la nariz de la tierra», es un pueblecito encantador rodeado por una cordillera de cerros que llaman Campateoclan, «Tierra de Dioses».

Asi pues, máscaras y montañas. Es lo mio. 

Hoy, ya domingo, subiré el Cerro Tonantzin, el pequeñín de los que hay aquí, y mañana, el imponente Zihouapapalotzin, dentro del Parque Nacional El Tepozteco. 

Desde el centro, en menos de 1 hora te subes al Tonantzin pero, con el charlar y dominguear en el taller de Ignacio, se nos ha echado la noche encima. Sendero curioso con plantaciones de topal en la base.

Arriba, una cueva que parece ser que se utiliza para ofrendas e iconografías. Ignacio y Ulises van con una cierta precaución. Respetan el tema del «Mal del Aire», asuntos de energías negativas. Aquí se veneraba y se venera a Tonantzin, una especie de deidad Madre de los mexicas, y suele venir gente para hacer ceremonias que no hacen mucha gracia a mis amigos. Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre si los conquistadores españoles decidieron utilizar el culto a Tonantzin como base para desarrollar el culto a la Virgen de Guadalupe o si los indígenas camuflaron su culto a Tonantzin adorando a Guadalupe.Total, un paseo chulo y anochecer un pelín inquietante. 

Ya lunes. Al Zihouapapalotzin, el Cerro Grande, subimos por un precioso sendero emboscado…Los niños de mis amigos, de 5 años los dos, han guerreado a tope para venir y yo alucino que los traigan. Sus padres los agarran con una cuerda a sus cinturones y «palante». Después resulta que son 2 gatos monteses. Ni una sola queja en las casi 6 horas de montaña que nos ponemos en las piernas. 

Llegamos arriba pero no es el «arriba» que buscamos. Y bajamos y subimos y llegamos a otro  arriba  que tampoco es. A ver si me explico, esto es un laberinto de cerros con altos como jorobas de camellos, a veces no comunicados entre si, sino separados por barrancas impracticables. Cosa de las lluvias y el terreno inestable que va cincelandose a merced de los elementos. Los senderos se van borrando y no es difícil equivocarse y subir a uno de los altos que no son considerados como cima. 

Para comer han traído «tortas», es decir, bocadillos. Pan. Sinceramente estoy hasta el moño de las tortitas de maíz y el pan se agradece. 

Lo dicho, 6 horas de caminar y un panzón de Naturaleza pero fracaso total en cuanto a llegar a cima. Nuestro guía, el amigo Ignacio, se gana el sobrenombre de «Capitán Palangana» que le seguirá hasta la tumba. Lo de los niños, insisto, alucinante.

Nuevo día. Hoy, 2 colectivos y voy a Tepotzlan, un pueblo vecino, para subir el Cerro Tepozteco. Es otro pueblo encajonado entre cerros imponentes y, en realidad, el más conocido de la zona por el Tepozteco, coronado por un templo prehispánico en forma de pirámide. 

Son tropecientas piedras colocadas en forma de escalera para llegar al templo que ahora está cerrado por precauciones con el tema pandemia. Poco más que un ejercicio matinero de, sin paradas, un máximo de 1.30 horas, subida y bajada. A mi se me hace corto. Veo que la gente, poca, que va subiendo suda la gota gorda y resopla al borde del colapso, así que parece que, sin darme cuenta, ya he cogido algo de forma física. 

Me paro en el mercado para comer un itacate, un tipo de taco en forma triangular. Callejeo, iglesia y ex convento de Nuestra Señora de la Natividad, más callejeo y poco más. Tepoztlan se ha convertido en el típico pueblo con aire hippie y tiendas chics, venta de productos supuestamente ecológicos y artesanales, terapias sanadoras, tatoos, motos y quads, mojitos, música chill out y, por poco que rasques, supongo, marihuana guapa. 

Todos los pueblos quieren turismo y el turismo resta a chorro identidad y naturalidad. Todos los pueblos turísticos acaban pareciéndose. También al mío le están poniendo sombrillitas hawaianas. Es lo que quiere el capitalino, salir de la ciudad sin salir de la zona de confort. Aire más o menos puro que polucionar y parques temáticos. Campo sin vacas, iglesias sin campanas, sol sin quemarse, playa y montañas con restaurantes «típicos» para recuperar grasas… Con su pan se lo coman.

Me vuelvo a Tlayacapan. Se está poniendo el cielo negrote, amenaza lluvia… y me duelen las piernas. Al final resulta que si siento el Tepozteco. 

Tlayacapan es  mucho mas sencillo y todavía autenticote. Aquí estoy bien. Me hospedo en una pensión limpita de 4 o 5 habitaciones con una terraza común soleda y con un conejo enorme de mascota que me recuerda al Conejo Blanco de Alicia en el Pais de las Maravillas. El pedazo de conejo anda todo el dia a la greña con un gato, también de la familia, que acaba siempre batiendose en retirada. Se me acaba el tiempo en Morelos pero mañana hay que volver a intentar hacer cumbre en el Zihuapapalotzin. 

Segundo intento pues. Por torrentes verticales entre bosque cerrado la subida hasta una explanada con restos de fuego de campamento se hace durilla. Quizás ya llevo demasiados kilómetros en las patas. En hora y media desde la falda ya vemos la cumbre tomada por una bandada de zopilotes que, cuando llegamos, nos prestan el sitio. Ahora si: vista de cima. Todo el cerro es esplendida naturaleza virgen. El que la sigue la consigue. 

Y ultimo día, organización de la próxima etapa, ultima comida y despedidas. Lo he pasado bien. Ahora toca intentar subir al cráter del Nevado de Toluca, en el Estado de México.

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México (9). Estado de México y Querétaro. El Nevado de Toluca y las viñas de Querétaro.

México es un país, es un estado y es una ciudad. Ciudad de México es la capital de México, o República Mexicana o Estados Unidos Mexicanos, pero no es la capital del estado de México porque la ciudad Mexico es un estado en sí misma distinto al estado de México. Asi que México ciudad no está en México Estado cuya capital es Toluca. Un pelín lioso.

La República de México tiene 32 estados y yo ya llevo 7 que, cuando llegue a Querétaro serán 8, cerrando viaje nuevamente en CDMX, la casilla de salida. Seguimos…

 

Llego a Toluca a las 15 horas después de 3 transbordos: Tlayacapan-Oaxtepec-Cuernavaca-Toluca. Dejo la mochila en el hotel y me paseo por el centro: Iglesia de la Santa Veracruz, Palacio Municipal, Catedral, Teatro Morelos, Palacio de Justicia, Palacio del Gobierno, Parque de la Ciencia, Iglesia del Carmen, Jardín Botánico… Éste último por fuera es una chulada y tengo que volver y verlo por dentro, pero mañana mismo me voy al verdadero objetivo de esta etapa: el Nevado de Toluca. 

El Nevado de Toluca, también conocido como «Xinantécatl» (Hombre desnudo), es un volcán de 4.680 m por el que, dicen, se pueden patear unos senderos guapos. Vamos a verlo. 

Vuelta a la terminal de Toluca, y tomo un bus a la aldea de Raíces. A partir de ahí, algunos en «combi», otros a pie, se sube hasta la entrada del Parque Nacional. Hoy es sábado y esto está petado. Mal vamos. Sufro una terrible y molesta alergia a las multitudes. 

Se nota la altura y la caminata se me hace dura. Llego hasta 3 kilómetros antes del cráter porque, a partir de ahí, han cerrado por nieve. El Nevado de Toluca es guapo, desde luego, muy guapo, pero hay tal cantidad de gente que no disfruto el camino. Los senderos son puro barro de tanto pisotear la nieve, por la carretera pasan camionetas, caballos, bicicletas… y suerte que por aquí no hay camellos. Cada cual sube como quiere, por donde quiere y hasta dónde quiere… Un buen día de deporte, eso sí porque, entre pitos y flautas he caminado más de 8 horas, pero nada más. 

Domingo. Me encantan los domingos. Quedaba pendiente el Jardín Botánico. Soy el primero en entrar y lo disfruto en absoluta soledad. Bonito. La combinación de plantas y vitrales compuestos por miles, o cientos de miles, de piezas de vidrio es espectacular. Después rambleo. Me subo a Cóporo, un barrio con las casas pintadas en colores pastel, paseo por el parque de Cuauhtémoc, voy al mercado, Templos de la Merced y de Santa María de Guadalupe…

¿Porqué habrán tantos templos en todos lados? Vale que las religiones  sirven para que la gente vuelque sus miedos en algo y que, además, dan valores, más o menos correctos, a quien no se los da su propia conciencia y educación, pero para eso no creo yo que se necesiten tantos y tantos metros cuadrados. Los monumentos de todo tipo sufren los avatares del tiempo pero los que pertenecen a cleros varios no. No sé. El mantenimiento es mucha pasta y los templos se multiplican exponencialmente. A veces encuentras 2, y hasta 3, en una misma plaza.

Si ofendo hay que perdonar mi pregunta. Sé que los caminos del Señor son insondables, que el clero son sus representantes y, por tanto, no tienen todas las respuestas, que hay una serie de dogmas de fé y que ésta, la fé, mueve montañas. Ya, ya, pero es que yo, en algunos temas como este, me muevo entre la ignorancia y la indiferencia y, sin embargo… me parece a mi que hay algo en todo eso que no está bien.

Me cambio de mi hotel del centro a uno junto a la Terminal de Autobuses. Mañana tempranito me voy a Querétaro. 

En San Juan del Rio, en el estado de Querétaro, me espera una familia de amigos que me han amenazado muy seriamente con apocalípticas maldiciones sin remedio ni antídoto alguno si no voy a su casa a verles. Me agarran y me hospedan en su casa a pan y cuchillo paseándome por todo el Estado en plan turisteo. No tengo prohibido hacer algo de turismo, si es poquito, y me sentarán bien unos días de familia con tranquilidad y buenos alimentos. 

La casa de mis amigos está en un «Fraccionamiento», una especie de gran urbanización o pequeño pueblo de casas uniformes adosadas de color blanco impoluto con seguridad privada que la delincuencia urbana en México ha hecho proliferar como setas. Dentro de los fraccionamientos no hay comercio alguno y sólo dejan entrar a furgonetas reconocidas que ofrecen servicios de primera necesidad como peluquería canina. Los perros en México son muy pero que muy queridos y mimados. 

Hasta ahora había visto México como equidistante entre África y Europa pero Querétaro ha dado un arreón y es otra dimensión. Todo muy limpio y cuidado, industrias modernas, autovías, restaurantes y comercios de  calidad, arte y cultura, universidad imponente, minerales, artesanías, turismo, centros comerciales de calidad en las afueras, aguas termales… y es, parece ser, algo así como ¡la ruta de vinos de México! Me entero que Freixenet tiene cerca una bodega. 

En la casa buenos alimentos y largas conversaciones. Por cierto, me preguntan mis amigos, ¡Otra vez! (es una pregunta recurrente), cual es mi pais preferido. Contesto, ¡otra vez! (ahi soy muy repetitivo), que eso es como preguntarme si quiero mas a papá o a mamá pero, esta vez, me sale un ejercicio un pelín más concreto. Les digo que de América lo que más me gusta es mi Argentina, de Asia quizás Japón, sin olvidar Nepal, de Europa, sin duda, España, de África, por el oeste Mali y por el este Tanzania, y de Oceanía todo todito porque Australia es un tesoro de arriba abajo y Nueva Zelanda que te voy a decir… Y así, con olvidos imperdonables, podría dar por contestada la pregunta. 

Vuelvo al tema. San Juan del Rio y Tequisquiapan son vecinos. Digamos que San Juan es la ciudad residencial y Tequis es el pueblito turístico. Santiago de Querétaro, la capital, la veo muy de pasada, desde el coche, solo de paso camino a El Marqués, un municipio colindante. Parece una moderna y coqueta ciudad blanca. En medio de la modernidad, cruza un enorme y bien conservado acueducto del siglo XVIII. Estoy extremadamente sorprendido y reaprendo que no se puede opinar sobre un país antes de conocerlo mínimamente. Y conocer mínimamente un país tan enorme como México no es tarea fácil y requiere patearlo mucho y bien. 

Lo que visito, pero no de paso, es un viñedo. Vino. Sí, vino, con un aperitivo estupendo pero creo que cualquier cosa de comer me hubiera sentado igual de bien con vino. En los viajes por el Mundo, si hay algo difícil de encontrar son el vino tinto bueno y el jamón serrano. 

Visitamos también Bernal, Cadereyta, Amealco… Todo son pueblos, algunos casi ciudades, cada uno con su producto estrella, sea una montaña sagrada, muñecas de artesanía o quesos, con centros históricos coloniales y que han ido expandiéndose y se han convertido en centros vacacionales de fin de semana de la gente de Ciudad de México. 

Y así, entre excursión, agradables conversaciones y saludables y reparadoras comidas familiares se van acabando mis días en México.

Es el principio del fin de esta etapa. Vuelvo a Ciudad de México…

 

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México (6) Guerrero (y 2ª parte). El tesoro de Sierra Madre.

Chichihualco es un pueblo asentado entre cerros con calles de subidas y bajadas vertiginosas. Toca caminata guapa. Don Dagoberto (naturalmente todo el mundo le llama Don Dago), un antiguo minero, ha prometido llevarme a la mina La Delfina, como a 2 horas del pueblo a pie. El Don y su nieto van a caballo. Dicen que para caminar están los burros y, sin exagerar, un tantito los caballos. No son muy caminantes los mexicanos.

 

Dice Don Dago que de esta mina se sacaba sobre todo cobre, pero también plata y algo de oro.

Hace 900 años, la población precolombina de México ya explotaba recursos naturales. Precisamente, la legendaria riqueza en oro del Imperio Azteca fue el motor de la conquista española y continuó en manos extranjeras hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. También en esa historia hay mucha hiel que habla de, primero, indigenas esclavizados en la minería y, más tarde, hombres más o menos «libres» haciendo un trabajo duro y peligrosísimo por 4 monedas.

Cierro el tema porque todavía aparecerá, como ocurre a veces, uno de esos eruditos de novelas de caballería que defienden a capa y espada, nunca mejor dicho, el Descubrimiento y Conquista como una empresa piadosa, heroica y caballerosa y, henchido de orgullo patrio y santa indignación cristiana, me pondrá de vuelta y media en los comentarios al post por no saber un servidor que, si no fuera por nosotros, los americanos todavía estarían cortando cabezas y purgando pecados en el infierno.

Total, una excursión chula de 5 horas ida y vuelta por las zonas bajas de la Sierra que me sienta fenomenal.

Entre la 1 y las 4 de la tarde, en estos lugares áridos de México, lo único que puedes hacer es ponerte a resguardo del sol. Y, a partir de ahí, una vueltecilla, cena y a la cama. Mañana, temprano, otra vez de regreso a Chilpancingo. Todavía queda mucho que ver en Guerrero.

Durante el fin de semana prácticamente no paro en Chilpo más que para dormir.

El sábado, tal como me bajo del colectivo me subo a otro y me voy a Tixtla: otro Zócalo, otro kiosko, otra iglesia, otro mercado, mas calles empinadas de sube y baja y almuerzo en el puesto de Doña Chofi, una especie de leyenda local de las enchiladas y antojitos varios. 

El domingo lo paso en Amojileca. La gente se pone guapa, sombrero vaquero de fiesta, sacan sus caballos engalanados y, de entrada, se lanzan a una orgía de comida mexicana bien regada con cerveza y mezcal. México es el segundo país del Mundo con mayor índice de obesidad (32%), solo superado por EE. UU, y ni mucho menos es por accidente. 

Hoy, además, aquí hay un «Paseo del Pendón», una especie de desfile de danzas enmascaradas, la mayor parte tlacololeros haciendo «tronar» sus látigos «chirriones». Música, carrozas, fiesta carnavalera, más mezcal… Y, en la plaza de toros, torneo de «Porrazo», una lucha libre tradicional de la zona centro de Guerrero donde los contendientes, ataviados con máscaras de jaguar, tratan de hacer caer de espaldas a su rival. Luego vienen los toros. En este caso vaquillas más bien. Aquí no los matan, aqui los montan… el ratito que pueden, claro, porque eso a las susodichas vaquillas no les hace ninguna gracia. Le llaman «jaripeo». A eso ya no me quedo.

No me hubiera imaginado nunca en una Plaza de Toros de un pueblo mexicano perdido en la Sierra Madre del Sur. Y es que tengo que reconocer que mi vida ya ha superado amplísimamente mis sueños. Me siento muy feliz. De nuevo a Chilpo. Ha sido un día intenso.

Con amigos nativos el viaje se convierte en mucho más viaje y, desde luego, inmersionas a tope en el país como no lo podrías hacer solo. Y aqui, en México, tengo conocidos, ya amigazos, hasta debajo de las piedras. Solo en Guerrero, Alfredo, Jose Luis, Jesús, Abrajan, Honorio… El tesoro de Sierra Madre. Ya he dejado atrás a otros como José Juan, Ítalo, Yuri, otro Jesus, Rosario, Rocio, el «Choco» y su mujer Yolanda, Javier, Paulino, etc, etc, y los que me quedan por delante… Oro puro. 

Y sigo. Precisamente con Honorio el lunes voy a Tlacotepec. La vegetación va ganando terreno a la aridez a medida que subimos. Vamos pasando minúsculas aldeas a pie de carretera con nombres de lo más mexicano: Los Morros, Tres  Cruces, Filo de Caballos, Verde Rico. En cada uno de ellos hay puestos de «Policia Comunitaria». La gente se organiza contra posibles asaltos. Estamos en el corazón de la Sierra de Guerrero y aqui la policía estatal no llega.

Y Tlapotepec es… otro Zócalo, otro kiosko, otra iglesia, otro mercado, más calles empinadas de sube y baja… Pero aquí hay, además, mucha Naturaleza viva en los alrededores. Tierra fértil con fruta para dar y tirar.

Vamos a las Pozas del Cuponial, una chulada de saltos de agua con piscinitas naturales y de ahí, por un sendero boscoso con mucha hojaresca, montaña arriba, llegamos hasta su nacimiento. Me da cosa la hojaresca porque la experiencia dice que eso es casa de serpientes de todo tipo. Y, guapo, nada más pensarlo de ahí me sale una serpiente de colorines rabiosos que me hace dar un brinco. O mucho me equivoco o era una coralillo pequeña. Bonita… de lejos.

La excursión se me hace corta. En cualquier otro lugar del Mundo, de unas pozas como estas harían un atractivo turístico de primer orden pero aquí no vienen más que los vecinos del pueblo y aún ellos muy, muy esporádicamente. Es extraño. Aquí, turismo 0. A mi todos me miran como a un extraterrestre. La vida del mexicano en estos pueblos es de lo más lineal. Transcurre como un largo rio tranquilo, prácticamente sin salir del pueblo, con alguna visita a la capital o a familiares en pueblos cercanos. No hay más.

Pensaba esta noche, mientras fumaba en la calle el ultimo cigarrillo del día, escuchando en la radio de una tienda vecina una de las primeras canciones de Mecano, que en estas zonas de México en muchas cosas están medio siglo por detrás de la Europa rural. Tampoco es tanto si hace 500 años se supone que les llevábamos 1.500 de adelanto. Y pensaba si, en verdad, es mejor ir adelantado o atrasado. Tampoco parece que los mexicanos tengan mucha prisa por nada. La verdad, tampoco yo se la daría.

Fin de etapa. Mañana me voy a Morelos.

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México (7). Morelos (1ª parte) . El poder de la Naturaleza.

Me he quedado colgado con los pensamientos con los que acababa el anterior capítulo.

Y es que yo saber no sé, pero pensar pienso, y el progreso económico se me antoja a veces como una bicicleta estática. Los pueblos van pedaleando, van progresando, haciendo más dinero y comiéndose Naturaleza. Y la gente va teniendo más y más trabajo y más y más necesidades que atender y todo se va encareciendo en paralelo. Al principio ganaban 10 y gastaban 10 y, al final, ganan 1.000 y gastan 1.000 y la vida va pasando en un puro pasar.

¿Son más felices? ¿Están mejor? Pues si, no o según como lo mires. Habría que encontrar un equilibrio. En realidad, en consumismo se va a buen ritmo pero en sanidad y en educación se va lentito. O a mi me lo parece.

Eso sí, algunos, pocos, los dueños de la bici, con todo este pedalear, salen ganando pasta gansa. Pero todo nace, crece, se multiplica y muere y, al final, la Naturaleza lo devora todo. No sé, es sólo un pensar.

 

Nuevo Estado: Morelos.

Aparezco en Zacualpan de Amilpas y Tlacotepec, dos pueblos casi pegados.

Sí, otro Tlacotepec, mismo nombre que la aldea de Guerrero del capítulo anterior. Y todavía hay un tercero en Veracruz y otro en el Estado de México. Y me explican que también en Veracruz hay otro Zacualpan. Aquí hay que ir con mucho cuidadín cuando compras un billete de bus porque, como cometas un desliz y no concretes bien, te envían a la otra punta del país.

Por cierto, lo de concretar en este país no es fácil, sobre todo para quedar con alguien… «Al rato». «Ahora vengo». «Estoy llegando» … Ahí entras en unas dimensiones totalmente desconocidas y absolutamente imposibles de convertir en ninguna unidad de medida temporal conocida en el resto del Mundo. Todo eso pueden ser 10 minutos o 5 horas. Y si no, mañana. No hay prisas. En absoluto. A veces en México las medias horas tienen 75 minutos y en otras, si te dicen de quedar a las 9 horas, hay que tener en cuenta que el cuate se llevaba 1 o 2 de un compromiso anterior.

Y para ir de un lado a otro más lio. A todo destino hay 3 o 4 maneras de llegar, según a quien preguntes, cada cual más rápida que las demás. Y, si dan en el blanco con los horarios, es porque hasta un reloj parado acierta la hora cada día dos veces. 

Si preguntas a un mexicano algo como «¿A que hora salimos mañana?», te mirará como si le hubieras preguntado cual es la raíz cuadrada de la hipotenusa y, pasado el primer instante de estupor, iniciará una excursión por los Cerros de Úbeda que te llevará, justo y concretamente, a ningún lugar. Y es que el futuro en México es trascendente y lo trascendente es incognoscible. 

A otra cosa: México es tierra de seísmos. Sólo el año pasado, el 2.021, se certificaron 1.969 temblores en el país. El más gordo de la Historia reciente fué el del 19 de septiembre de 1.985, de magnitud 8,2 Mw, que dejó, según cifras oficiales 5.000 muertos y, según cifras oficiosas, mas de 10. 000. Algunos dicen que muchos más. Cerquita de donde estoy hubo uno el 19 de septiembre del 2.017 de 7,1 Mw, apenas 12 días después de otro en Chiapas de 8.2 Mw, del que todavía se notan los efectos. A la Iglesia de Zacualpan todavía no dejan entrar porque se cae a trocitos.

El pueblo es bonito, más fresquito que en Guerrero, y está agradable pasear. La plaza mayor es chula, con un curioso mural hecho de semillas para las fiestas patronales.

Y más que bonita, fascinante, es la visita a una antigua hacienda latifundista del siglo XVIII, San Nicolás Cautepec, naturalmente fundada por un español, que albergaba señores y peones que cultivaban cereales a gran escala. La enorme hacienda, casi una aldea, que contaba incluso con su propio acueducto y su propia iglesia, debió ser magnífica, pero hoy ha sido casi totalmente engullida por la Naturaleza. Me recuerda a Siem Riep en Camboya donde van, o iban antes del Corona, cientos de miles de visitantes cada año.  Éste, en cambio, es otro lugar espectacular todavía sin explotar turísticamente y solo para mi. En el Mundo todavía queda muchísimo que explorar.

Conozco aquí, también, oficios que permanecen inalterados desde hace 300 años y luchan contra el progreso encerrados en sagas familiares. Forjas y panaderías con horno de leña transportan en el tiempo. Son gente fuerte y dura, ese es su mundo, esas son sus raíces y su esencia y se resisten a desaparecer como gatos panza arriba. Impresiona. 

En todo México me reciben con una ansiedad hospitalaria abrumadora. De entrada a comer y comer y comer. Aquí, tacos de cecina, queso, frijoles de olla, miel de aguacate, pan artesanal, café de olla… desde luego salsa picante de chiles molidos… buf, buf, buf… Y de beber, agua, zumos… y curado, otro aguardiente, mezclado con frutas, tremendamente ligero pero de retorno traidor. 

Si, la hospitalidad aqui es tremenda y no solo te tratan bien si no que, además, te dan tratamiento. Los mexicanos son muy, pero que muy aficionados a las etiquetas y tratamientos: Licenciado, Don, Profesor, Maestro, Doctor… Aquí te haces con varios títulos en menos de 1 mes, sin ningún esfuerzo y sin pasar por universidad alguna. Entre ellos el tema es ya mucho más familiar y, salvo excepciones de alto rango o rancio abolengo, ya sólo son güey, cuate, gallo, primazo, compadre, paisa, carnal…

Y sigo: Tetela del Volcán, al pie del volcán Popocatépetl, el «Popo» . Siempre es una sensación extraña estar en una ciudad construida en la falda de un volcán. No será, ya sería mala casualidad, que precisamente la fecha de hoy estuviera escrita en el cosmos como el día de una erupción… En esta tierra de temblores, si el Popo agarra una gripe, tu pillas cacho seguro. 

El pueblo se ve en 1 hora. Me da tiempo a subir al Cerro de la Mina. Desde la cima dominas casi todo Morelos porque este es un Estado muy chiquitín. En 2 horas y media en carro lo cruzas de punta a punta.

Son las 17 horas y tengo toda la tarde por delante. He ido a parar a un hotel sencillote pero súper nuevo, limpio y confortable por 23 euros. Están de promoción de lanzamiento y, después de unos días sin agua corriente, carreteras polvorientas y mínimas comodidades, apetece un montón darme un gusto con un pelín de progreso bien entendido. Tremenda ducha caliente con presión que a mi me sienta como una sesión de spa. Relajo total. Encima, en el hotel tienen unos botellines de vino tinto chileno y caigo en la tentación. Cinco euros más, pero voy bien de presupuesto. Esta noche hace una luna llena preciosa…

Adelante, siempre adelante. Siguiente parada: Tlayacapan.

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México (2). Veracruz (1ª parte). Máscaras.

En Coscomatepec, Estado de Veracruz, está el volcán Citlaltépetl, también conocido como Pico de Orizaba. Es la cumbre de México, 5.610 metros de altura.

Pero yo no he venido aquí a subirlo porque ni mucho menos estoy en la forma adecuada para hacerlo. La inactividad producida por las circunstancias sobrevenidas con la pandemia tiene su precio. De todas formas… algo me acercaré.

 

A Cosco he venido a encontrarme con amigos porque se celebra un encuentro de Maestros mascareros y pienso pasármelo en grande. 

Nos vamos desde CDMX en 3 coches con algunos de esos amigotes y allá nos encontraremos con un montón de gente más. Esta etapa será curiosa porque no estoy yo nada acostumbrado a compartir mis viajes. 

Hoy dia 12 de diciembre es el último día de la Guadalupana, las celebraciones en honor de la Virgen de Guadalupe. En Cosco traen a la iglesia principal todas las imágenes de las iglesias de barrio, seguidas también de muchas de las «particulares», y las regresan a la noche. Cada barrio tiene una capilla con una imagen de La Morenita y cada casa suele tener también la suya. El día que se le asigna, del 1 al 12, todas «salen a misa». También me han explicado que hay unos horarios para que las saquen en procesión las mujeres y otros para los hombres pero no entiendo el tema. Me lío. Estas cosas del fervor religioso me abruman. 

La gente en Cosco es sencilla, humilde, cordial y con ganas de agradar y compartir. Mientras paseo por el «tianguis», una especie de mercado de los lunes para venta y trueque, un policía me da el alto. Problemas, me digo. Pues no. ¡Qué va! Me ha parado para decirme que en la calle paralela, un poquito mas abajo, hay una asociación que se dedica a cuidar animales y que es muy bonito de visitar. Nada más. Me resulta extraño y hasta un pelín inquietante. La metralleta no casa bien con la amabilidad. 

Y empieza el Encuentro Internacional de Maestros Mascareros y Festival de Mascaras Danzantes. Cuatro días de desfiles, danzas, conferencias… La Madre de todas las Mascaradas mexicanas.

El primer día va suavito y lo llevo bien. Mañana tranquila viendo danzas y máscaras. Por la tarde noche me invitan a una cata de hidromiel, una bebida de miel, levadura y agua. Fresquita está buena. Dicen que es la bebida del amor pero es que, creo que ya lo he mencionado, aquí todo funciona alrededor del amor. Cuentan también que, en las bodas de los vikingos, los contrayentes se encerraban en casa durante todo un ciclo lunar bebiendo hidromiel. Hay la teoría de que la miel hace a la mujer propensa a tener hijos varones, y varones es lo que más necesitaba la susodicha raza para repartir cera al resto del Mundo. De ahí lo de llamar al hidromiel la «cerveza de los vikingos» y también lo de «Luna de Miel». Dicen, insisto. Yo ni quito ni pongo.

Este es un país muy dado a las leyendas: muertes misteriosas, tesoros escondidos, personas que se convierten en animales, desapariciones, amores imposibles y desgraciados… Sí, sobre todo amores desgraciados llenos de pasión y dolor. ¡Qué neura con el amor!

Por la noche, después de cenar, nos tomamos un par de tequilas con unos amigos. Se empieza a caldear el ambiente, sí señor. Hemos hecho un pequeño grupo de batalla y acordamos que, al que se raje, se le manda fusilar. Tremendos.

Aquí se bebe mucho y se come más. Cada día tienen el café con «pancitos», al despertar, y el desayuno como a las 10 h a base de huevos revueltos, frijoles, tacos, frutas y/o algo más consistente. Si se tercia, hacia las 12 h hacen una «botanita», algo así como un picoteo en plan aperitivo, y, luego, comida a eso de las 14 h. A partir de ahí tienen también los «antojitos», un par más de tacos o enchiladas o a saber qué a media tarde y, obviamente, la cena como a las 22 h. Si vas a dormir antes de medianoche ahí se acaba el panorama culinario del día aunque todo lo anterior viene salpicado, entre horas, con un heladito por aquí y unos caramelos o unos cacahuetes por allá. 

A partir del primero, más o menos, cada uno de los 4 días de Encuentro mascarero transcurre en una misma reincidencia. La secuencia de los hechos es la siguiente: invitación a café, charlas, regalo de un libro, me piden hacerse una foto conmigo, más fotos, entrevista, invitación a desayuno, charlas, fotos, más fotos, invitación a botanita, foto, otra foto, diez fotos, entrevista, regalo de otro libro, charla, me piden que entregue un premio o reconocimiento, lo entrego, conferencia, desfile, invitación a comida, fotos, charlas varias, invitación a un taco de antojo, una cervecita, charlas, más tacos, otra entrevista, conferencia, montón de fotos, invitación a cena, cervecita, foto, me piden más fotos, reunión, charlas, tequila, otro tequila, charlas, risas, cumbia, otro tequila, corrido, risas, ranchera, un vasito de  mezcal, otro más… almax y al hotel.

Durante todo el Encuentro no varía la cosa más que en un increscendo exponencial en cuanto a tequilas y hora de caer en la cama, más que para dormir, para entrar en coma. Órele… horita voy… horita vengo… ándele… dale m’hijito… 

Todo el pueblo está volcadísimo en el evento y se sienten honrados en invitar a sus casa a grupos de maestros y los agasajan como si fueran, fuéramos, personajes famosos e importantes. Le pregunto a una señora que nos ha invitado a cenar a su casa con toda su familia cuál es la razón de su interés por nuestras humildes personas y me dice: «Ah! pues no, porque están ustedes solitos y queremos que se lleven una buena impresión. Vamos corazonando». Impresionante. 

Acabado el Festival festivalero, sorpresivamente sin más daños personales que los que puede solucionar un humilde ibuprofeno mañanero, me adopta la familia de unos Maestros locales. Me invitan a desayunar y me llevan al «Puente del Virrey». Es una de esas obras, faraónicas para la época, que, «hicieron» los conquistadores, es decir, que mandaron hacer a nativos y demás vencidos y evangelizados. Sangre, sudor y lágrimas.

Y el último día por esta tierra, lo prometido es deuda: voy a acercarme al volcán. Me apetece un montón caminar…

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CUBA. La Habana y Santiago. Jineteo.

«En la maravillosa película Cinema Paradiso, hay unas escenas inolvidables en las que Alfredo aconseja a Totó que salga de sí mismo para buscar islas desconocidas, las que describía extraordinariamente Jose Saramago en su cuento “La isla desconocida”: “La vida es más difícil… Márchate…, el mundo es tuyo, … no quiero oírte más, solo quiero oír hablar de ti… Hagas lo que hagas, ámalo”. Le ayudó a salir de su zona de confort y nunca he olvidado aquellas escenas ni aquellas palabras. Todo un símbolo.»

No se donde leí esto pero, a mí, el recuerdo de esa cita me ha ido siempre estupendo. 

Cuba. Uy, uy, Cuba. En diferido, naturalmente. Yo tenía entonces poco más de 40 años y aquel fue un viaje de solo 10 días con un amigo. «Solo» 10 días. Uy, uy, Cuba… 

Se trata de hacer un solo post de todos esos días. Es «solo» un diferido. 

Mi amigo ya había estado en la isla varias veces y él era, es, un bailongo, le encanta y encima sabe bailar. Yo, para eso, tengo la gracia de un hipopótamo haciendo punto de cruz. 

Nada más aterrizar en La Habana, como a las 10 de la noche, con un jet lag de caballo, me lleva a un garito llamado El Avión. Es una especie de Folies Bergere a la Cubana, un local enorme con mesas en plan anfiteatro frente a un escenario donde se van sucediendo actuaciones de gusto y calidad discutible.

En las pocas mesas ocupadas, todavía es pronto, algunos cenan y otros toman copas o combinados. Cerquita de nosotros hay una pareja, chico y chica que, de vez en cuando, nos miran. Mi compañero empieza a guiñarle el ojo a la señorita sin el menor cuidado de que no le pille el novio y yo me voy poniendo nervioso. «Chaval, nos van a dar de hostias. Por favor». «No hombre, no», me dice. Al cabo de un ratito el novio se levanta y se sienta con nosotros. Yo me digo «éste nos curra» pero, en lugar de eso nos dice:»Queréis a mi prima, amigos». ¡Joooder! Eso si que no me lo esperaba. «Ya vemos. Por ahora tomamos y ya vemos, gracias» le dice mi amigo al «novio». 

Ese fue mi primer contacto con el «jineteo» en Cuba y ya no lo dejé en todo el viaje. Aquí la madre jinetea al padre, el novio a la novia, el primo a la prima y la vecina al vecino. Todo está en alquiler e incluso en venta. Sin problema. 

En La Habana, de día paseos obligados por Plaza de Armas, Habana Vieja, Centro, El Prado, Vedado, Plaza de la Revolución, paradiña en la Bodeguita del Medio y el Malecón… poco más porque somos jóvenes y, La Habana, de día, está más en proceso de derribo que de reconstrucción y, de noche, en cambio, La Habana es mojito, salsa y risas… 

Conozco a Virgen, con mayúscula, quizás la única virgen, con minúscula, que queda en la ciudad, una joven mulata preciosa que me inspira más pena que ninguna otra cosa y que desaparece en la noche, ya madrugada, cuando le anunció que, no sólo no la llevaré conmigo el resto del viaje si no que tampoco estoy interesado en lo más mínimo en que compartir con ella la cama que he alquilado en un paladar. El jineteo, en esencia, se basa en compartir: ellas, o ellos si más te gustan, viajan, comen, bailan y duermen contigo cuando tu quieras viajar, comer, bailar y dormir. Cuando te vas, adiós muy buenas. Desde que bajas del avión eres la realidad de un dólar rodando y, en el mejor de los casos, la posibilidad de un pasaporte volando. No gracias. 

Y vuelo a Santiago de Cuba. Aquí pasamos 3 días apenas. Lo mismo pero más, en especial, más música y más baile, si cabe. Y, aunque parezca mentira, cabe. Por la bahía de Santiago entraron los primeros esclavos negros y, por ello, tiene unas indefinibles raíces africanas y española. Si…. Todavía rodeada por la selva y con sus calles empinadas y aires coloniales es otra Cuba pero… de noche… 

De noche… Hay ahí un lugar… no sé como describirlo, un local al aire libre entre un envelado de Fiesta Mayor de pueblo y un Beach club en decadencia donde se come en plan Kentucky Fried Chicken y se baila de 9 de la noche a 9 de la mañana… Dicen que allí van a jinetear las y los «modelos» de la ciudad. Pues eso, señoras en sus 50 primaveras con jovencitos mulatos esculturales de 1,90 metros y señores en sus 60 otoños con chavalitas como juncos y rosas de todos los colores moviendo todos el esqueleto como Dios les da a entender y mira que, en general, Dios se esmero en los másters de baile a los cubanos y fué indulgente con los cursillos a occidentales… por lo menos en aquel entonces, hace 4 lustros. Ahora la salsa y Cuba ya hace años que se pusieron de moda por estos lares. Total, un ratito vale. 

Nos volvemos a La Habana y cenamos en un restaurante donde, naturalmente, a los postres nos aclara el propietario que, si deseamos la compañía del camarero o de la camarera, sólo tenemos que pedirlo y todos encantados. Cansino, muy cansino. 

Nos alojamos esta vez en casa de unos señores amigos de mi compañero de viaje. Después de unos aperitivos y varios cubalibres, entre bromas, me preguntan nuestros anfitriones qué tal me ha ido con  las mujeres de la Isla. Les contesto, también de broma, que ni me ha ido ni me ha venido porque yo, hasta que no conozca una cubana rubia natural, pienso mantenerme en una abstención monástica. Ja, ja, Ji, ji y seguimos bebiendo hasta que, en menos de media hora, aparecen en la casa no una, si no 2 preciosas rubias absolutamente nativas a las que parece ser han reclutado en el vecindario para mantener en lo más alto el pendón cubano. Ya ni comentó, ni sonrió… Se ha hecho tarde y me voy a dormir. 

Al día siguiente, antes de coger el avión de vuelta a casa, en un mercado hablo con un vendedor ambulante que se apellida Amat… Sí, me dice, «mi abuelo fué catalán. Aquí los americanos hicieron escabechina de catalanes en la guerra de Cuba». Por aquí la gente es muy cercana, o así yo la siento, y viven en un sistema de una miseriaeconómica y moral tremebunda. La pobreza me impacta pero el turismo sexual me rompe. Es algo que siempre me ha podido. Me duele en el alma ver a semejantes venderse a… Mira, voy a dejarlo. 

Me sale de golpe toda la tristeza que se me ha ido acumulando en este viaje por más risas, bailes y palabras cariñosas que he ido viendo, dando y recibiendo y, en el taxi que nos lleva al aeropuerto, … lloro sin vergüenza ni consuelo. ¿¡Qué le voy a hacer!? Este viaje me ha herido el alma. 

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México (5). Guerrero (1ª parte). La miel y la hiel.

Por la ventana del bus van pasando espectaculares paisajes de montañas, algunas abarrotadas de cactus que, mira por donde, a pesar de su aridez, a mi me recuerdan paisajes submarinos con gorgonias y corales. Llego a las 8 de la noche a Chilpancingo. Doce horas exactas de viaje con transbordo en Puebla.

 

Chilpancingo, capital del Estado de Guerrero, dicen las estadísticas que es, junto con Acapulco, de las ciudades con mayor tasa de homicidios de México. Como suele pasar en todo el Mundo, en realidad, la periferia sí es peligrosa, pero lo que constituye el centro es de lo más normal. Un montón de policías y patrullas del ejército, armas en ristre, se encargan de que todo esté tranquilito. Monto aquí el campo base para visitar el Estado. 

Guerrero es un Estado pobre. Nada que ver, me dicen, con el México del Norte. Monterrey o Baja California que es otra cosa. El pódium de la pobreza en México se lo pelean cada año entre Guerrero, Oaxaca y Chiapas, precisamente los últimos 3 Estados por los que he viajado. México puro y duro. Y la miseria es un caldo de cultivo ideal para la delincuencia. Asaltos, droga, secuestros y extorsión son negocios rentables por los que compiten a tiros cárteles formados por lo mejorcito de cada casa. Aquí casi no hay asaltos como en otros estados, aquí «sólo» hay asesinatos. Los miembros de las organizaciones criminales se matan entre ellos. Es una violencia quirúrgica y «estacional». Se van sucediendo las guerras entre bandas, hacen una escabechina en 15 días y, después, las aguas vuelven a su cauce. Hasta la próxima.

«Chilpo» es una ciudad pequeña, sin más (ni menos) atractivo que vivir un México de provincias verdadero. Como todas las ciudades mexicanas está organizada con eje en un Zócalo o plaza principal, con los correspondientes edificios oficiales y la inevitable catedral, y tiene, también como todas, un bullicioso mercado que exploro hasta las entrañas. A partir de ahi, 5 barrios populares, cada uno con su iglesia y su kiosco o marquesina y una estupenda gastronomía, que ya empiezo a poder probar con precaución (buenísimos los tacos de pollo con consome). Y, ¡ojo!, el mezcal, en todas sus variedades. Con el alcohol todavía no me atrevo pero todo se andará.

Vista la capital, no voy a desaprovechar la ocasión para conocer Acapulco. Está a hora y media de autobús. Estuve en el Golfo de México y ahora paso a la otra orilla: Océano Pacífico. 

Acapulco fué entre los años 50 y 70 un mito viajero vacacional, un sueño de Luna de Miel para europeos y americanos. Hoy Yucatán, especialmente Cancún, le ha quitado casi todo el protagonismo internacional pero todavía es un destino deseado por el turismo nacional. 

Me bajo del bus con una cierta aprensión por todo lo leído y oído sobre delincuencia organizada, pero el peligro aquí también parece estar muy bien delimitado y, si no pasas fronteras suburbiales muy definidas y conocidas, todo va bien. La inseguridad se queda en esos barrios tradicionalmente violentos. En la zona costera no hay más problema. Al contrario, es un gueto vacacional. Me he sentido mucho más inseguro en otros lugares del Mundo. Pero que muchísimo más. Esto es un Benidorm grandote mal crecido y herniado para dentro subiendo a los cerros. Puedo entender que a alguien le guste ese tipo de lugares de playita, rascacielos y chiringuitos pero ese alguien no soy yo.

A mi sólo me da para pasar la mañana pateando desde Papagallo a La Quebrada y playas varias, tomarme un pescadito frito, un paseito más para hacer la digestión hacia Bella Vista con sus hoteles de tropecientas habitaciones y vuelta a Chilpo. En la zona turistico-costera hay ocio y lujillo cutres en plan deportes acuáticos, rienda suelta a la pereza playera, gula orgiástica y fiesta discotequera noctámbula. Cincuenta metros para el interior, en cambio, miseria y punto. Acapulco es de esos lugares que expone en la mesa las diferencias sociales de forma cercana con más sabor a Luna de Hiel que a Luna de Miel. 

La confrontación con la miseria es una de las realidades que caracterizan un viaje. Viajar te pone frente a frente con la cotidiana pobreza que afecta a un porcentaje inimaginable de la población mundial y que, en tu burbuja de confort occidental, solo conoces de forma extraordinaria pero no palpas ni cotidiana ni directamente. Tampoco es aqui ni mucho menos donde he visto más miseria pero en Acapulco la frontera entre el mucho y el nada es de tal cercanía que abruma.

Hay cientos de lugares en el planeta donde pobreza severa, mezclada con entornos sociales y vivenciales ineludiblemente castrantes, te asaltan a los ojos depredándote el alma sin piedad y te llevan a reflexiones indigeribles. De entrada, es inevitable preguntarte el qué, quién, cómo y por qué razones cósmicas o espirituales se deciden tus circunstancias de nacimiento y vida. Son preguntas sin respuesta que te lanzan a carreras mentales por pedregosos caminos filosóficos y morales. Y ya no digamos si empiezas a preguntarte qué puedes o incluso debes hacer tú para incidir en esas realidades…

Es obvio que cada uno saca sus propias conclusiones a través de vericuetos intelectuales y morales muy, muy personales, pero lo peor de todo es que, en el 99% de las ocasiones, hay algún mecanismo del cerebro humano que hace que poquito, muy poquito después de volver a tu hábitat burgués, todo eso se olvida lastimosa e incomprensiblemente. Es muy normal ver a gente llorando en viaje ante situaciones de miseria dura y  jurándose un futuro de frugalidad, sencillez y solidaridad, lanzados a orgías consumistas y negaciones del más mínimo gesto de colaboración tan solo un mes después de la vuelta a casa. La naturaleza humana tiene caminos insondables y las Lunas de Hiel también son muy cortas. 

¿Me lo parece a mi o me ha salido un articulillo un pelín demasiado seriote y tristón? Qué se le va a hacer…

Un día tranquilo en Chilpancingo armando viaje y me «agarro» un colectivo para ir hasta Chichihualco, a 40 km de aquí. Voy subiendo por Sierra Madre. 

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