CUBA. La Habana y Santiago. Jineteo.

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«En la maravillosa película Cinema Paradiso, hay unas escenas inolvidables en las que Alfredo aconseja a Totó que salga de sí mismo para buscar islas desconocidas, las que describía extraordinariamente Jose Saramago en su cuento “La isla desconocida”: “La vida es más difícil… Márchate…, el mundo es tuyo, … no quiero oírte más, solo quiero oír hablar de ti… Hagas lo que hagas, ámalo”. Le ayudó a salir de su zona de confort y nunca he olvidado aquellas escenas ni aquellas palabras. Todo un símbolo.»

No se donde leí esto pero, a mí, el recuerdo de esa cita me ha ido siempre estupendo. 

Cuba. Uy, uy, Cuba. En diferido, naturalmente. Yo tenía entonces poco más de 40 años y aquel fue un viaje de solo 10 días con un amigo. «Solo» 10 días. Uy, uy, Cuba… 

Se trata de hacer un solo post de todos esos días. Es «solo» un diferido. 

Mi amigo ya había estado en la isla varias veces y él era, es, un bailongo, le encanta y encima sabe bailar. Yo, para eso, tengo la gracia de un hipopótamo haciendo punto de cruz. 

Nada más aterrizar en La Habana, como a las 10 de la noche, con un jet lag de caballo, me lleva a un garito llamado El Avión. Es una especie de Folies Bergere a la Cubana, un local enorme con mesas en plan anfiteatro frente a un escenario donde se van sucediendo actuaciones de gusto y calidad discutible.

En las pocas mesas ocupadas, todavía es pronto, algunos cenan y otros toman copas o combinados. Cerquita de nosotros hay una pareja, chico y chica que, de vez en cuando, nos miran. Mi compañero empieza a guiñarle el ojo a la señorita sin el menor cuidado de que no le pille el novio y yo me voy poniendo nervioso. «Chaval, nos van a dar de hostias. Por favor». «No hombre, no», me dice. Al cabo de un ratito el novio se levanta y se sienta con nosotros. Yo me digo «éste nos curra» pero, en lugar de eso nos dice:»Queréis a mi prima, amigos». ¡Joooder! Eso si que no me lo esperaba. «Ya vemos. Por ahora tomamos y ya vemos, gracias» le dice mi amigo al «novio». 

Ese fue mi primer contacto con el «jineteo» en Cuba y ya no lo dejé en todo el viaje. Aquí la madre jinetea al padre, el novio a la novia, el primo a la prima y la vecina al vecino. Todo está en alquiler e incluso en venta. Sin problema. 

En La Habana, de día paseos obligados por Plaza de Armas, Habana Vieja, Centro, El Prado, Vedado, Plaza de la Revolución, paradiña en la Bodeguita del Medio y el Malecón… poco más porque somos jóvenes y, La Habana, de día, está más en proceso de derribo que de reconstrucción y, de noche, en cambio, La Habana es mojito, salsa y risas… 

Conozco a Virgen, con mayúscula, quizás la única virgen, con minúscula, que queda en la ciudad, una joven mulata preciosa que me inspira más pena que ninguna otra cosa y que desaparece en la noche, ya madrugada, cuando le anunció que, no sólo no la llevaré conmigo el resto del viaje si no que tampoco estoy interesado en lo más mínimo en que compartir con ella la cama que he alquilado en un paladar. El jineteo, en esencia, se basa en compartir: ellas, o ellos si más te gustan, viajan, comen, bailan y duermen contigo cuando tu quieras viajar, comer, bailar y dormir. Cuando te vas, adiós muy buenas. Desde que bajas del avión eres la realidad de un dólar rodando y, en el mejor de los casos, la posibilidad de un pasaporte volando. No gracias. 

Y vuelo a Santiago de Cuba. Aquí pasamos 3 días apenas. Lo mismo pero más, en especial, más música y más baile, si cabe. Y, aunque parezca mentira, cabe. Por la bahía de Santiago entraron los primeros esclavos negros y, por ello, tiene unas indefinibles raíces africanas y española. Si…. Todavía rodeada por la selva y con sus calles empinadas y aires coloniales es otra Cuba pero… de noche… 

De noche… Hay ahí un lugar… no sé como describirlo, un local al aire libre entre un envelado de Fiesta Mayor de pueblo y un Beach club en decadencia donde se come en plan Kentucky Fried Chicken y se baila de 9 de la noche a 9 de la mañana… Dicen que allí van a jinetear las y los «modelos» de la ciudad. Pues eso, señoras en sus 50 primaveras con jovencitos mulatos esculturales de 1,90 metros y señores en sus 60 otoños con chavalitas como juncos y rosas de todos los colores moviendo todos el esqueleto como Dios les da a entender y mira que, en general, Dios se esmero en los másters de baile a los cubanos y fué indulgente con los cursillos a occidentales… por lo menos en aquel entonces, hace 4 lustros. Ahora la salsa y Cuba ya hace años que se pusieron de moda por estos lares. Total, un ratito vale. 

Nos volvemos a La Habana y cenamos en un restaurante donde, naturalmente, a los postres nos aclara el propietario que, si deseamos la compañía del camarero o de la camarera, sólo tenemos que pedirlo y todos encantados. Cansino, muy cansino. 

Nos alojamos esta vez en casa de unos señores amigos de mi compañero de viaje. Después de unos aperitivos y varios cubalibres, entre bromas, me preguntan nuestros anfitriones qué tal me ha ido con  las mujeres de la Isla. Les contesto, también de broma, que ni me ha ido ni me ha venido porque yo, hasta que no conozca una cubana rubia natural, pienso mantenerme en una abstención monástica. Ja, ja, Ji, ji y seguimos bebiendo hasta que, en menos de media hora, aparecen en la casa no una, si no 2 preciosas rubias absolutamente nativas a las que parece ser han reclutado en el vecindario para mantener en lo más alto el pendón cubano. Ya ni comentó, ni sonrió… Se ha hecho tarde y me voy a dormir. 

Al día siguiente, antes de coger el avión de vuelta a casa, en un mercado hablo con un vendedor ambulante que se apellida Amat… Sí, me dice, «mi abuelo fué catalán. Aquí los americanos hicieron escabechina de catalanes en la guerra de Cuba». Por aquí la gente es muy cercana, o así yo la siento, y viven en un sistema de una miseriaeconómica y moral tremebunda. La pobreza me impacta pero el turismo sexual me rompe. Es algo que siempre me ha podido. Me duele en el alma ver a semejantes venderse a… Mira, voy a dejarlo. 

Me sale de golpe toda la tristeza que se me ha ido acumulando en este viaje por más risas, bailes y palabras cariñosas que he ido viendo, dando y recibiendo y, en el taxi que nos lleva al aeropuerto, … lloro sin vergüenza ni consuelo. ¿¡Qué le voy a hacer!? Este viaje me ha herido el alma. 

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