EE. UU. (1) De Nueva York a Florida. Aprendizaje viajero.

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Otra vez en diferido. 

Era, si no me equivoco, el verano del año 2.003, y en el 2.001 el Mundo había entrado en shock con los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York donde murieron centenares de bomberos y policías. Mi hijo tenía algo menos de 10 años y, desde los 4 años, quería ser bombero. El bombero tiene un aura de héroe, serlo es uno de los más comunes sueños de niñez y yo quería dar a Ramón un baño de realidad sobre los enormes riesgos de ese tipo de vida. Esa ha sido siempre mi obsesión: viajar con él para enseñarle la realidad del Mundo fuera de la zona de confort pero sin pasarme, buscando el equilibrio entre diversión y realismo, entre planificación e improvisación. Con mesura quizás… Pero ¿quien pone la medida de la mesura? 

Si pienso en qué trataba yo entonces de inculcar a mi hijo en nuestros viajes juntos o, lo que es lo mismo, que me ha enseñado a mi la vida viajera, es que tú pones tus límites pero que mesura no es confort ni es sufrimiento, es sencillez. La Naturaleza no es cruel, es generosa, y la gente no es esencialmente mala pero hay que mirarla a los ojos y estar atento porque hay muchas circunstancias que provocan maldad. La vida no es una película ni un juego de rol, es real. Hay que protegerse de la vida, como de todo, pero no anularla. El frío no es malo. Nos han engañado. El confort no es bueno. Pasa como con el hambre. La gente dice “tengo hambre” y lo único que tiene son ganas de comer. Si hace frío te vas a dormir antes y te despiertas cuando sale el sol. Si te pones calefacción ves la tele y te haces inútil y débil. El apego ata corto. El calor hay que dosificarlo para darlo a quien mas lo necesitan, niños y viejos. Somos, debemos ser, una manada. Los demás, los mas fuertes, que junten sus cuerpos. Hay que hacerse fuerte. No es una opción, es una obligación. No hay tiempo para llorar. No hay tiempo de quejarse. Hay que actuar. No hay que preocuparse tanto de morir. Hay que vivir y descubrir tu mesura…

O algo así. 

Ese viaje fue mi primer capítulo de Estados Unidos y, naturalmente, no conocimos ni muchísimo menos el país. Eso lo dejo para próximos capítulos que pienso escribir el año que viene, si la pandemia lo autoriza y la salud lo permite. Será la carretera 66, otro de mis sueños por cumplir. 

Pero esa primera aproximación sí dió para conocer 3 lugares paradigmáticos: Nueva York, San Francisco y Orlando. 

Nueva York fué puro asunto bomberil. Fuimos a la zona 0, estuvimos viendo varios parques y nos montamos, por primera y última vez en mi vida, en un bus turístico de esos de piso doble. “Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a suceder”. No, en serio, con un niño de 9 años de la mano, pretender conocer Nueva York  en 4 o 5 días callejeando a pura pata es misión imposible. Es una ciudad de más de 800 km2 y 25 millones de habitantes con 5 distritos que son, cada uno de ellos, una metrópolis en sí mismos. La estatua de la Libertad, Times Square, Chinatown, Broadway, Little Italy, El Soho, la ONU, el puente de Brooklyn, el Empire State y el Chrysler, el Word Trade Center que hoy se ha convertido, tras los atentados, en la Zona 0…  una locura. Un perrito caliente por ahí, un ferry hasta Staten Island, El Museo del 11-S por allá, visitas obligadas a las tiendas de M&M’s y Disney y, sobre todo, parques y más parques de bomberos, cada uno de ellos con placas y recuerdos a sus caídos durante los nefastos atentados… Difícil acabarse New York ni en un mes.

Con Ramón convenientemente armado con una gorra del “San Francisco Fire Department” cambiamos de ciudad pero no de objetivo. San Francisco. Acojono a mi hijo diciéndole que hay que estar muy atento porque estamos en una peligrosa zona de terremotos y él sigue castigandome cual gota malaya con más y más solicitudes de experiencias bomberiles que aprovecho para itinerar callejeos que nos llevan a conocer la famosa bahía y el Golden Gate, el Pier 39. la plaza Unión, la Torre Coit, etc, etc. 

Ya le puedo llevar a la Luna, pero Ramón con lo que más alucina es con un recorrido por la ciudad con un trenecito de bomberos y las consabidas visitas a parques donde los bomberos, cariñosísimos, y enormes todos, visten al chaval, le montan en los vehículos explicándole batallitas que él sigue con los ojos como platos sin entender nada pero con su mejor cara de atención. Tenso momento cuando, en uno de aquellos parques, suena la alarma y me piden permiso para llevárselo con ellos. Me dicen que es aquí mismo y será un momentito sin problema alguno. Si digo que no mi hijo me dehereda así que, asiento nervioso y ya me ves corriendo detrás del camión. Tras muchos años de vicisitudes de todo tipo, he llegado a la conclusión de que, si alguien quiere una aventura intensa y complicada, que empiece viajando con sus hijos. En este caso, efectivamente se trató de un poco de humo, a saber por qué, en un piso a 3 manzanas del parque. Ramón en su salsa. 

Y momento de pánico cuando nos damos cuenta que Ramón se ha dejado la gorra en el WC del restaurante del que acabamos de salir hace 10 minutos. Volvemos corriendo y la recuperamos. Vuelve la sonrisa. Prueba superada. 

El fin de fiesta, la guinda del pastel: nos vamos a Orlando. La ciudad, como quien dice ni verla porque aquí de lo que se trata es de pegarse un palizón de visita a Disney World, todavía hoy el insuperable mejor Parque de Atracciones del Mundo mundial. Entre la cara de ilusión y la continua excitación del niño y la nostalgia de la niñez que a los adultos nos produce, es un viaje, poco viajero si quieres, pero imprescindible si tienes hijos y la menor posibilidad económica. Barato no es por el vuelo, pero vale más esa experiencia durante 3 días que todos los juguetes que puedas comprarle en 10 años. Y si a eso no se llega, pues siempre te quedará París. 

Eso fue todo. De New York a California y final en Florida. Mucho para 15 días y, con 50 estados en EE. UU. imagínate lo que queda. Por ahora, a esperar que se den las condiciones para hacer la carretera 66. Esa será otra historia. Continuará… 

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