EE. UU. (2) Chicago y San Luis. La ruta 66. Feliz.

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«Creí que era una aventura y en realidad era la vida.»

Joseph Conrad.

…Y continúa.

FELIZ. Es casi mágico. No he durado ni 3 horas. Estaba estresado, cansado, enfadado, dolorido física y mentalmente… las últimas han sido unas semanas durillas. Pues me he subido al avión y ABRACADABRA, QUESO DE CABRA, como si me hubiera metido una planta de marihuana del tamaño de un pino viejo por la mismísima vena…Como si me hubiera caído, como Obélix, en un caldero de poción màgica… Feliz como una perdiz. Positivo, contento, sonriente, FELIZ con mayúsculas…. Una pasada. Y eso que en el avión no se puede fumar y debería estar de los nervios con el mono. Pues no. Más contento que unas castañuelas. Habrá que plantearse el no volver.

Un vuelo placentero y ya estoy en Chicago. Se tratará, si la vida quiere, de ir desde Chicago a Los Ángeles más o menos siguiendo lo que era la ruta 66, una histórica carretera de 3.945 kilómetros que atravesaba 8 de los Estados Unidos: Illinois, Missouri, Kansas, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona y California. Es uno de esos mitos viajeros imprescindibles para mi Vuelta al Mundo como pueden ser el Transiberiano ruso, el Kilimanjaro,  la linea del Ecuador, el Uluru en Australia o la National Geographic Socity londinense, por decir uno de cada continente. Y digo  que la seguiré más o menos porque pienso desviarme, desde luego. Como mínimo no me voy a perder Nueva Orleans, otro de mis sueños de toda la vida.

La ruta 66, normalmente, se hace en coche pero eso también lo haré a mi manera. El coche, si no vas en grupo, sale carote y más si apetece conocer bien los principales puntos del recorrido como es mi costumbre e intención. Si en cada uno de ellos dejo el coche en un garaje 2 ó 3 días me saldría la torta un pan. Así pues, buses, trenes, coche si es necesario en algún tramo y lo que se tercie. Como siempre.

Chicago, a orillas del lago Míchigan, casi 4.500 km cuadrados de lago, es una ciudad de 3 millones de almas que, dicen, recibe 60 millones de turistas al año. Voy muy fuera de temporada así que espero no encontrarme a muchos. Es sabido que tengo una alergia muy desagradable a las masas en general y a los turistas en particular.

La «ciudad de los Vientos» se me antoja extrañamente equidistante entre el futuro y el pasado porque, si bien es cierto que, la mires por donde la mires, sus rascacielos forman un Skyline alucinante, tiene un aire vetusto, como anclada a mediados del pasado siglo o incluso antes. Es como si metieran a Jack Lemmon y Walter Matthau, en puro blanco y negro, en una película futurista más que actual. Quizás es por la gran cantidad de hierro que acumula en sus puentes y el tren elevado que la hace puñeteramente ruidosa (difícil escaparse de escuchar día y noche los trenes cada pocos minutos), o por los muchísimos e impresionantes edificios de piedra que compiten con vecinos de puro vidrio y acero.

Nada más llegar me doy una vueltecilla por el río Chicago y esos preciosos puentes, todo rodeado de rascacielos y rasgado por el ya mencionado «L System», el sistema de metro a la altura de los primeros pisos que hace las delicias auditivas de chicos y grandes a todas horas. Vuelvo al hotel pasando por el Teatro Chicago y ceno mi primera «basura» del viaje: unas alitas de pollo con salsa rabiosa y agridulce. Tengo clarísimo que, por estos lares, sano no voy a comer.

En una jornada de casi 8 horas de trekking urbano le pegó un buen mordisco a la ciudad: la Torre Willis, el paseo del río, màs rascacielos y màs tren elevado, la Magnificient Mile, algo así como el Paseo de Gracia de Chicago, el Lakefront trail por el Lago Míchigan, el Navy Pier, el Lincoln Park, Chinatown, Little Italy…

A las 6 de la tarde ya anochece y me retiro a mis aposentos. Estamos en Halloween….Estoy cansado del viaje y del «paseíto» y tengo una habitación arregladita en un hotel medio chulo. No tengo ni idea de cómo, pero en mi mochila ha aparecido un bocadillo de queso que intuyo procede del bufete del desayuno, una botella de vino que ha de durar las 3 noches aquí y he de organizar mi próxima etapa. Mañana será otro día.

Segundo y último día completo en Chicago: otra vez el Riverwalk, ahora por la orilla, el Millennium Park y la Cloud Gate, «The Bean», museos, músicos callejeros, foodtrucks… en una, dos o tres palabras, Chicago es una ciudad IM PRE SIONANTE.

Pillo un tren a San Louis en la Chicago Unión Station. La obtención de información para traslados y demás se hace un pelín difícil al tener que entenderte en ese inglés/americano que hablan por aquí, ultra rápido y gutural, que te hace agradecer el aprendizaje que, de niño, hiciste viendo las pelis del pato Donald.

Joliet, Pontiac, Springfield y, en poco más de 5 horas, me planto allí, en St. Louis, ya en Missouiri. Dicen que está ciudad algún año ha tenido la tasa de homicidios más alta de EE.UU y, en este sentido, ha «logrado» alcanzar una buena clasificación en la lista de las 20 ciudades más peligrosas del Mundo. Habrá que ir con ojito. Será un día completo más llegada, salida y a correr.

Tres horitas de paseo para estirar las piernas y primer toma de contacto con el río Mississippi que, según como cuentes, es el cuarto río más grande del Mundo. Me llego también al Gateway Arch, construido en los 60 en conmemoración de la expedición de Lewis y Clark a comienzos del siglo XIX y, en general, de la expansión de América hacia el oeste. La ruta que voy a hacer yo. Con sus 200 metros de altura, el Gateway es el monumento más alto de Estados Unidos y, vayas donde vayas de Sant Louis, el arquito está ahí delante. O detrás.

Hace un precioso día de otoño. Casi 25 grados. San Luis es una ciudad amplia. Todo es enorme. Avenidas, esculturas, edificios, estadios, parques… Hasta donde me alcanza la memoria San Luis es la ciudad con más zonas verdes que he visto nunca, así que caminarla es un gusto. Las ardillas y yo campamos a nuestras anchas. Forest Park es el parque más grande y ocupa 1,400 acres de tierra, lo que lo hace casi el doble de grande que Central Park de Nueva York, pero es el más feote. Mucho más chulos son el Tower Grove, el Jardín Botànico, el Lafayette o el Gateway Arch N.P. Palizón de paseo por todos ellos pasando por las zonas más conocidas, cada una con su personalidad: The Hill, un barrio italiano muy/mucho americano, West Pine y el Grove, con casas victorianas y esas tipo castillito de brujas con un cierto encanto siniestro, el Downtown, rascacielos y jaleo…. Confesión pública: me he zampado una hamburguesa. Si, con patatas fritas.

Hoy, en principio, era mi cumple, pero este año he decidido no cumplir. El siguiente ya veremos.

Más caminata y más viaje. Día de tránsito, paseo tranquilo y, eso sí, una comida guay de carne asada, jalapeños dulces y ensalada de patata con una Bud en un un local más americano que el General Custer. Música chula de los 70/80. Toca autobús nocturno. Dieciséis horas hasta Nueva Orleans. Es un día cualquiera….¡FELIZ!

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