EE.UU (4) Oklahoma City y Albuquerque. El Viejo Oeste. Nada ni nadie.

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Voy acabando la Vuelta al Mundo y pensaba esta noche en si es más fácil hacerlo solo o acompañado. No sé si eso me lo había planteado antes. Yo creo que acompañado es muy, muy complicado tirando a imposible. El viaje acompañado es una sobredosis de convivencia que, junto a las tensiones del proceso, debe ser una combinación tipo trinitotolueno. Y viajar sólo, pues lo que decía Charles Bukowski: «Y cuando nadie te despierta por la mañana, y cuando nadie te espera en la noche, y cuando puedes hacer lo que quieras, ¿Como lo llamas? ¿Libertad o soledad?». Complicado también…

 

¡Vaya viajecito!

Te aseguro que entre esta gente hay mucho pirado. En catalán decimos «fa mitja por«. Pues eso: da medio miedo. El autobús era, todo èl, una puñetera alucinación… Una señora que hablaba cantando, otra como que, de pronto, despertaba de un sueño, se estiraba espasmódicamente y acababa tapándose la cabeza con su manta ante una agresión imaginaria, …figuras fantasmales de todos los colores tipo veteranos de guerra con shock postraumático, una chica joven con unos tics violentos y un poco inquietantes, algo así como de posesión diabólica, …dos señoras de unos 150 kg cada una, sin exagerar, moviendo sus trémulas carnes como pulpos gigantes por la arena…. Y yo, claro, que con los pelos y algún día sin afeitar supongo tampoco tengo una pinta tranquilizadora. Sí, ese autobús era «algo» entre un zoológico de animales interplanetarios y una coincidencia de dos congresos médicos: uno de  salud mental y otro de obesidad mórbida. Y no hago broma. En este país hay un problema psiquiatrico serio diría yo.

Aprovechando la oscuridad, en algún lugar entre Houston y Dallas, mi rabadilla y mis lumbares han huido despavoridas de su lugar natural, donde la espalda pierde su honesto nombre, buscando la protección de mis costillas y dejando doloridos tanto el  origen como el destino. Supongo que en unas horas las cosas volverán a ponerse en su sitio. O no.

Oklahoma City, ya de vuelta a la ruta 66. Las pelis de Hollywood nos han dado de comer Salvaje Oeste por un tubo. Ha quedado claro que los indios eran los malos y los cowboys los buenos, y la patria de los cawboys por antonomasia parece ser que es Oklahoma. A ver qué más aprendo…

Pues poco más. Se levanta un día desagradable y lluvioso. Es èsta una ciudad curiosa. Una especie de asentamiento urbano básico en medio de un Scalextric de carreteras, como un cruce de caminos hacia no se dónde y hacia todos lados. Una ciudad que parece confinada, sin vida, en medio, dicen, de un campo petrolífero activo, con maquinaria de perforación visible a pie de calle, casi sin comercio ni restauración ni gente por las calles… No veo niños. Extraño. Hoteles con americanas jóvenes en recepción y, para cocina, limpieza, etc, mexicanas y mexicanos venidos de pueblos sin presente y con difícil futuro. A veces la delgada línea de una frontera separa dos mundos extremadamente lejanos.

Deambuló por ahí como el último de los seres humanos después de una hecatombe vírica. A lo peor, como en la película «Soy Leyenda», los muertos vivientes salen por la noche. No pienso comprobarlo. Quién si sale por la tarde es el sol y me acerco al Capitolio en Lincoln Terrace, un barrio histórico de casas señoriales, super hospitales y centros de investigación. Entro en una tienda de armas…increíble pensar que un volado pueda comprar como si nada un rifle de asalto…

Si, un lugar curioso. Es un destino viajero a tope pero de cowboys ni rastro. A ver si están en Albuquerque.

Hacia allí me voy también en bus, 10 horitas más, esta vez de día. De Oklahoma a Nuevo México cruzando todo Texas. Entiendo que mi cuerpo me odie.

Largas carreteras, estaciones de servicio, un hot dog y un bonito atardecer me llevan hasta Alburquerque, Nuevo México. Mi espalda llora con desespero.

Un par de horas antes, un susto o, quizás, un aviso. Bajo del autobús en una parada a fumar un cigarrillo y el cuerpo se me descontrola. Empiezo a temblar todo yo como una hoja. Ha bajado la temperatura pero no hay para tanto. No puedo ni sostener el cigarrillo en la mano. Subo cómo puedo al bus y me tapo hasta las orejas para recuperar calor y control. Tengo dolor de cabeza. Síntomas de agotamiento. Llevo ya 4.000 kilómetros de carretera en EE.UU más unos 250 más de a pie. Y la tensión de ir organizando transportes, avituallamientos, moteles y mantenimiento del blog al día. Hay que bajar ritmo.

El invierno ha llegado rápido y las temperaturas son ya de 12º a -5º. Un día tranquilo me hace bien. Además de cansado y dolorido, las bajas defensas han dejado que pille un poco mucho de gripe, un trancazo típico. Me pesan las piernas. Tampoco Alburquerque es más que otra ciudad vacía de esta zona de EE.UU. En la calle sólo están los homeless que allí llamamos «sin techo», una legión de zombis tirados en la acera o deambulando sin propósito ni dirección. Drogas y alcohol….y quizás mala suerte. Dicen que unos nacen con estrella y otros estrellados. Durmiendo en el puro suelo, textualmente bajo un puente, y con temperaturas de rigor. Una pena, la verdad. Cuánta miseria he visto en esta Vuelta al Mundo. ¡Joder!

El americano tipo de esta zona vive alejado de la ciudad y aquí no se lleva eso de caminar por la calle, tomar copas y tapas y, muy poco, ir de compras. Para eso está Amazón. No me extraña que alucinen con el estilo de vida mediterráneo cuando vienen para allí. La gente va de casa al trabajo y del trabajo a casa o poco menos. Algún café o espectáculo de tanto en tanto por la tarde, la barbacoa del domingo para socializar… Ni para comprar y salir van al centro. En los alrededores hay áreas de grandes superficies, con restaurantes de todo tipo de comida y aparcamientos enormes dónde van a abastecerse y a comer o tomarse una cerveza viendo en las teles los deportes que les pirran: fútbol americano, beisbol, hockey sobre hielo, baloncesto… Hasta las farmacias están en el supermercado. Lo demás mucha vida familiar por lo que parece.

Por eso, sin coche en Estados Unidos es muy complicado vivir. El último escalafón de la sociedad americana es el homeless, y el antepenúltimo el carless, el «sin coche». Es decir, yo.

Esta ha sido un etapa de kilómetros y kilómetros sin nada ni nadie lo cual, por lo menos para mí, también tiene su atractivo. De todas formas, con gripe o no, con dolor de espalda o no… hay que espabilar. Mañana tren a Santa Fé.

Por la ventana del tren desfila el tipiquisimo paisaje de árido desierto de matorrales por donde los mexicanos intentan, en las películas y en la realidad, pasar a «mejor vida». Esto de los mexicanos y los americanos no lo entiendo. Los mexicanos que están aquí sin «papeles» trabajan y tienen derechos. Los americanos necesitan gente para trabajar pero no dejan entrar ni dan «papeles» a nadie. Los mexicanos que entran trabajan para los americanos.  No entiendo de política… Gracias a Dios.

 

P.D. Aviso: sin que sirva de precedente en las fotos que siguen a este post hay una mía. De mi careto, concretamente. Declinamos cualquier responsabilidad por daños físicos o psíquicos que de ello pudieran derivarse. No dejar estás imágenes al alcance de los niños. 

Que no se diga que no he avisado…

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2 COMENTARIOS

  1. Cuidadin, cuidadin amb aquesta ruta Nachete, que está clar que en aquesta película tu ETS l’indiu, i tots aquesta yankis están molt xalats . Força i sort

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