MÁSCARAS DEL MUNDO (150 y 151). Caretas.

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CARETAS

Autor: Carlos Andrés Santos

Material: cuero (150) y papier maché (151)

2.016 (150) y 2.023 (151), Villanueva de Valrojo, Zamora, España (EUROPA)

 

Los Carnavales de Cencerros, el Antruejo  de Villanueva de Valrojo, en la Sierra de La Culebra, tiene su origen en antiguas prácticas paganas que sobreviven con el cristianismo. Se celebra anualmente en febrero, en los tres días previos al Miércoles de Ceniza durante los que se oirán sonidos de cencerros por todo el pueblo y a todas horas se verán unos personajes enmascarados y disfrazados: son los Cencerros que corren por sus  calles amenazando con tenazas articuladas, tornaderas,  látigos, palos o, simplemente, con las manos. Todo el que está sin disfrazar va a ser objeto de sus bromas.

Es tradición que después del Carnaval, los mozos visiten las casas del pueblo pidiendo aguinaldos y chorizos para comerlos después en divertidas cenas festivas.

Está tradición se aleja de rituales preestablecidos prevaleciendo la espontaneidad. No hay normas ni horarios y ni siquiera  trajes ni caretas propias. Hay una casa o pajar, donde la gente del pueblo reúne los trajes y caretas. Todo el que quiera, puede ir allí y disfrazarse para salir a correr por el pueblo.

En la posguerra, los carnavales fueron prohibidos en todo el país, siendo Villanueva de Valrojo  uno de los lugares donde siguieron realizándose, en parte, dicen, gracias a la buena voluntad de los sucesivos alcaldes que nunca se opusieron. Cuentan, aunque resulta inverosímil que durante la época de mayor represión este pueblo fuera un Arcadia, que en los días más importantes de Carnaval, un alcalde se iba del pueblo con el fin de hacerse el desentendido cuando llegara la Guardia Civil, u otro invitaba a los agentes a su casa a comer y beber para que, en la calle, el pueblo se divirtiera. Estos relatos demuestran que es un carnaval tremendamente integrado en la comunidad que participa de forma generalizada.

El Martes, punto final de las fiestas, aparecen los Diablos, como almas en pena. Son tres Diablos, con máscaras de corcho y apliques de hojalata y cuero, capas pardas y aspecto fúnebre, llevando tornaderas y un caldero con azufre ardiendo. La figura del Demonio simboliza el fin de los excesos y el inicio de la Cuaresma recordando a todos la fugacidad de la diversión y la importancia del sacrificio.

Mi agradecimiento a Pilar Panero García, profesora de antropología y directora de la Cátedra de Estudios sobre la Tradición de la Universidad de Valladolid, por su ayuda en la localización y adquisición de estas piezas.

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