México (5). Guerrero (1ª parte). La miel y la hiel.

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Por la ventana del bus van pasando espectaculares paisajes de montañas, algunas abarrotadas de cactus que, mira por donde, a pesar de su aridez, a mi me recuerdan paisajes submarinos con gorgonias y corales. Llego a las 8 de la noche a Chilpancingo. Doce horas exactas de viaje con transbordo en Puebla.

 

Chilpancingo, capital del Estado de Guerrero, dicen las estadísticas que es, junto con Acapulco, de las ciudades con mayor tasa de homicidios de México. Como suele pasar en todo el Mundo, en realidad, la periferia sí es peligrosa, pero lo que constituye el centro es de lo más normal. Un montón de policías y patrullas del ejército, armas en ristre, se encargan de que todo esté tranquilito. Monto aquí el campo base para visitar el Estado. 

Guerrero es un Estado pobre. Nada que ver, me dicen, con el México del Norte. Monterrey o Baja California que es otra cosa. El pódium de la pobreza en México se lo pelean cada año entre Guerrero, Oaxaca y Chiapas, precisamente los últimos 3 Estados por los que he viajado. México puro y duro. Y la miseria es un caldo de cultivo ideal para la delincuencia. Asaltos, droga, secuestros y extorsión son negocios rentables por los que compiten a tiros cárteles formados por lo mejorcito de cada casa. Aquí casi no hay asaltos como en otros estados, aquí «sólo» hay asesinatos. Los miembros de las organizaciones criminales se matan entre ellos. Es una violencia quirúrgica y «estacional». Se van sucediendo las guerras entre bandas, hacen una escabechina en 15 días y, después, las aguas vuelven a su cauce. Hasta la próxima.

«Chilpo» es una ciudad pequeña, sin más (ni menos) atractivo que vivir un México de provincias verdadero. Como todas las ciudades mexicanas está organizada con eje en un Zócalo o plaza principal, con los correspondientes edificios oficiales y la inevitable catedral, y tiene, también como todas, un bullicioso mercado que exploro hasta las entrañas. A partir de ahi, 5 barrios populares, cada uno con su iglesia y su kiosco o marquesina y una estupenda gastronomía, que ya empiezo a poder probar con precaución (buenísimos los tacos de pollo con consome). Y, ¡ojo!, el mezcal, en todas sus variedades. Con el alcohol todavía no me atrevo pero todo se andará.

Vista la capital, no voy a desaprovechar la ocasión para conocer Acapulco. Está a hora y media de autobús. Estuve en el Golfo de México y ahora paso a la otra orilla: Océano Pacífico. 

Acapulco fué entre los años 50 y 70 un mito viajero vacacional, un sueño de Luna de Miel para europeos y americanos. Hoy Yucatán, especialmente Cancún, le ha quitado casi todo el protagonismo internacional pero todavía es un destino deseado por el turismo nacional. 

Me bajo del bus con una cierta aprensión por todo lo leído y oído sobre delincuencia organizada, pero el peligro aquí también parece estar muy bien delimitado y, si no pasas fronteras suburbiales muy definidas y conocidas, todo va bien. La inseguridad se queda en esos barrios tradicionalmente violentos. En la zona costera no hay más problema. Al contrario, es un gueto vacacional. Me he sentido mucho más inseguro en otros lugares del Mundo. Pero que muchísimo más. Esto es un Benidorm grandote mal crecido y herniado para dentro subiendo a los cerros. Puedo entender que a alguien le guste ese tipo de lugares de playita, rascacielos y chiringuitos pero ese alguien no soy yo.

A mi sólo me da para pasar la mañana pateando desde Papagallo a La Quebrada y playas varias, tomarme un pescadito frito, un paseito más para hacer la digestión hacia Bella Vista con sus hoteles de tropecientas habitaciones y vuelta a Chilpo. En la zona turistico-costera hay ocio y lujillo cutres en plan deportes acuáticos, rienda suelta a la pereza playera, gula orgiástica y fiesta discotequera noctámbula. Cincuenta metros para el interior, en cambio, miseria y punto. Acapulco es de esos lugares que expone en la mesa las diferencias sociales de forma cercana con más sabor a Luna de Hiel que a Luna de Miel. 

La confrontación con la miseria es una de las realidades que caracterizan un viaje. Viajar te pone frente a frente con la cotidiana pobreza que afecta a un porcentaje inimaginable de la población mundial y que, en tu burbuja de confort occidental, solo conoces de forma extraordinaria pero no palpas ni cotidiana ni directamente. Tampoco es aqui ni mucho menos donde he visto más miseria pero en Acapulco la frontera entre el mucho y el nada es de tal cercanía que abruma.

Hay cientos de lugares en el planeta donde pobreza severa, mezclada con entornos sociales y vivenciales ineludiblemente castrantes, te asaltan a los ojos depredándote el alma sin piedad y te llevan a reflexiones indigeribles. De entrada, es inevitable preguntarte el qué, quién, cómo y por qué razones cósmicas o espirituales se deciden tus circunstancias de nacimiento y vida. Son preguntas sin respuesta que te lanzan a carreras mentales por pedregosos caminos filosóficos y morales. Y ya no digamos si empiezas a preguntarte qué puedes o incluso debes hacer tú para incidir en esas realidades…

Es obvio que cada uno saca sus propias conclusiones a través de vericuetos intelectuales y morales muy, muy personales, pero lo peor de todo es que, en el 99% de las ocasiones, hay algún mecanismo del cerebro humano que hace que poquito, muy poquito después de volver a tu hábitat burgués, todo eso se olvida lastimosa e incomprensiblemente. Es muy normal ver a gente llorando en viaje ante situaciones de miseria dura y  jurándose un futuro de frugalidad, sencillez y solidaridad, lanzados a orgías consumistas y negaciones del más mínimo gesto de colaboración tan solo un mes después de la vuelta a casa. La naturaleza humana tiene caminos insondables y las Lunas de Hiel también son muy cortas. 

¿Me lo parece a mi o me ha salido un articulillo un pelín demasiado seriote y tristón? Qué se le va a hacer…

Un día tranquilo en Chilpancingo armando viaje y me «agarro» un colectivo para ir hasta Chichihualco, a 40 km de aquí. Voy subiendo por Sierra Madre. 

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