México (7). Morelos (1ª parte) . El poder de la Naturaleza.

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Me he quedado colgado con los pensamientos con los que acababa el anterior capítulo.

Y es que yo saber no sé, pero pensar pienso, y el progreso económico se me antoja a veces como una bicicleta estática. Los pueblos van pedaleando, van progresando, haciendo más dinero y comiéndose Naturaleza. Y la gente va teniendo más y más trabajo y más y más necesidades que atender y todo se va encareciendo en paralelo. Al principio ganaban 10 y gastaban 10 y, al final, ganan 1.000 y gastan 1.000 y la vida va pasando en un puro pasar.

¿Son más felices? ¿Están mejor? Pues si, no o según como lo mires. Habría que encontrar un equilibrio. En realidad, en consumismo se va a buen ritmo pero en sanidad y en educación se va lentito. O a mi me lo parece.

Eso sí, algunos, pocos, los dueños de la bici, con todo este pedalear, salen ganando pasta gansa. Pero todo nace, crece, se multiplica y muere y, al final, la Naturaleza lo devora todo. No sé, es sólo un pensar.

 

Nuevo Estado: Morelos.

Aparezco en Zacualpan de Amilpas y Tlacotepec, dos pueblos casi pegados.

Sí, otro Tlacotepec, mismo nombre que la aldea de Guerrero del capítulo anterior. Y todavía hay un tercero en Veracruz y otro en el Estado de México. Y me explican que también en Veracruz hay otro Zacualpan. Aquí hay que ir con mucho cuidadín cuando compras un billete de bus porque, como cometas un desliz y no concretes bien, te envían a la otra punta del país.

Por cierto, lo de concretar en este país no es fácil, sobre todo para quedar con alguien… «Al rato». «Ahora vengo». «Estoy llegando» … Ahí entras en unas dimensiones totalmente desconocidas y absolutamente imposibles de convertir en ninguna unidad de medida temporal conocida en el resto del Mundo. Todo eso pueden ser 10 minutos o 5 horas. Y si no, mañana. No hay prisas. En absoluto. A veces en México las medias horas tienen 75 minutos y en otras, si te dicen de quedar a las 9 horas, hay que tener en cuenta que el cuate se llevaba 1 o 2 de un compromiso anterior.

Y para ir de un lado a otro más lio. A todo destino hay 3 o 4 maneras de llegar, según a quien preguntes, cada cual más rápida que las demás. Y, si dan en el blanco con los horarios, es porque hasta un reloj parado acierta la hora cada día dos veces. 

Si preguntas a un mexicano algo como «¿A que hora salimos mañana?», te mirará como si le hubieras preguntado cual es la raíz cuadrada de la hipotenusa y, pasado el primer instante de estupor, iniciará una excursión por los Cerros de Úbeda que te llevará, justo y concretamente, a ningún lugar. Y es que el futuro en México es trascendente y lo trascendente es incognoscible. 

A otra cosa: México es tierra de seísmos. Sólo el año pasado, el 2.021, se certificaron 1.969 temblores en el país. El más gordo de la Historia reciente fué el del 19 de septiembre de 1.985, de magnitud 8,2 Mw, que dejó, según cifras oficiales 5.000 muertos y, según cifras oficiosas, mas de 10. 000. Algunos dicen que muchos más. Cerquita de donde estoy hubo uno el 19 de septiembre del 2.017 de 7,1 Mw, apenas 12 días después de otro en Chiapas de 8.2 Mw, del que todavía se notan los efectos. A la Iglesia de Zacualpan todavía no dejan entrar porque se cae a trocitos.

El pueblo es bonito, más fresquito que en Guerrero, y está agradable pasear. La plaza mayor es chula, con un curioso mural hecho de semillas para las fiestas patronales.

Y más que bonita, fascinante, es la visita a una antigua hacienda latifundista del siglo XVIII, San Nicolás Cautepec, naturalmente fundada por un español, que albergaba señores y peones que cultivaban cereales a gran escala. La enorme hacienda, casi una aldea, que contaba incluso con su propio acueducto y su propia iglesia, debió ser magnífica, pero hoy ha sido casi totalmente engullida por la Naturaleza. Me recuerda a Siem Riep en Camboya donde van, o iban antes del Corona, cientos de miles de visitantes cada año.  Éste, en cambio, es otro lugar espectacular todavía sin explotar turísticamente y solo para mi. En el Mundo todavía queda muchísimo que explorar.

Conozco aquí, también, oficios que permanecen inalterados desde hace 300 años y luchan contra el progreso encerrados en sagas familiares. Forjas y panaderías con horno de leña transportan en el tiempo. Son gente fuerte y dura, ese es su mundo, esas son sus raíces y su esencia y se resisten a desaparecer como gatos panza arriba. Impresiona. 

En todo México me reciben con una ansiedad hospitalaria abrumadora. De entrada a comer y comer y comer. Aquí, tacos de cecina, queso, frijoles de olla, miel de aguacate, pan artesanal, café de olla… desde luego salsa picante de chiles molidos… buf, buf, buf… Y de beber, agua, zumos… y curado, otro aguardiente, mezclado con frutas, tremendamente ligero pero de retorno traidor. 

Si, la hospitalidad aqui es tremenda y no solo te tratan bien si no que, además, te dan tratamiento. Los mexicanos son muy, pero que muy aficionados a las etiquetas y tratamientos: Licenciado, Don, Profesor, Maestro, Doctor… Aquí te haces con varios títulos en menos de 1 mes, sin ningún esfuerzo y sin pasar por universidad alguna. Entre ellos el tema es ya mucho más familiar y, salvo excepciones de alto rango o rancio abolengo, ya sólo son güey, cuate, gallo, primazo, compadre, paisa, carnal…

Y sigo: Tetela del Volcán, al pie del volcán Popocatépetl, el «Popo» . Siempre es una sensación extraña estar en una ciudad construida en la falda de un volcán. No será, ya sería mala casualidad, que precisamente la fecha de hoy estuviera escrita en el cosmos como el día de una erupción… En esta tierra de temblores, si el Popo agarra una gripe, tu pillas cacho seguro. 

El pueblo se ve en 1 hora. Me da tiempo a subir al Cerro de la Mina. Desde la cima dominas casi todo Morelos porque este es un Estado muy chiquitín. En 2 horas y media en carro lo cruzas de punta a punta.

Son las 17 horas y tengo toda la tarde por delante. He ido a parar a un hotel sencillote pero súper nuevo, limpio y confortable por 23 euros. Están de promoción de lanzamiento y, después de unos días sin agua corriente, carreteras polvorientas y mínimas comodidades, apetece un montón darme un gusto con un pelín de progreso bien entendido. Tremenda ducha caliente con presión que a mi me sienta como una sesión de spa. Relajo total. Encima, en el hotel tienen unos botellines de vino tinto chileno y caigo en la tentación. Cinco euros más, pero voy bien de presupuesto. Esta noche hace una luna llena preciosa…

Adelante, siempre adelante. Siguiente parada: Tlayacapan.

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