México (8). Morelos (y 2ª parte). Los cerros de la Tierra de Dioses.

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Tlayacapan es ya el Morelos más turístico en plan fin de semana «de campo», siempre hablando de turismo nacional, especialmente el que viene de la capital, Ciudad de México. Para el extranjero, lo dicho: México es Yucatán. Si visita alguna otra ciudad es la propia CDMX y poco más. 

 

Aquí me encuentro con mi tocayo Ignacio y con Ulises, a los que conocí en Coscomatepec. 

Ignacio es algo así como el líder de una comparsa de «chinelos», una tradición cuyo origen es una burla hacia el poder establecido y, sobre todo, a los colonizadores españoles. Él y otros «mayores» enseñan y ayudan a los más jóvenes del barrio del Rosario a confeccionar sus trajes, sombreros y máscaras que utilizarán en «El brico del Chinelo». 

Es sábado y los encuentro a todos reunidos en el taller, y allí nos pasamos la tarde hablando de su danza y mis viajes. Ni siquiera se dan cuenta pero esas comparsas que he ido encontrando por todo México, además de ser el sostén de tradiciones culturales que dan identidad y cohesión a un pueblo, cumplen una función social impagable dando objetivos, contenido y valores a los jóvenes. 

Tlayacapan, que traducido del nahuatl vendria a significar «Sobre la nariz de la tierra», es un pueblecito encantador rodeado por una cordillera de cerros que llaman Campateoclan, «Tierra de Dioses».

Asi pues, máscaras y montañas. Es lo mio. 

Hoy, ya domingo, subiré el Cerro Tonantzin, el pequeñín de los que hay aquí, y mañana, el imponente Zihouapapalotzin, dentro del Parque Nacional El Tepozteco. 

Desde el centro, en menos de 1 hora te subes al Tonantzin pero, con el charlar y dominguear en el taller de Ignacio, se nos ha echado la noche encima. Sendero curioso con plantaciones de topal en la base.

Arriba, una cueva que parece ser que se utiliza para ofrendas e iconografías. Ignacio y Ulises van con una cierta precaución. Respetan el tema del «Mal del Aire», asuntos de energías negativas. Aquí se veneraba y se venera a Tonantzin, una especie de deidad Madre de los mexicas, y suele venir gente para hacer ceremonias que no hacen mucha gracia a mis amigos. Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre si los conquistadores españoles decidieron utilizar el culto a Tonantzin como base para desarrollar el culto a la Virgen de Guadalupe o si los indígenas camuflaron su culto a Tonantzin adorando a Guadalupe.Total, un paseo chulo y anochecer un pelín inquietante. 

Ya lunes. Al Zihouapapalotzin, el Cerro Grande, subimos por un precioso sendero emboscado…Los niños de mis amigos, de 5 años los dos, han guerreado a tope para venir y yo alucino que los traigan. Sus padres los agarran con una cuerda a sus cinturones y «palante». Después resulta que son 2 gatos monteses. Ni una sola queja en las casi 6 horas de montaña que nos ponemos en las piernas. 

Llegamos arriba pero no es el «arriba» que buscamos. Y bajamos y subimos y llegamos a otro  arriba  que tampoco es. A ver si me explico, esto es un laberinto de cerros con altos como jorobas de camellos, a veces no comunicados entre si, sino separados por barrancas impracticables. Cosa de las lluvias y el terreno inestable que va cincelandose a merced de los elementos. Los senderos se van borrando y no es difícil equivocarse y subir a uno de los altos que no son considerados como cima. 

Para comer han traído «tortas», es decir, bocadillos. Pan. Sinceramente estoy hasta el moño de las tortitas de maíz y el pan se agradece. 

Lo dicho, 6 horas de caminar y un panzón de Naturaleza pero fracaso total en cuanto a llegar a cima. Nuestro guía, el amigo Ignacio, se gana el sobrenombre de «Capitán Palangana» que le seguirá hasta la tumba. Lo de los niños, insisto, alucinante.

Nuevo día. Hoy, 2 colectivos y voy a Tepotzlan, un pueblo vecino, para subir el Cerro Tepozteco. Es otro pueblo encajonado entre cerros imponentes y, en realidad, el más conocido de la zona por el Tepozteco, coronado por un templo prehispánico en forma de pirámide. 

Son tropecientas piedras colocadas en forma de escalera para llegar al templo que ahora está cerrado por precauciones con el tema pandemia. Poco más que un ejercicio matinero de, sin paradas, un máximo de 1.30 horas, subida y bajada. A mi se me hace corto. Veo que la gente, poca, que va subiendo suda la gota gorda y resopla al borde del colapso, así que parece que, sin darme cuenta, ya he cogido algo de forma física. 

Me paro en el mercado para comer un itacate, un tipo de taco en forma triangular. Callejeo, iglesia y ex convento de Nuestra Señora de la Natividad, más callejeo y poco más. Tepoztlan se ha convertido en el típico pueblo con aire hippie y tiendas chics, venta de productos supuestamente ecológicos y artesanales, terapias sanadoras, tatoos, motos y quads, mojitos, música chill out y, por poco que rasques, supongo, marihuana guapa. 

Todos los pueblos quieren turismo y el turismo resta a chorro identidad y naturalidad. Todos los pueblos turísticos acaban pareciéndose. También al mío le están poniendo sombrillitas hawaianas. Es lo que quiere el capitalino, salir de la ciudad sin salir de la zona de confort. Aire más o menos puro que polucionar y parques temáticos. Campo sin vacas, iglesias sin campanas, sol sin quemarse, playa y montañas con restaurantes «típicos» para recuperar grasas… Con su pan se lo coman.

Me vuelvo a Tlayacapan. Se está poniendo el cielo negrote, amenaza lluvia… y me duelen las piernas. Al final resulta que si siento el Tepozteco. 

Tlayacapan es  mucho mas sencillo y todavía autenticote. Aquí estoy bien. Me hospedo en una pensión limpita de 4 o 5 habitaciones con una terraza común soleda y con un conejo enorme de mascota que me recuerda al Conejo Blanco de Alicia en el Pais de las Maravillas. El pedazo de conejo anda todo el dia a la greña con un gato, también de la familia, que acaba siempre batiendose en retirada. Se me acaba el tiempo en Morelos pero mañana hay que volver a intentar hacer cumbre en el Zihuapapalotzin. 

Segundo intento pues. Por torrentes verticales entre bosque cerrado la subida hasta una explanada con restos de fuego de campamento se hace durilla. Quizás ya llevo demasiados kilómetros en las patas. En hora y media desde la falda ya vemos la cumbre tomada por una bandada de zopilotes que, cuando llegamos, nos prestan el sitio. Ahora si: vista de cima. Todo el cerro es esplendida naturaleza virgen. El que la sigue la consigue. 

Y ultimo día, organización de la próxima etapa, ultima comida y despedidas. Lo he pasado bien. Ahora toca intentar subir al cráter del Nevado de Toluca, en el Estado de México.

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