Masaya es una ciudad más grandota. Más de 200.000 habitantes. Cuando llegas aquí, la estación de autobuses está en medio del mercado y la sensación es de caos absoluto. Lo nuevo siempre provoca una sensación caótica. En 24 horas lo veré diferente.
Una primera vuelta de reconocimiento me lleva al Parque Central, con la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción, el Mercado de Artesanías y, de ahí, hasta el histórico barrio de Monimbó.
Cerca de aquí nació Augusto César Sandino, que inspiró a los fundadores del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) quienes, con ideas Marxistas-Leninistas, promovieron la revolución que acabó con la dictadura de Somoza en 1979. En esa revolución el barrio de Monimbó se convirtió en leyenda de la insurrección.
Paseando por la frontera entre el barrio de Países Bajos y el de Monimbó, le pregunto a un taxista que ha parado en su casa para descansar si conoce por ahí algún artesano mascarero. Con amabilidad nicaragüense me dice: “¡Y tanto! Venga, súbase”. Subo al taxi y me lleva, nada más y nada menos, a conocer a “La reina de las máscaras”, Lucila Gaitán.
Doña Lucila tiene una historia chula. Su marido era José del Carmen Suazo, uno de los pioneros en la creación de las máscaras de cedazo que se utilizan en San Jerónimo para el Baile de Negras. Cuando en febrero de 1978 la comunidad indígena de Monimbó se levantó contra la dictadura somocista, los jóvenes que se enfrentaban a la Guardia Nacional recurrieron a esas máscaras para ocultar su identidad en los combates callejeros y, por ello, esas máscaras se convirtieron en un símbolo de la revuelta. La Guardia llegó a pensar que José del Carmen era uno de los promotores de los levantamientos en contra de la dictadura lo cual le supuso obvios problemas. Tras el triunfo de los indurrectos, el nombre de Monimbó quedó plasmado en la historia de la revolución, al igual que el del hombre que, con su arte, salvo a muchos de la represión.
Cuando murió Don Jose, Lucila, que ahora debe tener unos 70 años, decidió seguir con el trabajo que había aprendido de su marido, y hoy es ella quien da vida a esas, ya más que máscaras, iconos del Monimbó insurrecto. Naturalmente, le compro un par de estas máscaras.
Curiosamente, años después, Monimbó fuè uno de los barrios sitiados y atacados por el régimen orteguista, de alguna forma heredero de aquella revolución, durante la “operación limpieza” de julio de 2018. Las vueltas que da la vida…
En todo caso, está es una ciudad bailonga y con encanto. De todas las casas sale música a todo trapo. Salsa, marimba, música de banda, regetón, y todo tipo de canción latina (ya sabes, “Tengo el alma indefensa”, “Mi corazón sangra de amor”, “Mirarte me deja sin fuerzas ni voluntad”, etc, etc…), y todo mezclado con «Chumba Chumba» discotequero (que dicen lo mismo pero a grito pelado y no se entiende nada).
Ya más situado, a la mañana siguiente empiezo a caminar. Primero al Mercado Central. Los he visto mejores y peores, pero en todo caso auténtico y bullicioso. Colores y olores… ”¿Que va a llevar amorcito? Pregunte”… “¿Qué le ofrecemos padrecito?”… Y después remato el día en El Malecón, un parque pequeñín pero bonito y con magníficas vistas a la laguna de Masaya.
Es Fin de Año. A mí la vida, por lo menos en su segunda parte, me ha dado ausencias, compañías y circunstancias que me suponen mucha más vela que ancla y, por eso, en los últimos 10 años muy poquitos días de Navidad, cumpleaños o Fin de Año los he pasado en casa. Para alguno eso puede se extraño, incluso triste. Para mí no. No siento el menor apego por ese tipo de “festividades”. Hoy, a las 11 de la noche estoy durmiendo. Claro que en España ya son las 6 de la mañana…”¿Y las uvas?”, me preguntarás. ¿Què uvas?, te contestarè.
Hoy, ya día 1 y festivo, toca Catarina y la Laguna de Apoyo. Catarina es un pueblecito a 12 kilómetros de Masaya donde me dicen celebran una fiesta popular. A mí, lo que me interesa es lo que desde el pueblo, en el Mirador, ya se ve en todo su esplendor: la Laguna de Apoyo, en el cráter de un Volcán.
Desde ese Mirador hay unas estupendas vistas a la laguna y al volcán Mombacho, pero mucho turismo nacional. Yo lo que busco es un sendero para bajar hasta la orilla. Y lo encuentro, es el Bajadero El Caballito, más que un sendero, un torrente seco, en caída picada, que resulta de lo más impresionante. No son más de 7 y 8 kilómetros de ida y vuelta, pero son más de 2 horas de un desnivel de 500 metros pabajo y lo mismo parriba. Aquí de turistas y domingueros ni uno, y sólo coincido, en todo el trayecto, con una docena de autóctonos.
A mitad del sendero te encuentras de morros con varios “petroglifos”, unas figuras humanas y de animales esculpidas en rocas y forradas de musgo. Una chulada. Con una banda sonora de gritos de monos aulladores, que no veo pero oigo perfectamente, y rodeado de vegetación selvática, la sensación de aventura y espiritualidad es apasionante.
Ya de vuelta, muy, pero que muy cansado, veo un ratito de la mascarada que celebran en el pueblo, me zampo hambriento un plato con pollo y los típicos frijoles, plátano frito y arroz, y bus de vuelta a Masaya. Allí me cae una de esas tormentas tropicales de Dios es Cristo. La capa de lluvia me salva de un ultra lavado rápido completo y, llegado al hotel, una ducha y una coca cola me dejan, no como nuevo, pero con la dignidad recuperada.
Ya en la habitación, el sonido de la lluvia en el tejado es reconfortante. El esfuerzo ha sido considerable y estoy descuajeringado. Me hago… mayor. Mis músculos y junturas, o lo que queda de ellos, me insultan de forma exagerada y me llaman de todo. Con lo bien educadito que soy yo jamás hubiera dicho que ellos fueran tan barriobajeros y obscenos. Si supieran que mañana los llevo al volcán Masaya…
Diez horas de descanso y los gritos de mi cuerpo se han calmado convirtiéndose en simples gemidos lastimeros.
El volcán Masaya, o Popogatepe, que significa «montaña que arde», tuvo sus ultimas erupciones en 1772 y 1820. Tiene 5 cráteres, uno de ellos, hasta hace poco, humeante y con lava. En marzo de este año, ese cráter, el Santiago, quedó obstruido por derrumbes por lo que ya no sale humo, se va acumulando presión peligrosamente y, por ello, ahora está prohibido subir. Cualquier día pega un petardazo. Me confomo pues con hacer el Comalito, un cerro más pequeñín, desde donde se ve a lo lejos la laguna Masaya, el volcán principal y, al fondo, la ciudad de Granada.
El Masaya ha estado muy ligado a las creencias populares, y parece ser que los indígenas creían que allí habitaba una deidad que les aconsejaba de misteriosas formas por lo que, en su honor, sacrificaban doncellas y niños. Una gracia. Los misioneros españoles lo consideraron «la puerta del infierno», colocando una gran cruz en su cumbre para impedir la salida del diablo. Otros que tal.
Suficiente ya de Masaya, vamos hacia el Norte.















































