Santiago de los Caballeros de León, o León a secas, para los amigos, fue fundada en 1524 por Francisco Hernández de Córdoba, y es una ciudad universitaria de tamaño medio con un montón de iglesias chulas y mucha vida. También tiene una larga tradición revolucionaria y por todos lados encuentras formas de honrar la memoria de los estudiantes que, en 1959, se levantaron contra el régimen dictatorial de Somoza.
Para mí no hay nada en León que no se pueda ver en una jornada de 6 horas, aunque esas horas dan de sí y, además de un interesante callejeo, me encuentro una señora que, sin comerlo ni beberlo, me recita un larguisimo poema de Rubén Dario, y un señor me explica sus experiencias en combate, que son muchas…. No se por què, pero a mí esas cosas me pasan.
Sí que hay cerca de aquí algunos volcanes y, en uno de ellos, el Cerro negro, aprovechando que está formado por cenizas y arena negra, se ha puesto de moda hacer una actividad que se llama “volcano boarding”. Se trata de bajarlo deslizándote por la arena montado en una tabla, de pie o echado. ¿Que quieres que te diga? Aunque es cierto que para descender de la cima del volcán Lanín en Argentina, hace 10 años teníamos unos artilugios de plástico para bajar por la nieve sin quemarte el trasero, ahora los operadores turísticos se inventan cosas para darle glamour viajero y deportivo al tema… Paso. Personalmente nada de jueguecitos con las montañas. Subir y bajar con lo puesto, y punto.
Sigo hacia el Norte. Parece ser que el viaje que me espera mañana, hasta Jinotega, tiene su guasa porque tengo que pillar 3 buses distintos. Vamos a ver.
No sé si ya he dicho que Nicaragua es un país muy barato para viajar. Por 4€ se come estupendo, y en el mercado por menos, una cocacola vale 50 céntimos, una lata grande de cerveza no llega a 1’5 euros, un autobús de Managua a León, unos 100 kilómetros, menos de 2 euros, una cama para dormir sale entre 10 y 15 euritos…Total, salvo por el avión, lo dicho: este es un viaje bueno, bonito y barato.
Efectivamente el viaje hacia el norte de Nicaragua tiene su problemática. Salgo del hostal poco después de las 9 h y, tres viajes autobuseros después, primero a San Isidro, luego a Matagalpa y, por último, a Jinotega, llego a esa ciudad, situada en un valle rodeado de verdes montañas, a las 16 horas con el culo cuadrado. Los autobuses en Nicaragua son antiguos e incómodos, reciclados del transporte escolar americano. Unos venerables ancianos bien cuidados.
Aquí ya estoy a 1.000 metros sobre el nivel del mar y el calor sofocante de León deja paso a unos benignos y casi frescos 18 o 20 grados. La ciudad se parece a todas las nicaragüenses.
En la zona de Jinotega y Matagalpa parece que estamos en territorios donde la cèlebre “Contra”, otro capítulo de la “hazañas bèlicas” de este país, operaba habitualmente. Los que ya tenemos unos añitos oímos hablar mucho del tema en su dia.
Los Contras, abreviatura de contrarrevolucionarios, eran los grupos de insurgentes financiados por Estados Unidos que intentaron acabar en la década de los 80 con el gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional que gobernó Nicaragua tras el derrocamiento de la dictadura de Somoza, y a los que se les atribuye un gran número de violaciones de los derechos humanos. Una guerra civil en toda regla que duro más de 10 años. Intentaron azuzar el descontento popular contra el gobierno sandinista saboteando la economía y los programas sociales. Se atacaron escuelas y centros sanitarios, se destruyeron cultivos y se quemaron fábricas, se llevaron a cabo torturas, asesinatos de civiles, funcionarios, jueces y mèdicos de zonas rurales, saqueos, destrucción de cosechas e infraestructuras civiles, violaciones y todo tipo de lindezas. Unos terroristas de tomo y lomo.
La participación de Estados Unidos como impulsor, armador y financiador de la “Contra” a través de la CIA, durante la presidencia de Reagan, fue reconocida por la Corte Internacional de Justicia que le dió a los yankies un buen revolcón judicial.
Me dicen que la Peña de la Cruz es la cumbre más impresionante del lado oeste de Jinotega, 1.300 metros. Subo por las tropecientas escaleras que hay al efecto y la bajo por un sendero para todoterrenos y caballería. Vistas preciosas a la ciudad y el lago de Apanás. Dos horas y media de excursión. Por la tarde noche me da un poco de pasmo de agotamiento. Los días de viaje y quizás un poco de mal de altura me ponen la cabeza del revès pero nada que no puedan arreglar 10 horas de sueño profundo.
Y al día siguiente, ya arreglado el desarreglo, me desayuno un zumo de naranja, un par de huevos con jamón, un delicioso café y a por ello: sector este. Aquí no hay escaleras. Es una travesía chula, pura y dura de 4 horas y media que empiezo en el Barrio Carlos Rizo, subiendo al cerro Las Trincheras por un senderito que ni existe en los mapas. Noto que rompo con la cara telarañas así que hace tiempo que por aquí no anda nadie y no me extraña. Es estrecho y resbaladizo. Después, arriba, el camino mejora, las vistas son imponentes, hasta vislumbrar otra vez el Apanás, y atravieso fincas de cafetales por una buena carretera de 4×4, pero en un sube y baja de nivel exigente. Al final de la travesía, bajo por el cerro El Aventino, paso también el cerro Los Papales y llegó al Barrio San Cristóbal con el placer del deber cumplido y un hambre de lobo. Prácticamente he recorrido la mitad de la cordillera que por oriente rodea Jinotega.
Naturalmente, por la tarde me doy fiesta. Lavado general para mañana salir hacia Matagalpa, última parada en el Norte. Seguimos.















































