Un par de buses y me planto en el puerto de San Jorge, al lado de Ribas. Cada hora salen los ferrys a Moyogalpa, en la isla Ometepe, «Dos montañas” en lengua náhuatl. La isla, dentro del lago Cocibolca, ha estado habitada al menos desde el 1500 a. C. como consecuencia de un movimiento migratorio originado en la zona de lo que hoy es Mexico y, durante el periodo colonial, fue utilizada como refugio de piratas provenientes del Caribe que llevaban a cabo saqueos a los poblados nativos y a la vecina Granada.
Pues aquí estoy, y en este caso no es que un volcán esté presente y te vigile desde una distancia prudente. Moyogalpa está justo a los pies del gigante Concepción y muy cerca del Maderas. Está es la isla volcánica más grande de las situadas en el interior de un lago de agua dulce, pero son apenas 275 km² ocupados, en buena parte, por los conos de los dos volcanes. El Maderas, de 1.394 metros, 200 metros menos alto que el Concepción, es el que he decidido subir. ¿Porque este y no el otro? Pues porque es menos turístico que el Concepción por ser éste un volcán que todavía se considera activo, y porque al ladito del Maderas he encontrado a buen precio un hotel aislado de todo, con pisciniki, que creo me va a gustar.
A medida que el ferry se va acercando, los dos volcanes, Concepción y Maderas, impresionan intensamente y la sensación de aventura crece exponencialmente. La noche de llegada sí la paso en Moyogalpa, pero por la mañana temprano ya me voy a mi objetivo final en la isla.
Ya estoy en Mérida, una aldea en la falda del volcán Maderas. Mi hostal, a 2 kilómetros de nada, es una delicia y la piscina, con vistas al lago y al volcán Concepción, la guinda del pastel. Una de esas perlas que hace un viaje especial. Acabo el día con una vuelta por los alrededores y un atardecer de cine…
Es curiosísimo pero antes de iniciar un viaje o una travesía fuerte, por mucha ilusión que me haga, mi mente siempre intenta en cierta manera boicotearme enviando mensajes negativos: “Con lo bien que estás aquí para que te vas a liar”, “Llevas mucho trote de viaje y estás cansado”, «¿Te das cuenta de que ya no eres un chaval?”, “Con la cantidad de volcanes que has subido en tu vida que va a tener éste de diferente?”… Es normal, eso pasa mucho. Tú mente, tu cuerpo y el resultante, que eres tú, son mucha gente para vivir juntos constantemente y hay roces. Yo personalmente, en estos casos, ni contesto. Paso olímpicamente. Trato a mi mente como alguien ajeno a mi, porque en cierta manera lo es. Se mueve por otros parámetros que yo. Ni entrar a discutir. Que hable sola. Escucho incluso mucho más a mí cuerpo que a mí mente. El uno es más simple, la otra es más retorcida. Yo, a estas alturas del partido creo que ya sé lo que quiero y/o lo que debo y/o lo que puedo hacer. Y punto.
Y lo que quiero hacer ahora es subir a la cima del Maderas, declarado desde el 2.013 Reserva de la Biosfera.
Salgo a las, 7.30. Mi guia se llama Yuriel. Buen chaval, nos llevaremos bien.
Está noche he tenido descomposición de estomago y no puedo desayunar nada. No es buen comienzo. El Maderas se despierta escondido bajo nubes espesas. Una hora de caminos por cultivos en terrenos ganados al bosque, especialmente café, frijol y arroz, aunque también veo alguna fruta. Hace un considerable bochorno. Yuriel me saca del camino para ver unos petroglifos, estos si antiquísimos.
Hasta los 700 metros es un sendero que va subiendo por el bosque húmedo sin más problemas, aunque se ha levantado viento y ahora hace frío, pero de ahí hasta los 1.000 metros la cosa se va empinando considerablemente. No tardo en darme cuenta que no es nada comparado con los últimos 300 metros en que, en algún momento, ya es casi escalada agarrandote donde puedes. Los últimos 100 metros son salvajes y peligrosos y, muy cansado, sufro trepando y gateando.
Cima. Naturalmente me quedo sin fotos de la laguna que hay en el cráter del volcán. No se ve nada más allá de 50 metros.
Lo mismo de bajada, y llueve para empeorar las cosas. Entre que estoy trekeando por pura selva fangosa y que tengo todos los músculos del cuerpo totalmente tiesos, el riesgo de lesion es importante. Me esfuerzo en mantener la tensión. Llegó al hostal derrengado 10 horas después de salir. No he comido nada en todo el día. Agua y Coca Cola. No recuerdo la ultima vez que estuve tan cansado. A ver si mañana me puedo mover porque, hoy por hoy, me da la impresión que he abusado de mi cuerpo por encima de sus posibilidades y estoy en estado de ruina. Este volcán es pequeño pero cabrón…¿O era matón?
Ha sido una ascensión impresionante en todos los sentidos. La sensación de esfuerzo hasta el límite, la selva con monos aulladores incluidos, la dureza del clima… Muy auténtico. Me quedo dormido pensando en como ir a la ducha sin que me dé un patatús.
Pues me despierto con algunas agujetas y más firmes que un soldado alemán desfilando al paso de la oca, pero las piernas me sostienen y puedo caminar. Despacito. Quizás lo que tengo más perjudicado son las lumbares, y lo que menos…las cejas. Será un día tranquilísimo, solo con un paseíto hasta la playa para comer un pescado que me sienta como Agua del Carmen.
No hay tiempo para más. Me resulta extraño que en un sitio tan especial haya tan poco turismo. Apenas se ven extranjeros y hay lugares que no le llegan a la suela de los zapatos absolutamente atestados. Dicen que la temporada alta es julio y agosto y diciembre, pero que tampoco hay masificación. Lo del turismo es un tema curioso. Puro marketing, me temo, aunque aquí las cosas son muy naturales y lo que no te vas a encontrar son hoteles de 5 estrellas, ni tampoco de 4 ni de 3 en realidad, ni restaurantes elegantes, ni tiendas de moda, ni buenas infraestructuras de ningún tipo. Sólo montañas imponentes, bosques casi vírgenes, aguas limpias, atardeceres esplendorosos y “cositas” asi. Desde luego a ellos, los autóctonos, no se les ve en absoluto preocupados con su feliz vida isleña.
Último atardecer y mañana vuelta a Diriamba.















































