Parece ser que mi abuelo por parte de madre, Antonio Benet, al que llamábamos “Tito”, viajó hacia los años 30 a Panamá para hacer fortuna.
No sé exactamente porqué, pero la historia de aquello no se hablaba en casa y nunca he sabido cosas concretas más que un dato por aquí y una anécdota por allá. Creo que el Tito montó una especie de taberna para marines americanos en el Canal. Dicen, quizás, para marines y señoras… de mejor o peor vida. En aquellas fechas un tema así tenía su peligro, y se cuenta que el abuelo guardaba un pistolón detrás de la barra del bar “para mantener el orden”. Algo oscuro pasó allí y toda la familia volvió a España. Quizás algo respecto al abuelo y una de aquellas señoras, pero no sé…
También se dice que el Tito algún dinero hizo y, al llegar, lo depositó en el Banco de Barcelona que, muy poco después, quebró. También, parece ser con la ayuda de aquel pistolón, mi abuelo “convenció” al Director para que le devolviera su dinero y montó una papelería en Barcelona, cerca de Puerta del Ángel, donde yo pasé buena parte de mi infancia entre olor a papel impreso, lápices y gomas Milán. Podría ser que de ahí venga mi gusto por escribir.
Yo quería mucho a mi abuelo, y mi madre siempre dijo que me parecía mucho a él. Sobre todo lo decía cuando se enfadaba conmigo o le daba algún disgusto, lo cual, por otro lado, era bastante habitual.
No sé más.
Llego a Almirante después de un largo viaje en autobús nocturno. Diez horas. De ahí una lancha que te lleva a Bocas Town.
La verdad es que yo ya no estoy para esos trotes, lo reconozco sin problemas. Los años pesan y, aunque los autobuses nocturnos tienen sus ventajas, son un verdadero coñazo. Siempre, o casi siempre, te encuentras tres tipos de elementos, o similares, o concordantes: el niño/a que se pasa el viaje berreando, el/la plasta que sostiene una larguísima conversación telefónica a gritos con quien va a ver en unas horas o con quien se acaba de despedir, y el que se ha constipado y tose y estornuda sin parar, repartiendo generosamente sus virus por todo el autocar. Si a eso le añades que dormir sentado te descuadra el cuerpo, y lo rematas con dos viajecitos en lancha por el mar bravío, obtienes un descuajaringue general, de notable alto a sobresaliente, que ilusionaría hasta a tu más exigente enemigo. Hoy dormiré plano.
Bocas Town es donde está “la acción”: hoteles de todo tipo, actividades a tope, todas las clases de comida que te puedan apetecer, tiendas y, naturalmente, juerga nocturna. No me interesa nada de eso, así que pillo otra lancha hasta Isla Bastimentos.
Isla Bastimentos dicen que es de lo mejorcito de Bocas de Toro, por lo menos para los que huimos de aglomeraciones, fiestas y turistadas. Poco más de 60 km de isla caribeña, la mayor parte Parque Nacional junto con los cayos Zapatillas, las aguas y los manglares que la rodean. Yo me quedo en Old Bank, un pequeño pueblecito de una sola calle entre viviendas, chozas o cabañas de lo más básico, que se extiende mínimamente hacia arriba del cerro. Lo de «calle» es mucho decir. Aquí no puede circular ni una motocicleta. En realidad ni bicicletas se ven.
Creo que no lo había dicho todavía pero en Panamá hay muchísima población con origen en China. Es decir, chinos. Pero aquí no. Aquí en Bastimentos también haberlos haylos, y desde luego son los propietarios de los dos colmados del pueblo, pero la mayoría de la gente de esta isla son de origen afroantillano y hablan una especie de dialecto criollo que llaman Guari-Guari, algo de inglés con acento criollo mil leches mezclado con español, francés y lenguas indígenas. No sé si yo lo llamaría “idioma” porque no sé si siquiera tiene normas y un vocabulario muy estricto y establecido. Desde luego es ininteligible. Eso sí, cuando quieren, hablan tanto inglés como español.
La Isla Bastimentos es lo que se suele denominar como “un paraíso”. Playas, palmeras, delfines, exotismo, cervezas, cocktails y zumos de fruta, música reggae y…¿sol?. Pues eso, aquí y ahora, falla. Llueve en el paraíso. Pero no un poco, no, llueve a trompadas. Eso produce una de las situaciones que más molesta a un turista y que más gusta a un viajero: días de calma y tranquilidad, escribiendo y cocinando (hoy tocan macarrones), en un lugar a cobijo, viendo y sintiendo la tormenta de fuera y disfrutando como un enano de los sonidos y olores del mar y la lluvia. Una gozada. Yo lo único que le pido a un viaje, y a la vida, es salud. Todo lo demás para mi está entre “me gusta” y “me encanta”.
Último día ya por aquí. Parece que la lluvia da una tregua y hago el sendero que une Old Bank con Wizard Beach. Hora y media para ir y volver más otra media para caminar por la playa. Chulo, sin más. Para estirar las piernas. Y el tiempo sigue sin acompañar. Me dicen en el Centro Aeroportuario que hay una alerta nacional en toda la zona del Caribe por vientos y lluvias tormentosas. Pues vale.
Compra de provisiones y pa la casa. Hoy hago unos escalopines de pollo para acompañar los macarrones que sobraron ayer. Rebueno.
No hay más. Lancha y de vuelta para Bocas, de ahí hasta Almirante y bus a David. Próximo destino: Boquete.











































