Hay muchos mundos en el Mundo. Nuestro planeta tiene, en todos sus rincones, un solo sol y una sola luna, pero tantísima diversidad de realidades que parece difícil encontrar, ante la de una persona, en un lugar y momento determinado, un punto de vista adecuado para opinar sin haber conocido, mínimamente, una buena parte de todo lo que nos rodea, por lo menos, a 10.000 kilómetros a la redonda. Si no viajas te puede pasar lo que a una mosca que vive en una iglesia. Ella está totalmente convencida de que la iglesia es el universo.
De todas formas, se me ocurre que viajar también produce lo contrario por qué, cuanto más viajas y conoces, más miedo da el opinar. Al fin y al cabo, somos muy poquita cosa, apenas simios relativamente evolucionados.
Boquete no sorprende. Un pueblo rodeado de montañas, muy “civilizado”, base de muchas excursiones, especialmente a la cima del volcán Barú, de 3.500 metros, la montaña más alta de Panamá. Yo éste no lo haré. Aunque parece que hay una ruta fácil y menos salvaje, para hacer este tipo de cimas has de llevar un entrenamiento adecuado. Yo he hecho muchos y sé lo duros que son. Pero hay otros senderos chulos por aquí.
El primero no tiene nombre y me lleva a la falda del volcán. A escasas 10 horas de la cima. Es un sendero entre enormes fincas cafeteras, sin grandes alardes, pero son 15 kilómetros, 4 horas, y subes desde los 1.000 a los 1.500 metros s.n.m. y vuelta a bajar, así que no es un paseo. La bajada no es chula. Parece ser que la gente ha decidido hacerse por aquí casas con buenas vistas y han asfaltado lo que no debían.
Suele pasar. Por cierto que al volcán Barú también se puede subir en 4×4. Salen como a las 3 a.m. y, por cuatro duros, dejan al turista rico en la cima, le dan un chocolate caliente mientras ve amanecer el día con vistas, y otra vez para abajo. En 6 o 7 horas han disfrutado de “una experiencia increíble” que podrán explicar con excitación a vecinos, amigos y parientes al volver a casa
Naturalmente el relato de tamaña aventura irá bien acompañado del correspondiente reportaje fotográfico y, quizás, incluso un breve vídeo «impactante». ¡Madre de Dios y del Amor Hermoso! Para mí todo lo que se puede subir en coche ya no es montaña y, si tienes piernas, subir así a un volcán es, simplemente, una tontería y/o una vergüenza. No me sirve ninguna razón, justificación, razón ni excusa. Es mi opinión. ¿Qué soy radical? ¡Anda! No me había dado cuenta.
¡Ah! Resulta que hoy han cerrado el Barú por desprendimientos….
Otro sendero: Pipeline trail. No está mal, para casi todos los públicos, unos 8 kilómetros, dos horas y media, también dentro del Parque Nacional Volcán Barú. Pillas en Boquete el colectivo que te lleva a la salida del camino, a unos 1.600 metros, y subes hasta casi los 2.000. Pasas, a través del bosque nuboso, por un magnífico olmo, un venerable anciano de unos 1.000 años y se complica un pelín en los últimos 100 metros para llegar por un torrente hasta una preciosa cascada, la Hidden Waterfall (Cascada Escondida). Se supone que este es uno de los mejores lugares para ver quetzales, monos aulladores y perezosos. Ni rastro, pero no está mal. Nada mal.
Llegó de vuelta a Boquete hambriento y compro comida china. Arroz y carne con verduras. Demasiado. Desde luego, la comida no se tira y llevo siempre un táper en la mochila. Es mi error así que guardo lo que sobra y ya tengo la comida de mañana. Lo que tú te puedes permitir no significa que el Mundo se lo puede permitir. Sobre todo si lo multiplicas por los casi 8.000 millones de personas que compartimos este planeta. Si todos hacemos lo que nos pasa por los reproductores, “esto” reventará más pronto que tarde.
Hay otro sendero que parece guapo. Le llaman Las Cascadas Perdidas y son otras 2 o 3 horitas, pero va a ser que no porque el día amanece con lluvia a tope. Resignación.Toca un día tranquilo de limpieza y recuperación.
Hoy si, hoy, teniendo en cuenta la logística de los buses que te lleva al inicio del sendero y la previsión meteoreológica, da tiempo para llegar hasta la segunda cascada y vuelta. La tercera ya sería arriesgarse a tomar una ducha tormentosa y no estoy yo para riesgos.
Miento. Como siempre. Es curioso pero siempre hago lo mismo. Me engaño. Tengo buena voluntad, pero en lo de no arriesgar soy malo. Pues eso, que una vez allí, fantástico sendero en bosque húmedo, y vistas la primera y la segunda cascadas me digo: “Voy bien de tiempo. Un poquito más”. Y un poquito, y otro poquito, y otro poquito más, llego a la tercera catarata. Este último tramo tiene “guasa”. Muy vertical, con piedras de mal agarre y ayudado con cuerdas fijas. Total han sido 8 kilómetros de ida y vuelta, 400 metros de desnivel para arriba y 400 para abajo, y 2 horas de magnífico trekking selvático. El sendero no es del todo natural, pero está reforzado con criterio, sin turistadas. Muy agradable.
Ya en la carretera, esperando el bus de vuelta a Boquete, me encuentro con un personaje. Se llama Miguel y vive por aqui. Ha salido a buscar algo de leña para hacer «candela» y cocinar. Es muy viejo, casi ciego, claramente indígena. Explica que no tiene nada más que lo puesto y vive solo. Tiene ganas de hablar. Habla sobre todo de Dios. Otro mundo.
Por la tarde llueve a rabiar. Si me llega a pillar arriba…
Y con esto y un bizcocho, se acabó Boquete. Ahora voy hacia Santa Catalina, otra vez la playa. A ver si hay suerte con el tiempo.














































