A estas alturas no estoy para todo un día de carretera en 4 autobuses distintos para llegar a Santa Catalina, y tampoco hay ninguna prisa, así que parto el viaje completo por el medio, Boquete-David-Santiago, y hago noche en esta última.
Santiago de Veraguas es como todas las ciudades panameñas. Sin historia. Tanto es así que me sorprendo cuando la recepcionista del hotel me dice que cualquier información que necesite para visitar la ciudad está a mi disposición. Naturalmente le contesto que encantado, que me diga donde tengo que ir y, muy seria y profesional, me suelta: “Pues mire, lo más bonito aquí, y está a 5 minutos, es el Boulevard Santiago, el mejor Centro Comercial de la ciudad. Hay de todo”. Estupendo.
A por la segunda parte del viaje: Santiago-Soná-Santa Catalina. Ya es hora de comer y la elección de restaurantes es mi especialidad. En la calle principal, llegando a la playa pongo el ojo y ¡PUM!. Cae un combinado de pescado y camarones fritos, arroz con coco y frijoles y una cerveza helada. Me empiezo a enamorar de Santa Catalina.
Para bajar todo eso voy a conocer la segunda playa, El Estero. Es lo que es, una típica playa de surfistas de las que hay que hacer 10 millas mar adentro para que te llegue el agua a las rodillas. Bonita sin exageraciones.
Lo dicho, Santa Catalina es un un típico pueblo surfero, pero tiene una situación que le multiplica exponencialmente el atractivo: es la base de salida hacia la isla de Coiba y compañía, “las Galápagos panameñas”. Toca excursión en barco.
El Parque Nacional Coiba, declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO , se compone de 38 islas, con Isla Coiba, la más grande de Centroamérica, como centro neurálgico. Dicen que el hecho de que fuera una prisión durante casi 100 años supuso un aislamiento que fuè su mayor protección. A unas 30 millas de Santa Catalina, para ir a Coiba no hay más remedio que apuntarte a un “tour”. No hay más, porque no existe ni la posibilidad de pernoctar allí una noche. En realidad, está prohibido hasta matar un mosquito. Y a mí me parece estupendo porque realmente es un lugar espectacular.
Puedes, eso sí, hacer snorkel en las áreas marcadas, y creo que también bucear en alguna pequeña zona, ambas cosas siempre con un guía, y doy fe que la vida bajo el agua es un alucine: peces de todos los colores, montones de tortugas, tiburones de punta blanca de metro y medio, corales de todas las formas, delfines juguetones saltando al lado de la lancha…. El mar, la mar, que cosa más maravillosa. Y en tierra y aire, a mí me impresiona menos, pero aquí también hay una chulada de bosques, manglares, montones de aves, iguanas… Imperdible.
Pues eso, por muchos años. Es muy difícil en nuestro mundo actual mantener una biodiversidad de este calado sin reglamentaciones severísimas. Y estoy seguro que a los habitantes de Santa Catalina, a Panamá y a todos nosotros nos sale a cuenta.
Y que conste que soy consciente de que he dicho, unos párrafos más arriba que me he comido una estupenda «picada» de camarones y pescadito que me ha sentado estupendo. No me quieras pillar por la churraca. Yo eso lo hago muy, pero que muy de vez en cuando, como capricho y con una moderación estricta. Como pescado una o dos veces a la semana con extremo cuidado de no pasarme ni en cantidad ni en calidad y/o procedencua, y lo mismo o menos de carne roja. Y, en realidad, idem de idem con los huevos, la pasta, las legumbres, etc, etc. Me niego a pensar que solo los vegetarianos o veganos son respetuosos con el medio ambiente y las otras especies con las que compartimos planeta, pero si considero que la variedad, consciencia y moderación deben ser reglas de una alimentación sana y respetuosa con uno mismo, con los valores del siglo XXI y con el planeta. En todo caso, me encantan los garbanzos.
A pesar de que no ha sido un día de sol radiante, y aunque me he puesto protección en las partes del cuerpo a las que me llego, me he quemado la espalda a lo bestia. Ahora podría perfectamente ser el fruto de los amores prohibidos entre una gamba y un turista inglés. Y el rojo chillón no me favorece nada, nada. A dormir.
Me está matando el lumbago. Lo llevo arrastrando con más o menos intensidad desde hace meses y los autobuses, lanchas y mochilas parece ser que le han cabreado. Y en vez de, simplemente, decírmelo para que lo comentemos con tranquilidad, el tal Lumbago se lo ha tomado a la brava y, como quien dice, no me deja levantarme en todo el día de la cama. Aunque haga broma, preocupa, la verdad. Espero que con este último día en Santa Catalina, de descanso absoluto, me rehaga un poco. Y para no forzar el tema, partiré otra vez en dos el viaje a Villa de los Santos, mi próximo destino. Vuelvo a Santiago en una primera etapa, descanso allí, y al día siguiente haré el resto del trayecto.
En Santiago ya es la segunda vez que, como parada entre destinos, me alojó en uno de esos moteles con gasolinera, supermercado y restaurante, abiertos 24 horas, que encuentras en todos los países del Mundo. Es donde paran todos los autobuses y camiones en viaje largo, mucho neón y mucho tráfico de gente en tránsito. A mí me gustan. Tienen un «no sè què» viajero que me resulta muy especial.

































