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El Cau. Manuel Carlos de Esteve Sabater.

Con la publicación, en fase «Remembering», del post «Filipinas (4) “La Cordillera” (2ª parte) El Monte Pulag. Bahala na», Manuel Carlos de Esteve Sabater comentaba:

«En Filipinas también hay montañas altísimas…detalles que no me explicaron…ni en la Uni….claro yo era más de Historia. Pero el título es de «Geografía e Historia». Siempre quedan infinidad de vacíos intelectuales!!!»

«Pues encantado de colaborar amigo mío. Muy honrado. Desde luego todo este Mundo maravilloso no cabe en intelecto alguno», le contesté, pero el comentario tiene mucho mas jugo…

Cuanto más viajo más me acerco a aquello de «solo sé que no sé nada» . En realidad todos ignoramos mucho de todo y yo, desde luego, tengo todas las ignorancias. Incluso descubro a menudo que hay cosas de mi que ignoro. Y mira que paso horas conmigo desde hace años y años. 

Creo que, acabados los estudios, debería existir un postgrado de 6 meses o 1 año viajero que subiera nota. En algunos países eso es una tradición entre los jóvenes. Quizás incluso habría que exigir «recordatorios» cada 5 ó 10 años ¿Una especie de servicio social? En todo caso, hay que salir de la «zona de confort». Que corra el aire ¿no? 

Las plantas, en maceta pequeña, llega un momento en que ya no crecen. 




Entre paréntesis. Un agosto en la ciudad.

«El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo”.

-Así habló Zaratrusta, Friedrich Nietzsche.

Veo a todo el mundo muy metido en si mismo, opinando y sabiendo de todos los temas habidos y por haber y convencidos de su verdad. Las palabras mas utilizadas ahora no son «si» y «no», son «claro» y «pero» y nadie se entiende con nadie fuera de su circulo más íntimo. Y ni eso.

En cambio, la gente se mueve en manada y a un mismo son. En agosto, son vacaciones, se escuchan los tambores de salida y comienza la diáspora. Yo, para variar, a contracorriente.

La brisa marina está sobrevalorada y a más de 10 metros del mar ya es una leyenda, y el aire de la montaña se enrarece por estas épocas con el polvo que levantan las estampidas humanas así que, para mi, lo lógico es ir a pasar el agosto a la ciudad, ahora una especie de Parque de Walt Disney minutos después de sonar una alarma antiaérea. 

Aquí, ahora, los semáforos son poco más que lucecitas decorativas, restaurantes vacíos y encantados de conocerte, periódicos y telediarios sin noticias que tergiversar, museos muertos de soledad para visitar con el silencio compañero, calles, terrazas como oasis remotos y abandonados, plazas y avenidas, libres incluso de patinetes y demás artilugios asesinos que invitan a pasearlas con calma…

La prisa ha huido, el ruido retumba por su ausencia, el stress ha dimitido, el tráfico no da señales de vida, los pájaros cantan y las nubes tienen permiso indefinido, 

Los 4 turistas extranjeros que hay por aquí están encantados de la vida, y yo no te digo. El Paraíso. 

Y es que en el Paraíso es cierto que hay bellezas naturales e incluso artificiales por un tubo, pero lo básico y esencial es que se trata de un privilegio por lo que, tradicional y textualmente, sólo lo disfrutan Adan, Eva y la serpiente. Si en ese Paraíso se hace una buena estrategia de marketing y se le da una buena cobertura mediática, se convierte en un infierno masificado donde, te quieras enterar o no, hay muchas más desventajas que ventajas. Sí, sí, lo admito: en cualquier paraíso yo soy siempre la serpiente. 

Parece un fenómeno extraño que la gente se mueva en masa. O por lo menos a mi me lo parece y me pregunto el por qué de esa obvia e indiscutible tendencia sin la menor esperanza de acertar en la respuesta.

Dicen que es difícil conciliar trabajo, familia, vacaciones… Si Si (emperatriz). Ya Ya (abuela). Quizás. Es difícil saber diferenciar el argumento de la excusa y, desde luego, es mas fácil tirar anclas que izar velas. 

También quizás… ¿Soledad? ¿Miedo? No sé yo por qué ni a qué. 

No sé exactamente lo que es estar solo. Por mas «solo» que camino siempre estoy conmigo mismo y con un montón de pasado y presente o, lo que es lo mismo, no hay manera de separarme de mi. Y, personalmente, no me llevo mal conmigo. ¡Son ya muchos años juntos! No hay pasión pero sí comprensión y cariño. Me conozco suficientemente como para no tener conflictos internos y vivir a gusto de mis todos yo. 

Y miedo, pues que quieres que te diga… A mi me da miedo perder el tiempo en colas y relaciones vacías de contenido, en atracciones más artificiales que extraordinarias y en actividades pasivas de ocio que no aportan absolutamente nada bueno ni física ni psíquicamente.  

¿Quizás miedo al aburrimiento? Hace muchos años leí un articulo de Quim Monzó que sostenía que la actual crisis de verdaderas vocaciones entre la juventud derivaba de la manía de hacer que los niños, constantemente, estén ocupados en actividades extra escolares que llenen su ocio. Al tener todo su tiempo ocupado externamente, nada se mueve desde su interior. 

Y decía Pablo Picasso “Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando”. Yo deseo lo contrario: que la inspiración me pille con tiempo para desarrollarla y no viendo un partido de futbol, pegándome con otros 1.000 congéneres por un lugar en la playa o una mesa en un restaurante, o esperando turno para subir a un artilugio de feria más o menos excitante. La inspiración es hija de la calma y el silencio y amiga del aburrimiento. Si puedo elegir, que cualquier buena idea me encuentre sin distracciones ni obligaciones y, a poder ser, solo. Podría parecer que soy un solitario y, la verdad, creo que no sólo lo parece pero, desde luego, para pensar y crear, como supongo para rezar con devoción, mejor en silencio. 

A mi, el no estar dentro del pelotón, me ofrece una perspectiva de la carrera que me satisface. No digo ni mejor ni peor que otras, eso no me compete calificarlo a mi, pero me satisface y, por tanto, hoy por hoy, 15 de Agosto de un año de pandemia, quizás, solo quizás, mi hábitat ideal podría ser, simple y llanamente… un agosto en la ciudad




Colaboranews. Revista Latitud. «Máscaras del Mundo. Bellas y Bestias»

Los amigos de la revista argentina de viajes Latitud me pidieron que escribiera para ellos un artículo inédito. Lo titulé «Las máscaras del Mundo. Bellas y Bestias» y ya lo han publicado en su web y redes. Dicen que es chulo.

Aquí tenéis el enlace para leerlo:

REVISTA LATITUD: MÁSCARAS DEL MUNDO. BELLAS Y BESTIAS.  

 




EE. UU. (1) De Nueva York a Florida. Aprendizaje viajero.

Otra vez en diferido. 

Era, si no me equivoco, el verano del año 2.003, y en el 2.001 el Mundo había entrado en shock con los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York donde murieron centenares de bomberos y policías. Mi hijo tenía algo menos de 10 años y, desde los 4 años, quería ser bombero. El bombero tiene un aura de héroe, serlo es uno de los más comunes sueños de niñez y yo quería dar a Ramón un baño de realidad sobre los enormes riesgos de ese tipo de vida. Esa ha sido siempre mi obsesión: viajar con él para enseñarle la realidad del Mundo fuera de la zona de confort pero sin pasarme, buscando el equilibrio entre diversión y realismo, entre planificación e improvisación. Con mesura quizás… Pero ¿quien pone la medida de la mesura? 

Si pienso en qué trataba yo entonces de inculcar a mi hijo en nuestros viajes juntos o, lo que es lo mismo, que me ha enseñado a mi la vida viajera, es que tú pones tus límites pero que mesura no es confort ni es sufrimiento, es sencillez. La Naturaleza no es cruel, es generosa, y la gente no es esencialmente mala pero hay que mirarla a los ojos y estar atento porque hay muchas circunstancias que provocan maldad. La vida no es una película ni un juego de rol, es real. Hay que protegerse de la vida, como de todo, pero no anularla. El frío no es malo. Nos han engañado. El confort no es bueno. Pasa como con el hambre. La gente dice “tengo hambre” y lo único que tiene son ganas de comer. Si hace frío te vas a dormir antes y te despiertas cuando sale el sol. Si te pones calefacción ves la tele y te haces inútil y débil. El apego ata corto. El calor hay que dosificarlo para darlo a quien mas lo necesitan, niños y viejos. Somos, debemos ser, una manada. Los demás, los mas fuertes, que junten sus cuerpos. Hay que hacerse fuerte. No es una opción, es una obligación. No hay tiempo para llorar. No hay tiempo de quejarse. Hay que actuar. No hay que preocuparse tanto de morir. Hay que vivir y descubrir tu mesura…

O algo así. 

Ese viaje fue mi primer capítulo de Estados Unidos y, naturalmente, no conocimos ni muchísimo menos el país. Eso lo dejo para próximos capítulos que pienso escribir el año que viene, si la pandemia lo autoriza y la salud lo permite. Será la carretera 66, otro de mis sueños por cumplir. 

Pero esa primera aproximación sí dió para conocer 3 lugares paradigmáticos: Nueva York, San Francisco y Orlando. 

Nueva York fué puro asunto bomberil. Fuimos a la zona 0, estuvimos viendo varios parques y nos montamos, por primera y última vez en mi vida, en un bus turístico de esos de piso doble. «Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a suceder». No, en serio, con un niño de 9 años de la mano, pretender conocer Nueva York  en 4 o 5 días callejeando a pura pata es misión imposible. Es una ciudad de más de 800 km2 y 25 millones de habitantes con 5 distritos que son, cada uno de ellos, una metrópolis en sí mismos. La estatua de la Libertad, Times Square, Chinatown, Broadway, Little Italy, El Soho, la ONU, el puente de Brooklyn, el Empire State y el Chrysler, el Word Trade Center que hoy se ha convertido, tras los atentados, en la Zona 0…  una locura. Un perrito caliente por ahí, un ferry hasta Staten Island, El Museo del 11-S por allá, visitas obligadas a las tiendas de M&M’s y Disney y, sobre todo, parques y más parques de bomberos, cada uno de ellos con placas y recuerdos a sus caídos durante los nefastos atentados… Difícil acabarse New York ni en un mes.

Con Ramón convenientemente armado con una gorra del «San Francisco Fire Department» cambiamos de ciudad pero no de objetivo. San Francisco. Acojono a mi hijo diciéndole que hay que estar muy atento porque estamos en una peligrosa zona de terremotos y él sigue castigandome cual gota malaya con más y más solicitudes de experiencias bomberiles que aprovecho para itinerar callejeos que nos llevan a conocer la famosa bahía y el Golden Gate, el Pier 39. la plaza Unión, la Torre Coit, etc, etc. 

Ya le puedo llevar a la Luna, pero Ramón con lo que más alucina es con un recorrido por la ciudad con un trenecito de bomberos y las consabidas visitas a parques donde los bomberos, cariñosísimos, y enormes todos, visten al chaval, le montan en los vehículos explicándole batallitas que él sigue con los ojos como platos sin entender nada pero con su mejor cara de atención. Tenso momento cuando, en uno de aquellos parques, suena la alarma y me piden permiso para llevárselo con ellos. Me dicen que es aquí mismo y será un momentito sin problema alguno. Si digo que no mi hijo me dehereda así que, asiento nervioso y ya me ves corriendo detrás del camión. Tras muchos años de vicisitudes de todo tipo, he llegado a la conclusión de que, si alguien quiere una aventura intensa y complicada, que empiece viajando con sus hijos. En este caso, efectivamente se trató de un poco de humo, a saber por qué, en un piso a 3 manzanas del parque. Ramón en su salsa. 

Y momento de pánico cuando nos damos cuenta que Ramón se ha dejado la gorra en el WC del restaurante del que acabamos de salir hace 10 minutos. Volvemos corriendo y la recuperamos. Vuelve la sonrisa. Prueba superada. 

El fin de fiesta, la guinda del pastel: nos vamos a Orlando. La ciudad, como quien dice ni verla porque aquí de lo que se trata es de pegarse un palizón de visita a Disney World, todavía hoy el insuperable mejor Parque de Atracciones del Mundo mundial. Entre la cara de ilusión y la continua excitación del niño y la nostalgia de la niñez que a los adultos nos produce, es un viaje, poco viajero si quieres, pero imprescindible si tienes hijos y la menor posibilidad económica. Barato no es por el vuelo, pero vale más esa experiencia durante 3 días que todos los juguetes que puedas comprarle en 10 años. Y si a eso no se llega, pues siempre te quedará París. 

Eso fue todo. De New York a California y final en Florida. Mucho para 15 días y, con 50 estados en EE. UU. imagínate lo que queda. Por ahora, a esperar que se den las condiciones para hacer la carretera 66. Esa será otra historia. Continuará… 

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Marruecos (y 2) Sueños y pesadillas.

«Por más real que sea, cualquier realidad que vivimos hoy ha sido ayer una fantasía, sea sueño o pesadilla». Emmanuel Rivera Méndez. 

Sigo en modo diferido. En este caso, recuerdos de mis segundo y tercer viaje a Marruecos, dos y cuatro años después del primero, respectivamente. 

Del segundo viaje recuerdo una anécdota desagradable. No iba solo, fuí con una amiga, en teoría muy viajada pero…

Tras alquilar un coche en Marrakech tomamos la carretera hacia el Atlas con un coche alquilado. El paisaje era de lo más insulso y árido y mi compañera, supongo que de puro aburrimiento, bajó la ventanilla y empezó a hacer fotos de un acuartelamiento militar. No me dió tiempo a decirle nada. Ella, simplemente, sacó la máquina de fotografiar como John Wayne su pistola y empezó a disparar a todo quisqui. Inmediariamente le pegué el correspondiente grito pero, entre los primeros segundos que ya habían pasado y los que pasaron cuando, todavía con la máquina en ristre, me contestó el típico «¿¿¿Por qué???», ya se había liado parda. 

Un jeep cargado de militares salió del acuartelamiento a todo gas con la sirena ululando intimidatoriamente. Yo solté el típico «¡Me cago en diez!», ya más de fastidio que de cabreo. Y es que cualquier viajero sabe que, por estos mundos de Dios, nunca, nunca, debes fotografiar una caserna del ejército, una estación de policía, una aduana ni nada que huela a oficial. Lo dicho: ¡Me cago en diez!

Paro inmediatamente en el arcén y me preparo para aguantar estoícamente lo que pueda pasar a partir de ahí. El que parece el jefe de la patrulla nos hace bajar, empieza a gritarnos en árabe y, tras asegurarse de que no entendemos nada, sigue escupiéndonos palabras en un buen francés. El mensaje es obvio: está prohibido hacer fotos a instalaciones militares, nosotros somos, además de unos pardillos estúpidos, peligrosos espías, ellos nos han pillado in fraganti y tenemos que darle los pasaportes, la cámara y acompañarles a la caserna. Nos cachean, nos meten en el jeep y el coche queda abandonado en la cuneta. 

La cosa fué muy, muy tensa, pero no pasó a mayores. La incomodidad de 5 horas de esperas e interrogatorios alternativos, la pérdida de un carrete de fotos y poco más. Sí, no hace tantísimos años existían unas cosas que se llamaban «carretes de fotos». En esa época, como ahora, las relaciones España/Marruecos eran buenas y los marroquíes hacían buen acopio de divisas con el turismo español así que, supongo,  no nos aplicaron más que un ligero correctivo para saciar su chulería. Eso en países del África negra es más peligroso y puede resultar muy caro porque ahí hay más miseria y la miseria encabrona mucho. 

Por el contrario, de mi último viaje al vecino Marruecos no guardo más que buenos recuerdos ya que fuimos, con mi hijo Ramón, únicamente 3 días para la boda de mis amigos Fina y Josep Maria. Si, si, 3 días de boda bereber imparable, impagable e inolvidable. Al cabo de un año todavía hicimos una comida todos los invitados con una camiseta con su foto y bajo el lema «Yo sobreviví a la boda de Fina y Josep Maria». Una pasada. 

Comidas y cenas en campamentos, oasis y hoteles de ensueño en medio del desierto, excursiones en 4×4 por las dunas, juergas bajo las estrellas, amaneceres y atardeceres de película… Sin duda alguna la mejor fiesta de mi vida con el momento álgido de la aparición de los contrayentes en el comedor llevados en volandas dentro de sus tronas en unos palanquines enjaezados y acompañados de esos sonidos guturales bereberes que se meten en tus terminaciones nerviosas como los de frenazos preaccidentales. Ella, guapa del todo y más ya de por sí, vestida de novia bereber con la más radiante de las sonrisas era como una aparición idílica y ensoñadora. El, un ser de una serenidad y bonhomía atávica, feliz y en su salsa norteafricana curtida en mil carreras por el desierto y con la consciencia de la felicidad en su cara grabada con consistencia de para siempre jamás. Una imagen de momento y lugar únicos, privilegiados y legendarios. 

Compartí todo eso con un montón de gente rendida a la sucesión interminable de instantes valiosos pero, especialmente, con 2 personitas importantes. La una, mi hijo, Ramón, que por aquel entonces tenía como 8 añitos, con el que recuerdo un momento tremendo cuando nos alejamos solos de un campamento de haimas adentrándonos en el desierto unos metros para contemplar, juntos y en silencio, un cielo abarrotado de estrellas como el que ni había visto ni veré nunca más. La otra, Teresa, una amiga de las eternas en la vida, de las que siempre han estado y siempre estarán, perlas rarísimas que brillan en una existencia con el valor de lo esencial. 

En fin, una pasada de viaje, un abarrotamiento de instantes mágicos sin solución de continuidad, un no parar de vivir lo extraordinario y un hartón de caminar por el filo de una realidad fronteriza con el sueño. 

Y el resto de Marruecos, carreteras ganadas al desierto, cañones áridos como heridas en tierras ya muertas, palmerales de espejismo, mercados alucinantes, pueblos misérrimos, palacios con impresionantes lujos orientales, fantasmagóricos kasbahs, ksars amurallados, cabras trepadoras, camellos majestuosos, gente dura, playas ventosas y todo envuelto en puro ambiente de un Mundo muy diferente al ladito mismo del nosotros. 

Si, un viaje muy cerca y muy lejos. Me pregunto si volveré algún día…

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Marruecos (1) «La Place».

Casi siempre escribo en directo pero, a veces, lo hago en diferido recordando, y así volviendo a vivir, un viaje que hice antes de empezar este blog. Este es el caso de Marruecos, pero no es el relato de un viaje sino una especie de cocktail de los tres que hice a ese país hace… En su día, hace ya muchos, muchos días. 

De mi primer viaje a Marruecos lo que más recuerdo, con intensidad de un «ayer mismo», es el atardecer en que fui a conocer quizás la más famosa plaza del Mundo, la más exótica y la más viajera, «La Place»: Plaza de Yamah el Fna. Marrakech. 

La Place es una ilustración en carne viva de un mercado de Las Mil y Una Noches, un espectáculo de exotismo del Lejano Oriente con todas su autenticidad, su atractivo de experiencia única y sus miserias. 

Me alojó en un súper hotel. Tres estrellas con piscina guay con todo el lujo detallista oriental de bordados dorados, lámparas de cobre, tapices, sándalo y flores. 

Hasta La Place caminando es un agradable paseo con el único inconveniente del típico buscavidas que se pone a tu lado e intenta entablar conversación. «Hola, ¿No te acuerdas de mí? ¿Soy del hotel?». «No gracias, no quiero nada». Cambio de acera y se acaba el problema aunque, de esos elementos, aquí hay muchos y algunos días el callejeo puede resultar pesado. 

Ya en La Place: tullidos en el suelo pidiendo limosna y un tráfico endiablado en una rotonda sin carriles como una pista de autos de choque que buscan sobrevivir con la prescindible ayuda de un pobre policía subido a una marquesina que pita y voltea los brazos sin ton ni son como un muñeco de feria con poca gracia. Nadie le hace ni puñetero caso. 

En el centro de la plaza, corros de gente alrededor de espectáculos de titiriteros, danzantes, espadachines, comefuegos, encantadores de serpientes y demás submundo de animales amaestrados. El conjunto en aquel momento me supo exóticamente agridulce. Habían «números» buenos y malos pero lo que llevo peor es lo de los animales. 

A ver si me explico. ¡Ojo! ¡Ojo, ojo!:

Consejo de viajero. Cuando viajas es importantísimo hacerlo con responsabilidad y no caer en turistadas que utilizan animales para actividades que no tienen nada que ver con lo «exótico» ni con el concepto «viajar». Hacerse una foto con un pobre mono vestido con la camiseta de Messi, o con un pulpo en la cabeza, o pasear en un carro tirado por caballos a 30º a la sombra, o asistir a espectáculos circenses con animales «entrenados» de protagonistas, etc, no es nada guay. No es exótico. No es viajar. Es una payasada. Y lo digo con todos los respetos. Sé que no es maldad, es irreflexión. 

Todas las especies hemos de compartir este Mundo con respeto y sin dañar. Los animales sienten. Ese es el quid de la cuestión. Quizás no al mismo nivel o dimensión que el ser humano pero sienten. Desconocer eso es como decir que los murciélagos no ven. No ven con los ojos pero «ven» con otros sentidos que tu no tienes. No le hagas a un animal lo que no quisieras que te hicieran a ti. Piensa. Por favor. Una especie realmente «superior» quizás se alimenta, pero no extermina ni esclaviza a las demás. 

Al oscurecer estoy tomando una cerveza en una de las terrazas situadas en el terrado de los bares de la plaza y, de repente, van apareciendo unas serpenteantes filas de hombres vestidos de blanco portando calderos de metal humeantes. Las luces de la plaza penetran en los vapores y la escena es de averno infernal pero los aromas te llaman alto, claro y persuasivamente. Sin duda hoy ceno allí. 

Bajo y voy picando porciones en los puestos del mercado. Hay un pescado delicioso de carne firme rebozado con especias. Y, de pronto, todo lo tuerce una voz en mi espalda que me dice en perfecto español pero con obvio acento árabe: «Dame la mochila». Me giro entre la multitud, todos apretujados, y compruebo que la voz pertenece a un chaval de unos 16 años, tejanos negros, zapatos negros y chupa negra que me enseña un cuchillo de considerables dimensiones en su mano. Malo. 

Ahora me gustaría explicaros que, tras una pelea, rápida pero intensa, con intercambio de golpes de Kun Fu y llaves de lucha libre amenizado con una banda sonora de grititos chinos, suspiros y bofetadas, me libré del ratero y otros 5 de su banda que le escoltaban. Pero no, no tengo ni puñetera idea de artes marciales y mi valentía y arrojó sin igual no compensan las carencias de mi cuerpo que está para lo que está y no está para lo que no está. 

Peeero… Lo de que nunca aparece un policía cuando lo necesitas no es verdad. En ese caso, y en el mismo instante que yo me giraba, pasaron 2 policías marroquíes y el ladrón, que también los vió, desapareció como por arte de magia. Como si hubiera pedido el deseo a la mismísima lámpara de Aladino. ¡Pluf!… Y ya no estaba. Soy un tipo con suerte. 

Pero tampoco es cuestión de tentar a esa suerte así que, por hoy, ya es suficiente. Me vuelvo al hotel. 

Sea como sea, con sus claros y sus oscuros, ¡Imprescindible «La Place»!

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Japón (6). Yakushima. La isla de los yakusugi.

A las 6 de la mañana llego de nuevo a Tokio. Esta vez casi ni piso la calle. Los autobuses escupen gente de todo el país en la terminal de Nihombashi Side y, de allí, cojo un tren a Narita. Tengo avión a Kagoshima a las 3.30 p.m. y, cuando llegue, me he de espabilar para embarcar en un ferry hacia Yakushima, la isla de los viejos yakusugi, los cedros milenarios sagrados.

Mi objetivo en Yakushima no son los cedros por muchos miles de años que tengan. Yo lo que quiero es subir el Miyamoura-dake, el punto más alto del Sur de Japón, una barrera natural que frena las nubes y hace que, en esta isla, tan encantada como fantasmagórica, llueva casi cada día. Con esta cima del Sur y la del Ashaki-dake que hice en el norte, ya me podré ir feliz de Japón.

Los ferrys me dan… respeto. Hace casi 20 años, en Senegal, fuí a la Casamance por la costa de Gambia en el «Diola», un ferry abarrotado hasta mucho más allá de su capacidad por ser esa costa un punto estratégico en la ruta a la Meca. La Casamance, entonces, estaba en poco menos que guerra civil. Las carreteras estaban en muchas zonas minadas y las compañías de alquiler de coches habían dejado de contratar por la peligrosidad de la conducción. Ir en bus tampoco era plan, por la misma regla de tres, así que solo quedaba pasar a Gambia y subir al «Diola», que tenía una capacidad para 500 personas y en el que apiñaban en cada viaje a más de 700. Peregrinos, comerciantes, cabras, gallinas y 4 chalados como yo nos apretujabamos en las cubiertas como ganado mientras, por los altavoces, se iban gritando instrucciones con tono de campo de concentración nazi.

Justo al año siguiente, leí que el Diola había naufragado y murió más de la mitad del pasaje. A mi me quedó el susto. No, no me gustan los ferrys aunque, desde luego, si hay que embarcar, se embarca y punto.

La llegada a Miyanoura, el principal puerto de Yakushima, es de pelicula de aventuras. Lluvia torrencial sobre las impresionantes montañas cubiertas de bosque y camufladas bajo una espesa niebla. Se me pone la piel de gallina. Esas montañas amenazan.

Llueve toda la tarde, y mañana parece que más de lo mismo. Ni las previsiones meteorológicas, ni la humedad del ambiente presagian nada bueno pero, ya nos conocemos, vamos a intentarlo. Tengo 4 días.

El día de llegada, descanso y buenos alimentos. El segundo voy a ver los yakusugi de Arakawa y Shiratani. El tiempo ha empeorado considerablemente. Un tifón zarandea la isla y complica las cosas. Entre el viento que se lía a empujones con mi cuerpo lozano y la cortina gris de agua que cae a chorros como si alguien, allí arriba, se hubiera dejado el grifo abierto a tope, caminar es… poco agradable, por decirlo bonito. Los cedros, impresionantes, pero con 2 horitas de caminos cubro el cupo por hoy. Ceno y me voy al hostel a cubierto. La especialidad de la isla es el pez volador frito. Una delicia.

El tifón, qué quieres que te diga… En cuanto a viento, una tramontanada guapa no se le queda atrás, sólo que aquí, además, cae agua para aburrir. Todos los ríos están desbordados y las alertas meteorológicas echan humo. Cada vez está peor lo de intentar la cima del Miyanoura dake. Dicen que esto va a durar toda la semana. Empiezo a tener cuello abajo que me voy a quedar con las ganas. Sí, sí, cuello abajo. Me encantan las traducciones literales de dichos catalanes. Pues eso que, esta vez, no necesito voces interiores que me digan que me esté quietecito.

El tercer día ha amainado el viento, pero llueve las 24 horas a raudales. Salir es como ponerse bajo la ducha vestido, así que solo me muevo del hostel para ir a la peluquería a afeitarme (¡por fin!), y para comer e ir al súper. Esta noche ceno «en casa». No hay nadie más que yo. Soy capaz hasta de encenderme una vela en plan íntimo conmigo mismo.

Otro día más y sigue lloviendo a cántaros. Los horarios de autobuses no permiten hacer la cima del Miyanoura en un día, así que, o empiezo hoy la ruta y duermo en un albergue de montaña para llegar arriba mañana y bajar, o ya no tengo más tiempo. Salgo pronto hacia una cascada cercana al inicio de la ascensión para ver cómo está el asunto y decidir. Camino un par de horas y no para. No hay manera. Quedo todo yo chorreando. Me acuerdo del «be water, my friend». Han suspendido las rutas de los autobuses que van hacia los inicios de las ascensiones. Todo está inundado. Habrá que desistir.

Dicen que, para volver a un lugar, siempre debes dejarte alguna cosa por hacer. A mí en Japón me han quedado pendientes la ruta de los Kōgen Numa para ver osos pardos de Ussuri y el Miyanoura dake, inmejorables excusas para volver.

Antes de marcharme, de todas formas, me queda hoy, sábado, allí verbena de San Juan, y voy a hacer un último acto de rebeldía por el mal tiempo que me ha tocado en esta isla. Dice la previsión meteorológica que habrán tormentas, pero no lluvias torrenciales. No subiré montañas, pero voy a ver si puedo hacer la ruta hasta la cascada Janokuchi-taki. Una hora y media en autobús y llueve para pensar en empezar el Arca de Noé. Vaya con las previsiones.

Cuando llego al inicio del sendero parece que clarea y tiro una moneda al aire. Gano yo: empiezo. Lo máximo que me puede pasar es pillar un resfriado. El paisaje es fantástico, aventurero a tope, selvático. Vuelve a llover. Dale. Blinco, subo, gateo, me pongo de agua hasta las trancas cruzando ríos, salto, bajo…y, a 50 metros de la cascada, ya la veo, pero un río con las aguas bajando turbulentas y a presión me dice rugiendo que allí me quedo. De cruzar nada. Pues muy bien, ya la he visto y es un espectáculo. Lo importante es el camino, no el destino. La vuelta es placentera, ya sin lluvia, aunque tampoco viene de aquí porque estoy chorreando. Un regalo de propina: un ciervo se pone a dar saltos a 20 pasos de mi. Le he asustado. ¡Qué bonito es ver animales en libertad!

Tres horas y pico ida y vuelta. Me doy por satisfecho. Una buena comida y, por favor, por favor, una ducha calentita. Ahora sí se acabó. Se ha hecho lo que se podía y más. Si las quiero encontrar, estás montañas no se moverán de aquí. Toca recoger bártulos y regresar a Tokio por última vez.

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