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Colombia (y 7) San Andrés y Providencia. Vida perra.

Me duelen las lumbares. No es que me extrañe. En los últimos 225 días no he dormido en una misma cama mas de 5 días seguidos. Esterillas, madera, colchones duros, colchones blandos, hamacas, sillas, sillones… Sano no puede ser. Y la mochila a cuestas… 

A veces me pregunto si el vivir tan intensamente, o tan rápido, o tanto, o tan diferente, o como quieras decirlo, me quitará años de vida. No sé. El cuerpo no deja de ser una maquinaria y cuanto más lo usas más lo gastas. Y al mio lo llevo de cráneo, pobrecillo. No sé. No me aferro a la vida. La muerte no me asusta. Me gustaría vivir eternamente, aunque los vampiros dicen que es muy cansado, pero va ser que no. Así que… ajo y agua. Al fin y al cabo, morir de vivir mucho no parece una mala causa de muerte…¡Anda! Ese sería un bonito epitafio: «Murió de vivir mucho»

En 1510 España tomó posesión oficial de San Andrés y Providencia pero no promovió asentamientos en ellas lo cual fue aprovechado estratégicamente por sus enemigos históricos. Hacia 1.630 estas islas fueron refugio de piratas desde donde atacaban barcos y ciudades del Imperio español. La colonización la dirigió una empresa británica, y no el propio Estado. La empresa se llamaba, nada màs y nada menos que «Company of Adventurers of the city of Westminster for plantation of the islands of Providence or Catalina, Henrietta or Andrea and adjacent islands lying upon the coast of America». ¡Toma candela!

Sir Henry Morgan, el Pirata Morgan, tuvo su base militar en San Andrés con el respaldo del gobernador de Jamaica y la Corona británica y siempre en contra de España. Se le atribuyen ataques marítimos contra Santiago de Cuba, Puerto Príncipe, Maracaibo, Portobelo, Santa Marta y Panamá. A los españoles no les caía nada bien.

Un apunte. Impresionan los registros antidroga en el aeropuerto de Bogotá. Los típicos más hacer poner a todo el pasaje en una fila y dejar delante tu equipaje de mano mientras un perro pastor alemán olisquea por todos los rincones. Los tuyos y los del equipaje. No deja de ser curioso y alentador que, en pleno siglo XXI, no exista nada más preciso que un perro para ayudar a la especie humana en la lucha contra la delincuencia. Odio los robots y concordantes. Punto y aparte y vuelvo al tema. 

San Andrés es, en su capital y centro, un típico pueblo de turismo de playa con un mar de colores impresionantes y, en el resto de la isla, aldeas decrépitas y más playa y mar caribeño. Un poco parque temático en mi opinión. Me da tiempo, la tarde que llego, para un paseo de oeste a este de la isla, de Cove a Sound Bay, apenas 3 kilómetros, y volver a la casa donde me alojo haciendo un círculo hacia el norte pasando por «Piscinita». Y, a la mañana siguiente, para dar una vueltecilla por el centro. 

Aquí tengo el primer contacto con los habitantes de estas islas, de negrísima raza negra, adustos, orgullosos y serios, hasta antipáticos diría yo. Con un swing inconfundiblemente isleño y un incomprensible dialecto, el criollo, mezcla de inglés, idiomas africanos y español con una sonoridad más cubana o jamaicana que británica. Esto no es Colombia en absoluto. 

Y ya estoy en Providencia, una isla en miniatura de 17 km². Pero no ha sido por arte de magia. Llegar aquí es montarte 15 minutos en una avioneta de juguete de las de santiguarse. Ahora entiendo porque me han pesado a la hora del check in. Soy una ayuda: 60 kg con botas y equipaje de mano lo que significa 57 a pelo. Más menos que más. Debería pagar mitad de precio.

A las 2 de la tarde, ya el primer día, he dado la vuelta a la isla, de sur a norte por el oeste y de norte a sur por el este. Son 5 horas por una carretera que bordea la costa con paradiñas en las 4 playas de la isla: Manzanillo, South West Beach, Agua Dulce y Almond. 

Me da para ver que aquí de lo que se trata es de tirarte en la playa. No hay más. Pasas kilómetros en que es difícil encontrar hasta una tienda abierta para beber algo. Algún grupo de casas de colorines, la mayoría destartaladas, corros de vecinos, muchos «rocos», una especie de iguanas con corona más de cabaretera que de reina,  y eso es todo. En la «capital», por llamarla de alguna manera, Old Town y Freetown, un pequeño puerto, un par de tienduchas, otro par de colmados y cuatro casas de comidas. O tres. Muy desabrido y aburridillo peeeero…

Después del paseo vuelvo a South West Beach, a un chiringuito al que he echado el ojo al empezar la caminata y allí… Allí de entrada me tiro al mar caribe y el placer me entra por todas las terminaciones nerviosas como electricidad pura y dura. ¡Madre de Dios y del Amor Hermoso!! Templada pero refrescante, muy salada, calma total, limpia y bonita como la madre que la parió… el no va más. Pero va más porque, después del chapuzón, me meto entre pecho y espalda un combinado de langosta, pargo, arroz de coco y patacones de plátano con música reggae y samba, dos cervezas heladas y… Me quedo como extasiado pensando que he hecho yo para merecer esto.

Muy poca gente. Menos de medio centenar de personas en 2 kilómetros de playa paradisíaca. En toda la isla desembarcan no más de 30 ò 40 personas al día así que creo que es de lo más parecido a una isla desierta que hoy en día puedes encontrar en el Mundo. Con este sol, este mar y, encima, estas posibilidades de comidas exquisitas, bebidas frías y música guapa a precios de ataque de risa… No busques.

Son las 4.30 de la tarde, me revuelco más que me meto otra vez en el agua y me retiro al tugurio de caserón en el que me alojo que, bien visto, me parece ahora un palacete versallesco. Me doy una ducha fresquita y… Pà que quieres más. Respiro hondo.

Hoy subo a «The Peak» , el punto más alto de Providencia, 350 metros de monte boscoso en una caminata de 7 km de ida y vuelta, dos horitas para ver la isla a vuelo de pájaro. Aquí se supone es donde los vigías avisaban a Morgan para que preparara zafarrancho de combate en cuanto atisbaban un barco español. Y después, a la misma playa y el mismo restaurante, vida perra, perra vida, como mañana y pasado, porque más no hay, ni ninguna falta que hace.

Y así 4 días, sin mas preocupación que no quemarme porque a la espalda no me llego para ponerme crema. Vuelta a San Andrés, 24 horas, de ahí a Bogotá, cuatro cosas que solucionar para seguir camino y, en el camino…

Ecuador espera.

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Colombia (6) Salento. El Valle del Cocora. Y Bogotà… de paso.

Salento es un extraño pueblo que se me antoja como una caricatura del progreso. Debió ser precioso, con una gran plaza y casas pintadas con vivos colores, situado en un valle frondoso y rodeado de magníficas montañas. Ahora es lo mismo y en la misma localización, obviamente, pero totalmente abducido por el turismo. Todo, pero absolutamente todo, son restaurantes con el mismo menú y tiendas con la misma artesanía y ropa «típica». Para acabar de camuflar su encanto han construido en medio, como enormes velas de pastel cumpleañero, unas torres eléctricas que dan miedo y el cielo queda rasgado de cables por doquier.

El ser humano no le ha quitado toda la belleza a Salento, pero lo ha intentado con verdadero ahínco. Como siempre. 

Aquí se trataría de largarse a las montañas pero el cansancio y la necesidad de reparar un par de averías en mi cuerpo abusado me dicen que pare. He de hacer cura de salud con un buen comer, mucho dormir y no más ejercicio físico que paseos cercanos y facilitos. 

Después de conseguir alojamiento ya es casi mediodía y, de entrada, me voy a probar el producto estrella de la gastronomía de El Quindio: la trucha. La hacen de todas las formas imaginables pero la tradicional es al ajillo y está de miedo. La marcan en la plancha y la untan con una pasta de ajo, perejil, cilantro y hierbas varias, la ponen en una especie de sartén con leche y la cuecen al fuego. Y la sirven con un patacón de plátano crujiente. Tremendo.

El resto del dia lo paso tirado a la bartola digiriendo el banquete truchero. Mi cura empieza como Dios manda. Mañana, sin exageraciones, debo ya dar un poco de máquina no sea que me malacostumbre. 

Desde luego, lo que no puedo dejar de caminar es el Valle del Cocora. La excursión es chula. Unos jeeps que hacen de enlace te llevan en media hora desde la plaza de Salento hasta el inicio del sendero que da la vuelta al valle en una bonita travesía circular. Es una caminata fácil pero no aburrida. No le faltan sus subidas y bajadas, un bosque húmedo con barro resbaladizo bien pateado por mulas, piedras, cantos rodados y puentes destartalados para cruzar varios tramos de río. Un poco demasiado concurrido para mi necesidad vital de paz y silencio, pero agradable.

Me paro en la Casa de los Colibríes, una sociedad privada de conservación, y vuelta a la casilla de salida. Total, unos 15 kilómetros y 5 horas tranquilitas. Y la tarde, para seguir descansando. 

Dos largos días casi completos de pausa, de reorganización e impulso.

Me he escuchado y me voy a hacer caso: empiezo a volver a casa. Como siempre, un periodo de descompresión, de entrar en el carril de desaceleración pero vuelvo a casa. Lo necesito. Ya no recupero. En el camino, acabar de ver algo más de este magnífico país que es Colombia, entrar y vivir Ecuador y volver a Europa por algún lugar…poquito a poquito, volviendo a mi tierra.

Y, de entrada, en ese camino de vuelta, cojo un bus a Bogotá,  No tenía pensado visitar esta vez grandes ciudades pero voy de paso hacia mi próximo destino, las islas de San Andrés y Providencia. Habrá que aprovechar los dos días que me quedan hasta tomar el avión hacia allá.

También apetece un poco de ciudad. Y más en domingo, el dia del chándal, de las maratones y la familia, del desayuno sano y la comida copiosa y bullera, de los viejos solitarios, del paseo romántico y el amor…

Candelaria, la plaza Bolívar, rascacielos y un montòn de iglesias, el mercado de pulgas San Alejo, Chapinero… Bogotá es una enormidad de multitudes y las multitudes, negras, blancas, amarillas o mixtas, son multitudes. Y aunque seguro entre esas multitudes están pasando historias preciosas y hay gente extraordinaria, en la ciudad solo se percibe el bulto informe. Sin más. 

Observo, eso sí, y percibo chispas de vida, pero imposible ver más. En la ciudad hay muy poca visibilidad. La ciudad es opaca. A veces, veo a alguien, o alguienes que por alguna razón me curiosean y, a falta de conocer sus historias, me las invento. Es un buen juego, pero nada más que un juego. 

Y sí, seguro que entre esa multitud hay gente fuera de lo ordinario. O quizás todos tenemos algo extraordinario pero las jaulas que no vemos impiden a lo extraordinario volar, desarrollarse y darse a conocer a nosotros mismos… y nos quedamos en multitud corriente. 

Dedico el lunes a la parte alta de la ciudad. Desde el hostel voy viendo pinceladas de Bogotá… Riadas de bicicletas… Una sensación de inseguridad a la que contribuye ver policía de todo tipo en cada esquina… Una plaza de toros que, una vez más, demuestra que de la colonización se absorben màs cosas malas que buenas…

Para subir a Cerro Monserrate, la montaña a cuya falda se ha construido la capital de Colombia, has de coger un sendero de escaleras, muchas escaleras, que te lleva desde los 2.700 metros a los 3.150 en una hora. En menos de 2,5 kilómetros subes 450 metros de desnivel. Y ya estas ahí. Tu y un montòn de turistas porque también se puede subir en teleférico. Cuando llego arriba, boqueando, veo un señor panzudo salir del susodicho teleférico con una camiseta de Adidas que, en grandes letras, reza: «Just do it». ¡Lo que hay que ver!

Monserrate y el santuario allí edificado no tienen nada de especial pero vale la pena por la vista de un magnífico Bogotá desde el cielo. Llevo ya 4 horas caminando desde mi alojamiento hasta aquí y me ha entrado hambre. Todavía me quedan un par de horas hasta el hostel. 

Total, en Bogotá nada me toca el corazón. No es una ciudad fea ni es una ciudad insulsa pero no sé identificar el sabor. Volveré en unos días ya de tránsito a Quito pero, ahora, me voy a Providencia.

Marchando una de isla caribeña…

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Colombia (5) El Cocuy. El Púlpito del Diablo.

Es espectacular lo buena gente que también son los colombianos. Y digo también porque, solo en Sudamérica y en este viaje, ya he dicho lo mismo de argentinos y brasileños. Y es que es verdad.

No puedo entender por qué y a quién aprovecha difundir racismos, intolerancias y prejuicios. No creo que sea consustancial a la naturaleza humana. 

Por si acaso, como yo no estoy por ahí, por favor, pido a todos los que me quieren en casa que sean solidarios y amables con los forasteros. Así me tratan a mi por donde voy. Y si algún día por aquellos lares está lloviendo, sopla el viento del Empordà y veis a un tiparraco con pinta de guiri melenudo caminando apurado con una mochila a cuestas, intentad ayudarle. Al fin y al cabo… podría ser yo.

No tengo arreglo. Se me ha metido en la cocorota llegar a la Sierra Nevada del Cocuy, un lugar rodeado de enormes montañas que dicen es de lo más bonito y remoto de Colombia. El acceso está complicado y nadie me sabe decir muy bien cual es exactamente el trayecto pero… «preguntando se va a Roma». 

A las 13 horas empiezo la odisea. De Zapatoca a Bucaramanga son como 3 horas de bus y luego cojo otro a las 17 horas hacia un pueblo llamado Málaga. Son 150 km pero la carretera es tan desastrosa que se tardan casi 7 horas en recorrerlos. Llego allí, a la Terminal de autobuses, a las 11.45 de la noche. Me dicen que ahora he de ir a una aldea que se llama Soatá dónde encontraré algún tipo de transporte hasta Güicán o El Cocuy, los dos pueblitos más cercanos a Sierra Nevada. Para eso, tengo que subirme a un tercer autobús con destino Bogotá que pasa por Málaga a las 3 de la mañana. Son unos 100km hasta Soatá y luego 100 más hasta aquellas aldeas. Ahí voy.

No son horas de pasear y no tengo el menor interés en conocer Málaga «by night» que, por lo que veo en el mapa del satélite, son 4 calles y, por la cantidad de borrachos tambaleantes que pasan por delante de la estación, debe ser un pueblo de castigo, así que espero tranquilo dentro de la Terminal a que venga mi bus. 

Llega puntual y en este puedo escoger entre hacer el trayecto de pié, en el pasillo, o sentado, en el suelo del pasillo. Elijo la opción B. Es el mismo precio. Algo menos de 2 horas hasta Soatá, una espera en una especie de bar/tienda/oficina de transporte hasta las 7 a. m. y 4 más por una carretera montañosa, recorriendo pueblos de lo más pintoresco con vecinos vestidos con poncho de lana y sombrero vaquero formando estampas alucinantes.

El Cocuy. Son las 11 de la mañana. Hecho. Veintidós horas.

Una baja importante. No sé en qué bus o estación he perdido mi sombrero, quizás la pieza de ropa más difícil de sustituir y que más quiero. Odio perder cosas. Para viajar hay que ser escrupulosamente organizado y estar siempre atento a tus cosas. Perder mi sombrero es un despiste que no me puedo permitir y, además, me sabe mal. Hemos estado dando vueltas juntos por el Mundo 15 meses, desde Fremantle, en Australia, hasta Zapatoca en Colombia. Son muchos kilómetros. Cinco continentes. Pero no me voy a amargar. Apego cero. Una lástima y punto. Siguiente capítulo. 

El Cocuy es otro pueblo blanco, éste con todas las puertas y ventanas pintadas de verde pálido, que parece prácticamente abandonado. La gente debe estar en el campo. Si buscaba la Colombia profunda, ya he llegado. Aquí te llaman todavía «su merced». «Esta es la habitación de Su merced». Pues resulta que ese soy yo. Y la habitación es chula, toda de madera y con una luz y unas vistas preciosas a los tejados del pueblo y las montañas. 

La banda sonora de mi película viajera ha cambiado. Atrás quedan la salsa, la bachata y la cumbia y entran en escena, nada más y nada menos, … ¡la ranchera y los corridos! Aquí le llaman música «carranguera».  Si hasta ahora el romanticismo musical era empalagoso ahora es insufrible y agridulcemente mantecoso. Como merengue untado con leche condensada ligeramente pasada de fecha. «Mujer traidora has sido mi muerte…», «Alcoholizado por un malquerer…», «Si te vas con otro derramaré lágrimas de sangre…» …Es una orgía de dolor, unas imágenes infernales. Las almas y los corazones «sangran» , se «estremecen» e «imploran» mientras que, los más bestias, si no les quieren, se lían «a puñaladas» y otras barbaridades que ni se pueden mencionar porque constituiría delito de incitación a la violencia.

Nada más situarme en el alojamiento me voy a la oficina del Parque Nacional Natural El Cocuy para ver posibilidades. Quiero subir esas montañas. Resulta que es caro. Tasas, seguro, transporte hasta la entrada, guía…  Para compartir gastos me ofrecen unirme a un grupo de 4 personas que suben mañana al «Pulpito del Diablo». Con ese nombre no me puedo negar. Dicho y hecho. 

El Cocuy está a 2.750 metros sobre el nivel del mar, iremos en coche hasta la entrada a 3.600 metros y, de ahí, subida picada hasta los 4.800. Suena duro. Me hubiera gustado descansar un día de la paliza autobusera pero es lo que hay. A las 4 de la madrugada empieza el lío.

Mis compañeros son 4 colombianos: una pareja cincuentañera y dos chicos en los 30. El trekk, efectivamente, es de los duros. Son entre 10 y 12 horas por páramos, lagos y tarteras verticales hasta llegar al Púlpito y el vecino glaciar del Pan de Azúcar. Al Pulpito del Diablo no se puede subir, es una roca sagrada para los indios Uwa y es difícil encontrar un país donde se respete más a los indígenas. Quizás es porque en Colombia las razas están muy mezcladas y todos los árboles genealógicos van a parar al mismo sitio. Aquí no vale la razón, o excusa, del dinero que da el turismo. Sus dioses y tradiciones van primero y la conservación de la Madre Naturaleza es Ley. 

Tardamos casi 7 horas en llegar arriba y a mi me agarra el soroche. Mal de altura. Tengo un terrible dolor de cabeza y, sobre todo, pierdo el sentido del equilibrio con lo que la bajada se hace difícil. Camino como un pato mareado. Los paisajes son magníficos, una gozada, pero si no estás en forma, mejor mirar un reportaje por la tele. Yo ya estoy apurado. Son muchos kilómetros seguidos. Siete meses viajando sin parar pasan factura. 

Llegamos al pueblo ya de noche. Sigue como deshabitado y silencioso pero, de pronto, se abren las puertas de la iglesia y la gente sale de misa. Son cientos. Las calles, tiendas y bares de estas aldeas están vacías pero las iglesias llenas. Curioso. 

Sigo. Son las 11 de la mañana. Me voy a zampar otro viaje de 24 horas. Voy a Bogotá, de ahí a Armenia y, después, Salento: el Valle del Cócora. Eso es un trote. Soy un ansias, lo reconozco. 

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