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Recomendaciones del mes. Diciembre 2.019. Brasil.

EQUIPO.- Nada nuevo bajo el sol. Mi equipo está ya muy, muy “atrotinado”. Las camisetas se deshilachan por todos lados, los pantalones tienen rotos y descosidos varios, muy a la moda, y los cordajes y estructura de la mochila sufren de heridas lacerantes y, lo que es peor, un principio preocupante de escoliosis. A este paso llego a casa en pelota viva.

TRANSPORTE.- Los transportes aquí son cómodos y modernos. Brasil es una potencia económica. Ya estoy otra vez en el Primer Mundo. Los buses que salen de las terminales de rodoviario de todas las ciudades te llevan cómodamente y con variados horarios.

Los buses urbanos de Recife y Olinda, y en general de todo Brasil, son los más veloces del Mundo. Cada carrera es un rallye. Y el metro es un circo. Todo muy interesante desde el punto de vista zoológico.

GASTRONOMÍA.- En Rio de Janeiro, en la esquina entre Rua Uruguaiana y la Avda. Marechal Floriano está Casa Paladino, una tienda con aires de principios del siglo pasado donde venden vinos, quesos, embutidos y delicatessen en general con una barra y unas mesas donde se sirven bocadillos, tortillas y raciones. Cenas de picar. Las bolinhas de bacalao son buenísimas.

En Cuiabá es difícil encontrar un sitio bueno para comer. Yo lo he encontrado:  Buteco do Quina, en la Plaza Mandioca. Buenísimo pescado (de río claro) acompañado de arroz, ensalada y tapioca. Pedir la vinagreta de la casa (a menos que no os guste el cilantro) Delicioso. Sòlo cenas.

Versão Brasileira en Poconé. Buffet libre y al kilo. Solo comidas. Por la noche no perderse la parrilla de Versão Brasileira, también de la familia Tavares, unas casas más arriba de la plaza. Y, sin miedo, con los pinchitos de picanha pedid caipirinha. El restaurante Tradición de Poconé también está muy bien.

La picanha a la chapa con fritas es buenísima en todo el país. Porciones gigantescas. 

Una delicatesen: Los brigadeiros. Pasan por los restaurantes vendedores de esos dulces de leche, cacao y mantequilla. Deliciosos.

En Olinda, Comedoría “To em casa”. Un festival de comida local en forma de plato combinado. Recomendabilísimo.

En Salvador de Bahia, Terraço do Farol, en la playa de Barra: lambreta, caranguejo, camarón… Todo regado con cervecita helada.

Las cenas en las pousadas del trek Vale do Pati son excepcionales.

ALOJAMIENTO.- En Poconé, en el Pantanal de Mato Grosso, sin duda Pousada Recanto de Jaburu. Un pozo insondable de hospitalidad. Desde aquí se pueden organizar las excursiones al Pantanal. Alojarse en una pousada dentro del Pantanal quintuplica el precio del alojamiento.

Muy bonito el hostel Vin Imperial de Petròpolis. Una casa señorial con una amplia terraza y buenos servicios. De lo mejorcito en alojamiento compartido.

INTERNET.- Buena conexión de wifi por todo el país.

TREKK.- Vale do Pati, claro. Por todo: paisaje, variedad, naturalidad, pousadas… y hasta precio. Unos 70 euros al dia todo incluido. Difícil de superar. Po do Sol es una buena agencia.

PUEBLO/CIUDAD.- Salvador de Bahía. Un encanto.

VARIOS.- En Petrópolis una magnífica tienda de artículos de trekking: Mr. Mountain. Rua Visconde de Itaboraí 581, Valparaíso-Petròpolis.

Y una curiosidad: Río de Janeiro es, en fin de semana, la ciudad más aburrida del Mundo. En el centro, partir de las 6 de la tarde del sábado está todo cerrado.

MENCIÓN ESPECIAL.- Conchita y Ava, una vieja y una nueva amiga. Un feliz encuentro en Mato Grosso. Muchas gracias también a Rosanna y Gonzalo por su hospitalidad.

Y Formiga, de Lençois, un guía de los de antes.

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Brasil (y 8) Petrópolis (y 2ª parte) Genocidios. El Portal de Hércules.

Se acaba mi viaje por Brasil. Lo he dicho varias veces y lo repito: Me ha sorprendido lo buena gente que son los brasileños. Educados, hospitalarios, solidarios, alegres…

Dije que hablaría de Brasil y España. Agárrate.

Muchos brasileños son descendientes de españoles que vinieron directamente o a través de Argentina en la Guerra Civil. Y antes de eso tenemos el peliculón de la colonización porque, por mucho que se identifique Brasil con Portugal, aquí España también se lució civilizado y cristianizando a los indígenas. En realidad, en el año 1.500, españoles, portugueses y florentinos llegaron a este país casi al mismo tiempo… y fué una merienda de indios. Un genocidio.

La Historia española aquí se puede representar entre dos personajes antagónicos del siglo XVI: Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda, ambos piadosos clérigos andaluces…

El primero, se oponía firmemente al esclavismo y proponía una evangelización pacífica y el segundo defendía el concepto de “guerra justa” contra los indios, a los que consideraba inferiores como consecuencia de sus pecados idólatras. Lo de los “pecados”, para ponerlo en contexto, se refería a la costumbre indígena de hacer sacrificios humanos a sus dioses y  al canibalismo.

El “perla” de Sepúlveda, un ser con toda una biografía de taras mentales que perdió sus testículos en un accidente de caballo y que era conocido como Ginés “El amputado”, dicen aquí que consiguió numerosas conversiones con el simple método de dar a los indios una clara disyuntiva: o bautismo y buen trato o amputación de las manos y de vuelta a la selva.

Tampoco hay que escandalizarse. Al fin y al cabo, si profundizamos, esa es la base de cualquier religión: el premio y el castigo. Más de uno daría una mano si le aseguran no enfrentarse al fuego eterno por sus pecados.

Pues eso, con la razón, argumento o excusa de Dios, y financiado por unos reyes con el ojo atento a los recursos naturales de Brasil, entre españoles y portugueses masacraron a más de 3 millones de indios brasileños. ¡Ahí es nada! Y nos hartamos de vociferar lo malo que era Hitler mientras celebramos cada 12 de Octubre el día de la Hispanidad con fastos y desfiles militares con el rey y el Presidente del Gobierno a la cabeza rebosando orgullo y satisfacción. Y el clero… ¡Ah no! Callo. Ya me he metido bastante en camisa de once varas.

En definitiva: no hay ni un palmo de limpio en esta puñetera especie humana y que el que esté libre de pecado tire la primera piedra.

Venga, ya está bien, vamos a por lo del trekking. A las 8 de la mañana me viene a recoger al hostel Luciano, mi guía. Luciano tiene ya 58 años. En el caminar se le notan las rodillas castigadas, pero está fuerte como una mula. 

El primer día haremos 8 km subiendo desde los 1.000 metros a los 2.200. La subida es, ya de entrada, fuerte, muy fuerte, y en apenas 2 horas nos ponemos en los 1.600 metros. Estoy chorreando de sudor. Voy bastante cargado, especialmente por el agua y comida para 2 días

Llegamos a Chapadão, a 2.000 mtrs, a las 2.15. Vamos rápidos. Del valle suben unas nubes sospechosas y Luciano dice que va a llover. La última hora ya me pesan las piernas y el tramo final hasta el Morro do Açu se hace ya gateando sobre unas piedras resbaladizas con mucha guasa. Me duele la espalda. Ayer llovió fuerte en Petrópolis, resbalé en el piso del hostel y me dí en toda la rabadilla.

Hacemos cima a las 15.10 y entramos en el refugio de Açu a las 15.20. La niebla ya no deja ver nada más allá de 50 metros y hace un rato que llueve pero sin intensidad. No me ha llegado a calar. Nada más quitarme los zapatos cae el diluvio. Me he vuelto a salvar por los pelos. Y es que, en realidad, en la montaña hay que hacer por llegar a resguardo antes de las 15 horas. A partir de ahí, el clima se encabrona. 

El tormentón es de los gordos. Lluvia, viento, truenos y relámpagos. Un completo. Suerte que no me ha pillado. Aquí los rayos son un peligro. Las heridas en la piedra dan fé. En 1.980 lo rayos se cargaron, uno a uno, a 7 componentes de un grupo de trekkers. 

El refugio de Açu es una casita pequeña y agradable y con este tiempo resulta una delicia. Sólo le falta un fuego. Ya con la noche cerrada, las luciérnagas desafían la lluvia como pequeñas estrellas fugaces en el bosque. Voy a dormir celestialmente. 

Toque de diana a las 5.45. La previsión es otra vez lluvia a partir de las 2 pm. El Valle do Bonfim espera abajo pero, primero, hay que subir al Portal de Hércules. 

Sube y baja arriesgado. Hay que gatear y escalar por piedra húmeda. Resbalo y caigo otra vez sobre mi espalda. Hay que buscar las fajas secas y/o con relieve. Me mareo. Bajamos a 1.000 para volver a subir a Morro do Marco, a 1.200. Desde ahí se ve el portal. La visual está cerrada y, si no hay vistas al llegar, el esfuerzo es en vano pero  si abre, .. . Abrirá! Nos vamos acercando, siempre caminando por roca resbaladiza. Mucho cuidado. Poco a poco, tenso. No dar un paso sin asegurar el otro. Culo a tierra si es necesario. Otro costalazo. Van dos avisos. La piedra me enseña los dientes. El corazón se me encabrita y me vuelvo a marear.

Leve, leve, hay que hacerse leve, escoger bien donde pisas. Y a veces la hierba, muy alta, ni deja ver donde pisas. Luciano se gira y me dice: “Cuidado, aquí hay mucha serpiente. Le pregunto:” ¿Cascabel?” Me dice: “No. Cobra”.

Llegamos. No abre. Visual nula. La montaña no quiere, la montaña manda. De vuelta al refugio. Han sido 3 horas. ¿Para nada?… Y 3 horas màs para bajar hasta la puerta de Petrópolis.

No hay para más, ni de Petrópolis ni de Brasil. El tiempo pasa volando. Un dia en Rio y al aeropuerto a cenar y dormir. Será otro de esos días sin final. A las 6 de la mañana salgo… Hacia Colombia.

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Brasil (7) Petròpolis (1ª parte) . Abrazos gratis. Fin de Año.

Brasil es un país único y complejo. Es, como consecuencia del esclavismo, una nación negra, la más afro de hispanoamérica, pero colonizada y dirigida por blancos. Y tiene ancestrales influencias de una población indígena tremendamente evolucionada en todos los sentidos por sus conocimientos y espiritualidades ecológicas. Los indios brasileños …

A ver si encuentro un ratito y hablo de lo bien que tratamos en su día a los indios brasileños…

Petrópolis es una pequeña ciudad con pasado imperial a 80 kilómetros de Río de Janeiro y al lado del Parque Nacional Serra dos Orgaos.

Fué fundada oficialmente por Pedro II que estableció allí su residencia de verano. Tiene un bonito centro histórico con canales, palacios, iglesias y grandes mansiones. Debió ser una magnífica ciudad que arquitectos y constructores con el gusto en pena y el alma en el culo han hecho por afear, con notable éxito en algún caso, creando una parte moderna sin ningún atractivo. Con lo poco que cuesta hacer las cosas con gracia y cariño. Además, como en todas las ciudades brasileñas las favelas se han ido extendiendo por las montañas creando una extraña sensación de decrepitud.

No, las Navidades no están finiquitadas todavía… Que mal lo tengo para conseguir guía y hacer el trekking Persépolis-Teresópolis. Todos quieren estar con su gente para Fin de Año y no están para incursiones por la montaña. Al año le quedan dos días más. Tampoco la previsión meteorológica hasta el día 1 es ninguna maravilla. Me da igual. Estoy en un hostel tipo caserón de montaña con un buen ambiente y, la verdad, no me falta de nada.

Hay aquí una familia muy curiosa. Son como una decena, de todas las edades. Buena gente, como todos los brasileños. Están como en reunión familiar de unos días y el calor de esa familia, no sé por que, me hace bien. Uno de ellos lleva tatuado en el brazo: “ABRAZOS GRATIS”… y cada vez que me ve me abraza. Es curiosísimo. Mañana se van y me quedo ya sin abrazos. 

Tengo la mente como muy mecanizada. Dejo que me entren las cosas que me hacen bien y no presto atención a las que no. Me resbalan. Como si no existieran. Ahora mismo me preguntaba por qué me siento cansado e, inmediatamente, recuerdo que hoy también he dormido en un autobús. Déjame que cuente… Hoy hace 186 días que estoy de viaje… Me voy a dormir… hoy toca cama.

Creo que voy a parar unos días. Pasear, sentarme en un banco al sol, hacer gestioncillas sin prisa, ordenar pensamientos, mirar escaparates, escribir, leer… y quizás lanzarme al consumismo frenético y comprarme unos tejanos porque los rotos y descosidos de los míos ya no cuelan como moda negligé.

La Catedral de San Pedro, el Obelisco, el Trono de Fátima, el Palacio Río Negro… Camino y camino, mezclándome y observando a la gente, arriba, arriba, y ¡OPS!… creo que me he metido en una favela. Lo es, pero esto no es Río y nadie me hace ni puñetero caso. Ningún peligro en absoluto. Música de rap, chavales con pinta pandillera, casas sostenidas con cuatro palos y poco más. Normalidad absoluta….

O eso pensaba yo. Cuando en el hostel me preguntan dónde he ido y les explico me miran con los ojos abiertos. Me dicen que he estado en 1º de Mayo, una favela infestada de traficantes huidos de Río de Janeiro. Dicen que si llego a ir al atardecer no hubiera tenido ninguna posibilidad de salir entero porque allí te atracan sí o sí y, si no tienes dinero te matan por no tenerlo, si tienes, por quitártelo, y si tienes poco por no haber traído más. Textual.

Una larga cola para entrar al museo del Palacio Imperial vence mi ya poco intensa tentación por visitarlo pero sí me da por admirar la casi moscovita grandiosidad del edificio y pasear por los impresionantes y bien cuidados jardines.

A mi las desigualdades galácticamente exageradas me dan grimilla así que poco interés me despiertan pretéritas y contemporáneas vidas de individuos de supuesta sangre azulada. Aunque, eso sí, este tal Pedro parece que fue un buen elemento, apoyando firmemente la abolición de la esclavitud y siendo bastante querido por su pueblo. Como sus iguales rusos, los parientes de Anastasia, su reinado acabó abruptamente pero tuvo más suerte que aquellos y el golpe militar que le destronó no le costó la vida. Dió con sus huesos en un exilio europeo sin lujo ni ostentación pero murió de viejo.

Trato de hacer lo de la compra de pantalones pero yo en unas galerías comerciales estoy más incómodo que un cerdo en una perfumería. Me aturden. En la calle Teresa, la màs comercial de la ciudad, entro en un par de tiendas de tejanos. No me lo puedo creer: la talla mínima es la 38 y en algunas fases de mi viaje a la 36 yo no llego ni con tirantes. Los brasileños son, en su mayoría, grandotes y con panzas toneleras. Les encanta comer y beber y no precisamente ensaladas y agua. A ver como me lo hago. A la tercera va la vencida. Otro regalo de Navidad. Dejo en una tienda de coser mis viejos pantalones para que sirvan de retales.

Fin de año. Me dejé en casa el confetti y el matasuegras. Además he olvidado comprar uvas que, al fin y al cabo, tampoco pegan con los dos sándwiches que tengo para cenar. No tengo nada rojo que ponerme ni por aquí sé de nada que parezca cava o champagne. Tampoco me han gustado nunca los petardos y, mucho menos, bailar así que no hay tema. De todas formas, como sé que igualmente va a ser difícil dormir hasta medianoche, me quedo a ver los fuegos artificiales de las 12 y me voy a dormir deseándome salud para mi, mi gente y, en lo posible, para todo el mundo. Yo, con eso, tiro millas y soy feliz.

¡Ya he encontrado guía! El día 2 salgo hacia el Portal do Hércules. No llegaré a Teresópolis. Ya se me está haciendo tarde. Serán dos días y una noche.

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Brasil (6) Serra do Cipò. Malangía. Los viajeros también lloran.

Ya es Navidad.

En cualquier idioma, una de las palabras más bonitas es la que identifica ese sentimiento tan intenso y duro que te embarga cuando, sobre todo en fechas señaladas, estas lejos de tu casa, tu tierra y tus seres queridos.

Este poderoso enemigo del viajero, siempre emboscado en algún lugar de tu corazón, se nombra, en las diferentes lenguas, como “nostalgia”, “morriña”, “saudade”… En la mía, en catalán, también la llamamos con un bellísimo nombre: “malangia”. Yo la siento hoy en el mismísimo tuétano… duele. Si, la Navidad son días en que siento una terrible y “dolça malangia.”

Llego a Serra do Cipò. Es un pueblo bastante desangelado de tiendas y restaurantes uno detrás de otro pero aquí tiro anclas y pasaré la Navidad. Sin coche no me atrevo a adentrarme más en las montañas donde solo hay pueblecitos de 4 casas, pousadas aisladas y no sé qué encontraré abierto en estas fechas.

La casa en la que me alojo no es fea, pero está muy dejada y la habitación no es lo que yo elegiría para pasar la Navidad: Un lavabo/ducha, un frigorífico, un perchero y una cama grande con una manta de La Bella Durmiente de Disney. Monto cuartel General en la cocina comedor, algo más acogedora. Creo que estoy solo con el recepcionista. Tengo un techo y hay restaurantes y montañas alrededor. No necesito más.

En este lugar, a pesar de que estoy en un Parque Nacional, no parece haber mucha afición a trekkear. El Centro de Información Turística está cerrado y en todo el pueblo no hay ni una agencia especializada en senderismo. Aquí no hay turismo extranjero y al brasileño no le gusta caminar. Bicicleta, moto, caballo y quad sí que les gusta, pero caminar poquito.

Parece ser que el Parque Nacional tiene 2 entradas: Retiro y Areias. Me voy a la más cercana, Retiro. 

Tras 2 ó 3 kilómetros hasta la puerta de Parque, el guarda me dice que hoy y mañana no se puede entrar: vacaciones de Navidad. Cambio mi itinerario para ir a unas cascadas fuera del perímetro protegido y, cuando llego, resulta que es privado y cobran entrada. Han montado allí una atracción de propiedad particular convirtiendo una magnífica cachoeira natural en una piscina dominguera.

Sigo el antiguo Camino Real que tampoco es una maravilla. A los lados todo son latifundios vallados. ¡Ay Brasil! Total, he caminado más de 3 horas pero la sensación es decepcionante. Hasta San Esteban no podré entrar en el Parque y ese dia ya no tengo habitación. Mi pensión está llena. Habré de buscarme la vida.

Por el momento me doy una ducha, me lavo el pelo, me afeito y me pongo guapo con mi única camiseta de algodón para buscar un restaurante y celebrar la Noche Buena. De camino, el cielo me regala un bonito atardecer.

Casi todo está cerrado y acabo en un restaurante extraño, grande, como de esos de carretera pero casi vacio. Pido picanha con fritas y una botella de vino. No está mal, nada mal. Hay música brasileña en directo. Un cantante con su guitarra. Música tipo bossa nova. Lo hace bien y hace fiesta.

Día de Navidad. Encuentro y me regalo una habitación chula para dos dias. Mi celebración será una comilona mineira en el pueblo y contactar con mi gente por internet. Nada más ni nada menos.

El pueblo está vacío pero en las casas y en las posadas hay jolgorio de fiesta. Al atardecer vuelvo al restaurante de ayer a tomar una cerveza. Sólo hay una mesa ocupada. Es el mismo cantante con unos amigos en sesión de tristeza navideña para desarraigados. Me vienen recuerdos de ausencias. Mal asunto.

La noche llega y desde la habitación oigo música de radio. Algo de samba, Bob Marley, bossa nova triste … Suena “Missing home”, de Flora Cash. Recuerdo la terraza de mi casa y el mar y las emociones se me acumulan…Los viajeros también lloran. Cierro la luz.

Otra vez en la entrada del Parque, ya abierto, el guarda me propone el sendero por el Vale do Bocaina. Hace un día espléndido para caminar. Casi sin desnivel, llego primero a la cachoeira Gavia. Hay que currarse algún trecho por desprendimientos o riachuelos salidos de caudal pero es fácil. En Gavia me encuentro a media docena de chavales que han llegado a caballo. Son los primeros seres humanos que veo en el camino.

Sigo hasta Tombador la cascada más lejana, Es un pelin más complicado y aquí no llegan los caballos así que tengo toda la cascada para mi. Descanso un rato. Han sido 11 km desde la puerta del Parque y ya hace 2 horas y media que he salido de la pousada.

Desando mis pasos y, por un sendero afluente del principal, intento llegar a otra cachoeira, la Andorinhas, pero el río está muy crecido. El cielo se ha oscurecido y amenaza chaparrón y aquí, cuando llueve, llueve de verdad. A lo peor, me podría quedar aislado en la otra orilla. Desisto. Voy a disfrutar de mi regalo de pousada, habitación guapa, ducha caliente y…”¡Piscina! Llego a mi nueva casa provisional a las 4 de la tarde. Han sido más de 25 km y casi 6 horas. Bonito dia de San Esteban.

Mi felicidad no es total porque se me ha metido en la cocorota la neura de los canelones de “carn d’olla” de mi pueblo. Allí son tradición en este día. Con los ojos cerrados casi siento en la boca el sabor… No podrá ser. 

Hoy toca el Vale dos Mascates. Seis kilómetros para llegar a la puerta. Doce kilómetros más y encaro el Cañón de Bandeirinhas. He tenido que cruzar un río con el agua en las rodillas y el último kilómetro, con botas y calcetines mojados, ha sido durillo. Para cruzar un río has de elegir entre cruzarlo con botas y mojarte o quitártelas y multiplicar el riesgo de resbalar.

Se me hace tarde. Son las 14.30 y he de contar con volver a cruzar el río, secarme y hacer los 18 km de vuelta que son 3 horas y media, en el mejor de los casos, así que me pillará la noche.

Llego al hostal con el último suspiro del día. He caminado como 9 horas y casi 40 kilómetros y tengo los músculos de las piernas agarrotados. Una duchita y hoy para cenar tengo una picada que compre en el súper y un vino blanco chileno. Picada brasileña y vino chileno… Mis amigos argentinos me matarían.

El grueso de las Navidades está superado y mi viaje por Brasil se acaba. Como guinda, voy a intentar hacer otro de los mejores trekkings del país: Persépolis-Teresòpolis.

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