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Amigos Viajeros. Conxi Perez.

Conxi Pérez nadó por sus sueños a contracorriente, como los más valientes. Tomar decisiones sobre los viajes largos no es nada fácil, como tomarlas sobre la vida. Su relato es un testimonio que, para algunos, puede no tener precio. Sus fotos… Juzgad vosotros mismos.

¡Gracias Conxi! Alas y Viento.


1 VIAJE, 2 AÑOS, 11 PAÍSES, 11 FOTOS

De un día al otro, cogí la mochila y me fui. Aquí mi vida no me gustaba. Bien, no fue de un día a otro. Hubo muchas cosas que hacer: vender el coche, vaciar mi casa para alquilarla… Tuvo su complicación, desde luego.

Debí regalar y desprenderme de cosas y recuerdos que para mí eran importantes..Lo pasé un poco mal. Y dejé el trabajo. Incluso algún compañero se enfadó porque me iba. Cenas de despedida, frases de “Seguro que nos volvemos a ver”. También podéis venir vosotros a verme, les decía. Me sorprendió que algunos lloraron, cómo si no me fueran a ver más, como en un funeral. Yo estaba radiante. No entendían nada.

Si, la mayoría me decía que me equivocaba. Mensajes negativos a puñados: “¿Qué pasará cuando te jubiles?”, “¡Una mujer sola!”, “Sólo te quedan 10 años. Aplaza el viaje para entonces…” “¿Ya lo has pensado bien?” “Pero….. ¿cuando volverás?”, “¿Y si te pones enferma?”, “¿Y si te pasa algo?, “Y si…?”

Uffff!!!! Qué cansinos eran. Hasta me llegaron a decir que eso de querer irme era una pataleta de niña pequeña. Que lo importante era el trabajo y la estabilidad de las cosas que ya tenía.Y yo pensaba, “¿Pero estos se creen que son inmortales? Tempus fugit”. No, soy enfermera y veo la muerte de cerca cada día. ¡Fíjate ahora, con el coronavirus!

Solo una persona me animó pero me dijo: “No creas que será fácil. A veces te sentirás muy sola. Lloraras” No fue verdad. En estos 2 años no lloré ni un solo dia. Me añoré de algunas personas, eso sí. Pero fue la época de mi vida en que me sentí más libre, sin ataduras de ningún tipo, sin reglas emocionales. Han sido los 2 años más tranquilos de mi vida. Me sentía feliz.

Mi viaje sin billete de vuelta al final iba a durar 2 años a través de 11 países. Ha sido difícil elegir una sola foto por cada uno de ellos. Pero ahí las dejo.

Aprendí un poquito de inglés, conocí a gente de diferentes nacionalidades y culturas, viví intensamente… Eso sí, pasé alguna situación apurada: un temblor de tierra, un tifón grado 3 a bordo de una patera… pero me sentía bien, sin miedo, con fuerzas.

Me he relacionado con nativos, me han acogido en sus casas, me he sentido tratada con cariño, apreciada, vital. Me han enseñado sitios que los turistas normalmente no conocen, he dormido en aeropuertos, muchos viajes en transporte público y, sobretodo, me han regalado mucha amabilidad y muchas sonrisas.

Y solo volví porque se me acabó el dinero. Ni más ni menos. Pero, naturalmente, sigo haciendo viajes aunque más cortos. No concibo la vida sin viajar. Me costó adaptarme a la vida que llevaba antes, la gente seguía sin entender porqué me fui. Pero yo si. ¡Y tanto que si! Fué un viaje maravilloso y una de las mejores etapas de mi vida y, en cuanto pueda… pillo la mochila y me vuelvo a ir. Alas y Viento. Un beso a todos.

Nepal

Tailandia

Laos

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Malasia

Indonesia

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China

Filipinas

India




Tailandia (1) El Triángulo de oro. De Chang Mai a Pai. Un ataque por sorpresa.

Entre las fronteras de Laos, Myanmar y Tailandia, está la zona que se conoce como El Triángulo de oro, una de los lugares de mayor producción de opio del mundo. Hasta hace muy poco, era el área de donde venía la mayor parte de la heroína que se consumía tanto en Oriente como en Occidente. Hoy, ese dudoso honor se lo ha arrebatado Afganistán, pero por aquí la droga sigue siendo más común que los plátanos. Y mira que llegan a haber plátanos…

Ya estamos otra vez con la conducción por la izquierda. En los primeros momentos me despista y tengo un par de sustos.

Chang Mai es una ciudad próspera que sabe sacar provecho de su, en mi opinión, más bien mediocre personalidad. Tres o cuatro macro templos, una ciudad amurallada convertida en producto turístico de calidad, restaurantes, bares y hoteles, casas de masajes a tutti plein, figuritas y pagodas por doquier, un río vulgarote, y venta de tickets para shows de elefantes y trekkings en los alrededores. Nada que me resulte interesante. Impone la riqueza de los templos, eso sí.

Por la noche, en el interior de la muralla se monta un mastodóntico mercado al aire libre y, también, en enormes superficies cerradas donde se venden souvenirs, ropa playera, pashminas, camisetas y comida de todo tipo. Los turistas hacen sus compras de pantalones con elefantitos y muchos, encima, se los ponen junto con sus chancletas y camisetas de «I love Thailand» lo cual, en algunos casos, hiere la sensibilidad del viajero por más curtido en 1.000 batallas que esté. Salgo huyendo despavorido y me refugio en mi hostel. Temo por mi salud mental. Cualquier visión de estas podría ser la gota que colmara el vaso y me convirtiera, definitivamente, en asesino múltiple. Llámame cobarde, pero mañana me voy de aquí.

Chiang Rai, tres cuartos de lo mismo. Aquí el templo más famoso es el White Temple. Me declaro en huelga y me niego a ir a verlo. Me tienen contento con tanto templo. Estoy hasta los mismísimos de templos. Me va a dar algo si veo más templos. Odio los templos. Basta de templos. Por favor, por favor, por favor…

En Chiang Rai me limito a pasear y descansar, que buena falta me hace. Por la noche, también aquí la ciudad desaparece bajo las carpas y tenderetes de un kilométrico mercado. Es un monumento vivo al consumismo feroz. Esto tampoco es para mí. Mañana, carretera y manta hacia Pai.

Pai es un pueblito tipo ibicenco pero en montaña. Baretos, deporte de aventura, tiendas, tenderetes y chiringuitos. Más que un pueblo es «un estado mental», dicen, lo cual significa marihuana, ligoteo y fiestuqui para después de motear, raftear, trekear, etc, etc.  Mucho John Lennon, mucha Yoko Ono, piscinas, música chula, gente guapa, hippies de paz y amor, rastas, bohemios…. Hay oferta a tope de masajes, tatuajes, pulseritas y colgantillos varios. A ver cómo nos llevamos pero, sitios como éste, los he visto en todo el Mundo y todos son bastante iguales. Para un par de días está bien, pero más me aburre, aunque es cierto que en estos cuadros yo, con mis pintas, quedó muy integrado. El  mundo se está homogeneizado mucho y los productos turísticos de éxito se repiten sin grandes originalidades.

Los alrededores son chulos, así que me dedico a hacer excursiones y pasear. Las montañas parecen esplendorosas, pero los trekkings se anuncian tipo “Jungle survival!”, y te sacuden 50 euracos. Yo sobrevivo muy bien con 20 al dia. Mujeres, niños, hombres y ancianos con los que me voy cruzando, absolutamente todos, me ofrecen marihuana y opio. Sí, estamos en el Triángulo de Oro. Y eso en un país donde, si te enganchan con un gramo de cualquier estupefaciente en la frontera, te meten en el talego y tiran la llave.

Sin lugar a dudas, lo más impresionante de esos alrededores es el Pai Canyon, realmente vertiginoso. Allí, me salgo de pistas y sigo un sendero que no está en el mapa. Va a parar a unos campos. A la vista sólo una ternera bien crecidita pastando y, a los lejos, una hacienda grande y prospera.

Y ahora viene un momento delicado para la credibilidad de este blog y de su autor, un servidor.

No hice fotos ni tengo prueba alguna, por razones obvias como se verá, pero… la susodicha vaquilla ME ATACÓ. Sí, juro por lo más sagrado que la muy puñetera me ataco. A mí, que soy radicalmente anti-taurino por los cuatro costados.

No entiendo porqué hay que ponerle un diminutivo despreciativo a 200 kg de carne viva y cabreada, así que no me volveré a referir más al animal en cuestión  como “vaquilla”. La vaca, ya me venía mirando de soslayo siguiendo mi caminar pero, de pronto, bajó el testuz y se puso a galopar hacia mi soltando coces al viento. Cuando estaba unos 10 metros, yo parado, más por espanto que por valentía, le pegué un grito, nada torero sino más bien de exclamación entre sorprendida y asustada, y el astado se paró en seco como si le hubiera pegado una pedrada en toda la frente. Supongo que solo quería marcar territorio y, desde luego, lo consiguió. El susto no me lo quita nadie.

Y así ocurrió y así se lo hemos contado señores, aún consciente de que mis amigos más cabroncetes utilizarán el desagradable suceso para mofarse despiadadamente de mi y que sus bromas, chistes, chanzas y chascarrillos, me caerán como chuzos de punta. Allá ellos, yo cumplo con mi obligación de explicar la verdad, y toda la verdad, a mis seguidores de buena voluntad, que también los hay.

Al final, por no volverme a encontrar con la antipática lechera, salí de la montaña por el lado contrario al que había llegado, a 10 km de Pai. Dos horas de caminata por la mañana y casi cinco por la tarde. Sin comerlo ni beberlo me ha salido un trekking de lo más curioso.

Dios, en cuanto lean ésto algunos que yo me sé, ¡la que me va caer! Ya oigo los graznidos de los cuervos…

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Recomendaciones del mes. Septiembre/Octubre 2018. Laos y Myanmar/Tailandia.

EQUIPO.- Todo el equipo está bastante deteriorado ya. Botas, pantalones, gafas de leer, sombrero…

Ahora que se acaban las lluvias, toca mencionar a mi «paravents» y paratodo. Es de North Face, y también se ha portado como un campeón todos estos meses. Tiene alguna herida pero lo lleva bien.

TRANSPORTE.- Vale la pena la experiencia de coger el tren que une Hsipaw con Mandalay pasando el acueducto Goteik. Eso sí, hay que estar chalado para hacerlo.

Los taxis y rickshaw de Tailandia son una caña. Puro arte urbano. Con los rickshaw regatead sin piedad.

ALOJAMIENTO.- Magnífico el hostel Barn1920s en Vientien. Café, pasteles y platos de embutido y quesos para chuparse los dedos.

En Mae Hong Son, Tailandia, Crossroads House es un alojamiento autentico y la encargada es un sol.

GASTRONOMÍA.-  Recomendabilísimo el restaurante Street View de Don Det. Especial el pescado hecho en una barbacoa de hierro, con tapa tipo horno, acompañado de ensalada y patatas fritas. Y una ración de pan tostado con ajo y aceite con una picada  de tomate y cebolla para ponerle encima. Pan de ajo le llaman. Una pasada.

De todas formas, lo mejor de lo mejor de Septiembre ha sido la experiencia gastronómica que supuso el trekk al lago Inle. Contraté la travesía en EVER SMAIL. Un menú degustación vegetariano en cada cena. Idem en el trekk de Hsipaw contratado en la oficina de la Asociación de Guias adjunta al hostel Mr. Charles.

Y en el restaurante Royal, de New Bagan, comí el mejor Chapati y chicken Masala del mundo mundial.

Y, desde luego, en el Neo Phoenix, el restaurante de mi amigo Win hacen la mejor ensalada de berenjena del mundo. El que vaya a Mandalay, y no pase por allí lo mando fusilar.

En Tailandia, Ko Thao, no perderse bajo ningun concepto el restaurante Mama Piyawan´s. El curry perfecto en cuatro mesas bajo un techo de uralita.

INTERNET – Muy recomendable la aplicación «polarsteps» para quien quiera hacer un viaje largo y organizar sus comentarios y fotos, incluyendo un GPS para una continua localización.

TREKKING.- Magnifico el trekking a Puwan en la Zona Nacional Protegida de Nam Ha, Laos. Pura jungla.

E inolvidable el trekk al lago Inle. Tres días/dos noches. Maravilloso.

Mae Sariang es una de las ultimas zonas por explorar en Tailandia. Inolvidables los dias que pasé en Banhuayhagmainesu.

PUEBLO/CIUDAD.- Dao Det, en las 4.000 islas de Laos. Un remanso de paz.

MENCION ESPECIAL.- Muchas menciones especiales esto meses. Por un lado, Guillermo y Encarna, dos compañeros de aventuras en Laos. Y por otro, Jordi y nuestra guía Anastasia en Myanmar. Y Renè. Con todos ellos hemos pasado muy buenos ratos. Nos vemos por el mundo chicos!

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Amigos viajeros. Nospiramosdeviaje.com: «Viaje en familia»

Inauguran esta sección mis amigos Susana, Freddy, Kayleigh y Freddy Jr. del blog nospiramosdeviaje.com

Estás 4 fieras, hace un par de años hicieron un viaje de 14 meses por Asia. Papá, mamá, y los chavales de 8 y 9 años. En su artículo, echan una mirada atrás y nos cuentan sensaciones y reflexiones sobre su “Viaje en familia”.

Gracias chicos.


«VIAJE EN FAMILIA.
Madrid – Bangkok… y lo que venga.

Ya está, no hay vuelta atrás!!

Ya estamos en nuestros asientos del super “Boeing” que nos aleja algo más de 10.000km, para empezar, de nuestra cómoda casa, de nuestra seguridad, de las rutinas y horarios, en definitiva… de nuestra zona de confort. Con el corazón al ritmo de una locomotora, vamos reflexionando sobre las razones que nos han hecho tomar esta “loca” decisión.

Nuestro viaje de 14 meses empezó un 27 de junio, justo un día después de unas elecciones nacionales cuyo resultado nos confirmó una razón más para emprender nuestra aventura en familia. Recorrimos Tailandia, Malasia, Borneo, Singapur, Indonesia, China, Corea del Sur, Japón, Vietnam, Laos, Camboya, Sry Lanka y Filipinas de forma totalmente libre, poco turisteo y mucho maquinar nuestros propios traslados, alojamientos, excursiones, visitas… Hay una gran diferencia entre ser viajero y ser turista. Eso lo podéis comprobar claramente los que seguís el viaje de Nacho, o a Nacho en su viaje, que es parecido pero distinto.

En nuestro caso (se nos ha olvidado presentarnos: Susana, Freddy, Kayleigh y Freddy jr. los peques, entonces, con 8 y 9 años, hoy 10 y 12) reemplazamos todo lo que una familia consigue, después de muchos años de esfuerzo y trabajo, por 4 mochilas acordes con la estatura de cada uno de nosotros. No nos hizo falta mucho más espacio. De hecho, durante el viaje te das cuenta de lo poco que necesitas para ser persona. Además, de lo que realmente iban a llenarse esas mochilas es de aventuras, conocimiento, culturas, idiomas, costumbres, aprendizaje, gastronomías… y muuuchas experiencias.

Recorrer esa parte del mundo con nuestros hijos fue, entre otras muchas cosas, una lección multicultural. La sensación de bienestar y la acogida en todos los lugares fue inmensa; nuestros hijos vieron con sus propios ojos y sintieron en su propia piel, la buena gente que hay en el mundo y su disposición a ayudar y hacer agradable tu estancia.

Estuvimos en países musulmanes, hindúes, budistas, cristianos, sintoístas, sincretistas y más… y siempre tuvimos la sensación de estar rodeados de buena gente, sean de donde sean y practiquen la religión que practiquen o no practiquen ninguna. Viajar es un buen antídoto, el mejor diríamos, contra la xenofobia, el racismo y otras formas de discriminación.

Nuestros hijos dejaron de ir a la escuela pero ni os imagináis todo lo que aprendieron. Nuestra rutina académica fue sobre todo la lectura y nuestros diarios (cada uno el suyo), practicar matemáticas con los cambios de moneda, inglés a diario, ciencias de la naturaleza, historia y geografía a cada segundo, en fin… un viaje, una enciclopedia real.
Como padres y educadores pensamos que el sistema educativo tradicional deja mucho que desear, preparamos hijos para lanzarlos directamente a la rueda del trabajo, hipotecas, que sean gente de provecho (sobretodo para las multinacionales) y que no se cuestionen nada. Nos cabrea ver y sentir en nuestra propia piel hacia a dónde nos dirige la sociedad occidental. Consumo es la palabra clave en este asunto y las nuevas generaciones son expertas en esta materia. Hemos intentado enseñar a nuestros hijos que hay alternativas mucho más complacientes y duraderas. Después del viaje tienen muy presente que si el plan A falla, existe un plan B e incluso un C.

Y… otro asunto importante para los que todavía tenéis hijos en casa: ¿Habéis pensado alguna vez cuánto tiempo “del bueno” pasáis en familia? Se nos van los días casi sin comunicarnos con nuestros hijos, a menudo con un montón de cosas que hacer que nos roban el tiempo para dedicarles un hueco a ellos. Luego nos sentimos algo culpables y dormimos intranquilos pensando que mañana les daremos prioridad. Un viaje largo en familia te abre los ojos, principalmente porque estás fuera de tu zona de confort a diario y tu escala de valores cambia por completo.

Nuestro viaje estuvo lleno de experiencias que hoy, pasados ya unos cuantos meses de nuestro regreso a Fuerteventura, siguen aportándonos una complicidad familiar muy enriquecedora. Ese tiempo en el que desconectamos de la vida ajetreada y loca de occidente, nos trajo momentos en familia, mucho más que anécdotas, que de otra manera no existirían.

Por eso, y porque somos culos inquietos sabemos que en cualquier momento volveremos a darles vida a nuestras mochilas, o sea a nosotros mismos.

El mundo nos espera.»

Accede a la galería de fotos, a través del PDF: VIAJE EN FAMILIA




Laos (y 3) Luang Namtha. Territorio Akha.

Entrè en Laos por la frontera del Sur y ya estoy en la otra punta del pais. Aqui, en el Norte, vengo a conocer la Zona Nacional Protegida de Nam Ha, una selva montañosa donde, dicen, si te adentras mucho, todavía se pueden ver en libertad panteras, elefantes y hasta algún tigre. No me lo creo. Naturalmente, hay que ir con guía. Y, también naturalmente, no pienso adentrarme mucho.

Luang Namtha está a 20 minutos de la Zona Protegida. Hace un calor de justicia y la calle es un horno. Camino un poco y dedico la tarde a gestiones viajeras varias. También apalabro un trekking de 2 días/1 noche por el Nam Ha para pasado mañana.

Ceno al aire libre en el Night Market y se sienta a mi mesa una señora de edad indefinida vestida a la manera tradicional Akha, una etnia minoritaria de las montañas. Me ofrece pulseritas pero, de pronto, me enseña un bolsón enorme de cogollos de marihuana. No gracias, señora. ¡Vaya cantidad de marihuana! Seguimos mirando pulseras y me pone en la mano como media tableta de chocolate oleaginoso. Una barbaridad de droga. No gracias, señora. ¡Vaya con la indígena en cuestión! Lleva mas droga encima que un camello del Bronx. Tigres y panteras no sè, pero en estas montañas deben haber unos cultivos de película de narcos.

El próspero valle de Luang Namtha es una sucesión de aldeas, tierras fertiles, templos y monumentos funerarios budistas y, como no, cataratas. Tierras de agua èstas. El Mekong reparte sus bienes por todo el sudeste asiático con generosidad.

El trekking por Nam Ha empieza a las 8,30 de la mañana. El destino es un poblado Akha de las montañas. Se ha apuntado a venir Encarna, la chica sevillana que conocí en Viantane. Nos llevaremos bien. Es simpática y deportista, tiene 31 años y es más trekkinera que yo.

El terreno se las trae: jungla cerrada. Vas avanzando agarrándote a àrboles, raices y lianas, mirando mucho donde pones manos y pies y pegándote un costalazo de vez en cuando.Los mosquitos se ponen las botas.

A las 2 horas de marcha paramos y el guía improvisa un mantel con hojas de platanero. Es hora de comer. Fideos con bambú, otros con cerdo picado, pez gato y arroz seco para acompañar. Con las manos cojes una bola de arroz y una porción de los platillos. La pesadilla de un inspector de higiene alimenticia.

Encarna, que va entre el guía y yo, pisa un avispero y buena parte del enjambre va a por ella. Tiene 10 ó 12 picadas feas. Seguimos. Nos vamos quitando las sanguijuelas que se nos enganchan. No es fácil. Cuando te las sacas, te van cayendo por las piernas hilitos de sangre. Aquí los bichos no pican, muerden.

El trekking es exijente, y no sólo para las piernas. Como te vas agarrando donde puedes, blincando, gateando, escalando y pasando árboles caídos por debajo o por arriba, todo el cuerpo trabaja. Brazos, abdominales, espalda, cuello…

Hemos de pasar un corrimiento de tierras. Peligrosillo. Aquí no hay cuerdas, mosquetones y tirolinas, sino sólo alguna raíz que vas probando a ver si te hace de agarre. A por ello pues… Llegamos a una catarata en medio de la jungla. No queda más de media hora para el poblado. Estoy cansado. Cansado de barro, cansado de bichos, cansado de jungla.

En un claro, vemos todo el Nam Ha desde las alturas y, por fin, aparece, lejano, Puwan, el poblado Akha donde pasaremos la noche.

Los Akha mantienen muchas de sus antiguas tradiciones, y pasear por Puwarn es viajar 100 años atràs en el tiempo. Medio centenar de chozas y cabañas con tejados de uralita pintados de colores, un par de fuentes de agua donde todo el pueblo se asea y un colmado. Las mujeres con el típico tocado Akha, van cargadas con cestos de bambú y leña que soportan en la frente. Hay montones de niños, hombres más bien huraños y huidizos, cerdos, gallinas, cabras, perros, búfalos, vacas, y hasta un jabalí… Y, tambien 2 paradojas: motos y pequeñas placas solares que recuerdan que estamos en el siglo XXI.

Hemos caminado más de 6 horas en condiciones durillas, sí señor. Nos enseñan la cabaña donde pasaremos la noche en unos delgados futones con mosquiteras agujereadas. Al atardecer empieza a llover y suenan truenos de tormenta. La cena es un mejunge de tofu, setas, salsa de tomate y cebolla y arroz. Y una coca cola caliente. Estamos en un lugar realmente remoto y aislado del mundo.

Es la víspera de la gran celebración anual del pueblo, una especie de borrachera general con la excusa de convocar a los espíritus de protección de los Akha. En realidad, lo mismo que en todos lados: Acción de Gracias, Navidad, Fin de Año Chino… Unos hacen un Belén, otros se zampan un pavo, otros hacen bailar un dragón de papier maché y, aquí, hacen un tothem con ramas de árbol y lianas, una especie de columpio gigante. La noche està bonita.

Dos niñas, de 12 ò 13 años, me preguntan si quiero que me hagan un masaje, pero no me apetece nada que 2 chavalinas hagan presión sobre mis músculos y espalda. Paso. Duermo hasta que me despierta un diluvion aporreando la uralita. Parece que se haya de hundir la casa, pero el agotamiento me hace dormir 3 horas más. El día despierta con un sol radiante que hace salir del bosque la humedad en columnas de humo, como si la selva hubiera ardido en la noche y solo quedarán rescoldos.

Me levanto perjudicado. Los pantalones estan pegajosos y acartonados de sangre seca que han dejado las sanguijuelas y tengo barro hasta en el sobaco. Textualmente. No entiendo cómo ha llegado alli. No he estado tan sucio en mi vida. Todo mi cuerpo protesta airadamente cuando lo pongo a hacer estiramientos.

Por la mañana, los jóvenes del pueblo construyen el tothem que presidirà està noche la fiesta y protejerá el poblado hasta el año que viene. Gritan como indios salvajes en pie de guerra. Espero que no entre en el guión ningun sacrificio de occidentales blancos. Por si acaso, no nos quedaremos esta noche. De estos, bien bebidos, no me fío ni un pelo. Al fin y al cabo, aquí todos llevan un machete de dos palmos.

Toca volver a Luang Namtha. Otras 5 horas de trekk puro y duro, otro espectacular sube y baja, arrastrate y gatea, utilizando los ríos de sendero y lo que te da la naturaleza de asidero. Otra comida silvestre, esta vez huevo revuelto, patatas con zanahoria y arroz cocido en hoja de plátano. Otra guerra, más defensa que ataque, contra mosquitos, hormigas rojas y asquerosas sanguijuelas.

Y acabamos en el hostel con la necesidad vital de una ducha reparadora. Encarna, viajera hippy-burguesa, ha seguido todo el trekk como una campeona. Chapeau. Siempre salerosa y de buen humor, sin un solo lamento más que cuando cabreò a las abejas, capítulo en que sí le salió el toque de princesa urbanita huyendo despavorida de los feroces animales salvajes de la jungla junglera.

Cuando me quito los zapatos en mi habitación, me entero de que llevo una sanguijuela dentro.

Cenamos y nos despedimos con Encarna. Un abrazo y nos vemos por el mundo, amiga. Cómo dijo alguien, las cosas de la vida son lo que vives y con quién lo vives.

… Y me voy tirando hacia Nyanmar.

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Laos (2) Luang Prabang. Calma chicha.

A 50 km de Luang Prabang, en las montañas, cuando ya empezábamos a bajar al valle,  la carretera cede. Todo el tráfico ha de parar en la cuneta. Tardaran 2 horas a reparar el asunto, dicen…Quizás. Paciencia y a esperar.

Ha sido otra noche pesada de sleeping bus. No es que yo sea un portento físico precisamente, pero los compartimentos son medida asiatica y no quepo ni sentado ni estirado. He salido a las 8 de la mañana y llevamos casi 12 horas de viaje… Y lo que te rondarè morena. Si llegamos a mediodía me doy con un canto en los dientes. Tengo naranjada y medio sandwich.

Bingo. A mediodia llego a Luang Prabang, fijo hostel, dejo mochila y a callejear para hacerme una idea de la ciudad. Queda toda la tarde.

Luam Prabang es como la capital de la espiritualidad de Laos, con templos budistas en cada esquina, muy poco trafico y calma. Calma y tranquilidad por las riberas del río, por el barrio comercial, en el mercado… Calma chicha. Todo en perfecto estado de revista, cuidado y amigable. Un Asia ordenada y limpia, con serenidad budista. Viajeros, turistas, monjes, peregrinos y nativos se mezclan con naturalidad. Esta ciudad daría un encefalograma casi plano, pero tiene encanto: la opulencia asiática de los templos, el mercado nocturno, las vistas desde la montaña de Phou Si o desde las terrazas de los bares delante del Mekong… Sí, se está bien aquí.

La gente adora al omnipresente Buda. Son muy religiosos. Viendo su pasión, me pregunto cómo puede ser que algunos estén tan seguros de que su dios es el verdadero y los demás falsos. Es curioso como nos pasamos la vida mirándonos al ombligo sin ver nada màs.

Las montañas que rodean Luang Prabang no son tan espectaculares como en el noreste de Vietnam pero también hay que verlas. Ya me estoy oxidando de vida plácida así que me apunto a una excursión hasta las Kuangsi Waterfall. Empezamos a caminar en una aldea Kamu, una etnia minoritaria que, con los hmongs, habitan en estas montañas dedicados a la ganadería y el cultivo del arroz. La aldea es más tribu que poblado, todavía con chamanes y amuletos.

Hago la caminata con un guía y un japonés. Se llama Kujo, o algo así, tiene 21 años pero aparenta 16 y es pequeñín y delgado como un fideo. En comparación con el,  yo estoy cargado de anabolizantes. El chavalín me viste bermudas de rayas de cebra, camisa roja tipo batik, gafas de sol de diseño, zapatillas, gorra de basebol y una mochila más grande que él. Es gracioso. Sabe tanto de viajar y caminar como yo de punto de cruz. Fíjate si es animal, que tiene 9 días de vacaciones y se ha montado el siguiente itinerario: Tokio-Singapur-Yakarta-Luang Prabang-Hanoi-Tokio. Cinco países! En 9 días!! Cada loco con su tema.

El día es tranquilo, aunque algún rato caminamos por senderos que, en cuanto descarga lluvia, seguro son el curso de arroyos. Sin ninguna exigencia, pero el suelo de cantos rodados está resbaladizo.

Llegamos a una cueva. Ni una luz. Yo pensaba que se trataba de ver la entrada y adios muy buenas, pero, cuando ya me iba, dice el guía que entramos un trecho, un trecho que se me hace largo. Se trata de ir a ver un buda que hay dentro de la cueva. Ir y volver, dice. Tengo tendencia a la claustrofobia y las cuevas no son lo mío. En el camino de vuelta, después de 15 minutos de caminar por allí dentro a la luz de las linternas, no veo una roca y la embisto con la frente. Parece que la cueva aguanta bien el impacto, yo no tanto. Herida aparatosa. Sangro a goteo, aunque parece que no es herida abierta si no sólo rasgón. No necesitará costura. Antiséptico, gasas hasta que deja de sangrar, y andando.

Al cabo de 3 horas y media vemos ya los saltos de agua de Kuangsi, una bonita catarata con varios niveles. Bonita, pero mucha gente. Por el lado contrario se puede llegar en coche y muchas familias y turistas hacen picnic en la zona.

Ya han llegado a Luang Prabang Guillermo y Encarna, así que hoy ceno con ellos. Comentarios sobre viajes, una copa y otra vez nos despedimos. Los caminos se vuelven a separar.

El ultimo dia en Luang Prabang, domingo, hay una competición de piraguas en el río. Es un deporte local tipo las gabarras vascas o las carreras entre Oxfort y Cambridge. Son piraguas tradicionales como de 10 metros, con 30 ò 40 remeros, y la victoria es un gran honor para el pueblo o la cofradía a la que representan los ganadores.

Y, alrededor de la competición, una feria por todo lo alto. Ambientazo de gente local, la mayoría con paraguas para protegerse del solano que cae inclemente, con tenderetes feriantes por todos lados: ropa, artesanía, juguetes, comida… Abarrotado. Toda la provincia está aquí de Fiesta Mayor.

Las piraguas compiten durante todo el día, 1 contra 1, eliminándose entre sí hasta llegar a la gran final. La gente lo ve en directo en la ribera del río, de pie o sentados en el suelo, y en casetas restaurantes con televisión, porque en la tele también retransmiten toda la carrera. Un speaker resuena en los altavoces con pasión in crescendo a medida que las barcas se acercan a la meta, momento que cantan excitados como nuestros locutores los goles del futbol.

Se ve mucha gente de las etnias de las montañas, familias enteras, también con los abuelos que vete a saber cuándo fuè la última vez que salieron de la aldea. Todos con sus mejores galas, traje de domingo importante. Sí, un bonito domingo.

Sigo adelante. Me voy a Luang Namtha, base de operaciones para trekks en la Zona Nacional Protegida de Nam Ha. A ver qué me encuentro.

Laos tiene las peores carreteras del mundo. Esta vez, desde Luang Prabang a Luang Namtha, el tiempo previsto de 6 horas  se convierte en todo el día, 16 horas. Un puente se ha descuajeringado y tienen que pasar los coches por el río, de 6 en 6, con barcazas. Llegamos por fin a destino pero me tengo que quedar a dormir en un hostal de la estación, a 10 km del pueblo.  No hay manera de llegar alli si no es andando y, para andar, no son horas. Es casi medianoche. No tengo nada para cenar y todo está cerrado. Me conformo con un café…Me vuelve a sangrar la herida de la cabeza. Mañana saldrá otra vez el sol. Seguro.

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Laos (1) Las 4.000 islas y Vientian. Amigos de viaje.

Sí, Phan Don, más conocido como «Las 4.000 islas», es una zona a lo largo del Mekong, casi en la frontera con Camboya, con islitas e islotes la mayoría deshabitados. Dicen que es, en esta época del año, de lo más tranquilo que puedes encontrar en viaje y, a mi, ahora mismo, me apetece calma.

Llego aquí pasando la frontera por el sur de Laos. Dos autobuses, un tuk tuk a la costa y una canoa hasta la isla. Voy con una francesa, Emma, y un español, Guillermo. Los 3 vamos a la isla de Don Det. Nada más pasar la frontera, un diluvio nos pone perdidos de agua. Otra vez. Estoy hasta el moño de agua y barro. Tengo verdadera necesidad de que se acabe la puñetera temporada de lluvias.

Un arco iris precioso me quita todos los males. Llegamos a la isla al anochecer y la luna llena preside la noche. Buena pinta.

A Emma la pierdo de vista esa misma noche. A Guillermo no. Tiene 33 años y es valenciano afincado en Mallorca. Un día, decidió dejar un buen trabajo y un buen sueldo de ingeniero para, con unos ahorros, tomarse un par de años sabáticos y dar la vuelta al mundo. Con Guillermo nos llevamos bien y compartimos algunas caminatas, transportes, comidas y cenas varias.

Don Det resulta un encanto. El pueblo es como la representación gráfica de la paz. Hay silencio, oyes el rumor constante del rio estès donde estés, y todo va lento, sin ninguna prisa. Es temporada baja y la isla está practicamente vacía.

A estas islas se las conoce, sobre todo, por los delfines de agua dulce, los Irrawaddy,  y por sus atardeceres.

De los delfines, que puedes intentar ver previo pago del tour correspondiente, no se/no contesto porque no soy yo mucho de estar sentado en un barco 2 horas esperando a ver si puedes vislumbrar un delfín. En cambio, de los atardeceres si puedo opinar porque, con un par que vi, ya me da para ponerle sello de belleza natural certificada.

Tanto por tierra, como por mar, el atardecer en Don Det es espectacular. Es una paleta de colores de impresión apocaliptica en actuación coral con nubes, mar y montañas. Entre todos crean formas y colores indefinibles e incatalogables sin más orden ni concierto que el capricho de la naturaleza. La sensación de libertad y bienestar te pinta una sonrisa en la cara y las tristezas se hacen muy, muy pequeñitas. En el atardecer es cuando el cielo parece más infierno y, desde luego, siempre es una hora bruja. Aquí, en Don Det, eso se nota.

Los primeros 3 días en Laos transcurren demasiado rapido para mí gusto caminando por toda Don Det y Don Khon, la isla vecina con la que se une por un vetusto puente. Verde frondoso mlres donde mires, aldeas, campos de arroz, el río, imponentes rápidos y cascadas, cielos limpios, niños alegres, pescadores…

Aqui se apañan con sencillez e imaginación. Los juguetes de los niños son una caña y un hilo o un neumático, o se suben a un árbol a cojer frutos o  le pegan patadas a un balón. En los campos, en las cocinas, en los barcos y, en general por todos lados, ves chapuzas que hacen que su vida funcione. Te subes a una canoa y resulta que no es más que un cascarón, dos cuerdas atadas a un volante y al timón, un motor de motosierra y un depósito de gasolina hecho con un tubo y una botella de plástico. Y con eso ya tienen para transportar a su familia y para ganarse el pan. Y el que, además, tiene un huertecillo, cuatro gallinas y un par de bueyes, aqui ya es el rey del Mundo. De un mundo maravillosamente simple y tranquilo.

Total que han sido unos días de un magnifico relax, pero no hay que anclarse, hay que ir hacia delante. Naturalmente, no me pierdo el ultimo atardecer.

Vamos a Vientian, la capital de Laos, en un sleeping bus con luces discotequeras, compartimentos cama tipo puticlub de carretera y colorido de tonos verde loro y rosa pastel a juego con cortinitas de abuelita. Si lo ve Almodóvar seguro se le despiertan todas las musas de golpe con ganas de montar una escena delirante. Con Guillermo y un japonés, nos ponen en un compartimento trasero para 4 donde ya duerme a pierna suelta el cuarto afortunado pasajero. Estamos alucinados. ¡Lo que se ve viajando por esos mundos de Dios!

La carretera es un continuo socabón que nos somete a una paliza tremebunda. Llueve con rabia y, a 2 horas de Viantian, la carretera desaparece bajo el agua. Vacían de equipaje las bodegas y adelante con agua hasta la panza. Cómo ir en barca.

Llegamos a Viantian a las 10 de la mañana, con 2 horas de retraso. Mochila al hostel y nos vamos a patear la ciudad. Vientian es una capital de Asia muy poco asiática. Limpia, con avenidas arboladas y jardines cuidados, un tráfico poco denso, coches de gama medio alta, ni rastro de bocinazos… Nadie te viene a ofrecer nada, no hay gritos, la gente es pulida y arreglada, los bares, cafes, pastelerias y restaurantes tienen un claro sabor afrancesado… Es tan poco asiática esta ciudad, que la gente hasta respeta los semaforos y pasos de cebra.

Poco o nada que hacer más que ver templos, el Arco del Triunfo y cenar en los night markets, así que decido seguir hacia el norte. Mi próxima parada será Luang Prabang. Aquí separamos ya los caminos con Guillermo y también con Encarna, una sevillana viajera que hemos conocido en el hostel. Igualmente me despido de Amine, un marroqui con el que también hemos pasado una parte del dia y que es como un duendecillo ansioso por ayudar a todo el mundo. Otro adicto al viaje. Asi va la rueda, vas conociendo viajeros por el camino, unos vienen, otros se van.

Mi sociabilidad no da para mucho, pero con Guillermo hemos ido bien. Mas menos, los que viajamos de larga duración ya tenemos un código de conducta y actitud similares. Sin obligación ninguna, independencia, colaboración y libertad absoluta. Si apetece y nos cuadra el plan, perfecto. Si no, ya nos vemos luego. Y cuando se separan los caminos, good bye, nos vemos por el Mundo. Yo, ya te digo, tanto viajar en solitario se me hace difícil compartir ruta muchos dias.

Para mí, más de dos personas ya es una turba potencialmente peligrosa, capaz de provocar acciones y desórdenes violentos y tumultuosos contra vidas y bienes. O, por lo.menos, contra ni integridad física y, sobre todo, síquica. Mi sociabilidad està bajo mínimos, y carezco en absoluto de reserva, por lo que he de economizar con sabiduría mis relaciones o corro peligro de convertirme en un sociopata con tendencias asesinas. Amo a los animales. Pero, lo dicho, con Guillermo las cosas han ido fáciles y Encarna es un encanto de chavala así que intentaremos encontrarnos en unos dias por el norte.

La amistad en viaje es difícil que arraige. Son episodios de vida cortos y, normalmente, se pierde en el tiempo. Ya veremos. En viaje nunca se sabe.

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