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Recomendaciones del mes. Febrero 2.020. Ecuador

Equipo.- No encuentro sustituto para mi sombrero. Bueno… ya nos encontraremos. 

Transporte.- Buses, buses, buses. Un montòn de compañías de autobuses te llevan por todo el país por precios irrisorios. 

Alojamiento.- Mu rebien el Hostal La Rosario en Quito. Desayunos deliciosos. 

En la ruta Quilotoa, en Chugchilan Hostal El Vaquero, y en Intiliví, Hostal Taita Cristobal. Ambos refugios de montaña todo madera y paz. 

En Baños, Inti Luna, bueno, bonito, barato. 

En Cuenca, el Selina Crespo, un hostel muy apañado, al lado del rio y con una decoración muy al gusto ecuatoriano, con arte por todos lados. La cadena Selina está por todo el pais y se va extendiendo por Suramerica. No está mal. Un poco pijo y carero pero son hostels tranquilos y de calidad.

Gastronomía.- En Quito, al ladito del Hostal La Rosario esta el Restaurante Cactus. Vale la pena. Comida italiana. Gonzalo vivió en Milán y aprovecho el tiempo. Tenía ganas de comer una ensalada mediterránea de verdad. 

Restaurante Pimienta, en Baños, un «borrego» al carbón buenísimo. 

Y también en Baños, Café Casa del Volcan. Probad el «Baneño», un plato de la zona con estofado, camote con salsa de pepa de zambo, una especie de patata, arroz, huevo frito y plátano frito. Delicioso. De esos platos que no sabes qué dejarte para el final por retener el gusto. 

En Cuenca recomendable el restaurante Cositas. Muy buena la picada. Y curioso el Restaurante Don Colón, al lado del Ayuntamiento. Un clásico. Si hay hambre pedid unas fajitas. 

En Píllaro no hay que perderse ni la Fritada, carne de cerdo frita con maiz, plátano y pastelitos de patata, ni el Aguita de Puerco, un licor de 15º que la familia de Italo Espin hacen macerando moras. La Fritada está en casi todo el país pero la Aguita, por ahora, sòlo en Píllaro.

Pueblo/Ciudad. – Cuenca es una ciudad preciosa. Y a Pílaro le tomé cariño.

Y en la costa, Mompiche e isla Portete son una experiencia. Eso si, mosquitos a rabiar.

Trekk.- Me gusto mucho Pululua, el frondoso valle dentro de una caldera volcánica a 30 km de Quito.

Y preciosa la travesía andina Quilotoa. Aconsejo hacerla en sentido Insiliví-Chugchilán-Quilotoa. 

Internet. – Rome2Rio. Una aplicación muy útil para saber como ir de un lado a otro. Un imprescindible para viajeros.

Varios. –  La diablada de Píllaro. Una fiesta enmascarada del 1 al 6 de Enero. Unos Reyes Magos… diferentes.

Mención especial. – La familia Velasco, Ítalo Espín y Nestor Bonilla, artesanos de máscaras de la Diablada de Píllaro. Unos diablos encantadores. Los ecuatorianos son encantadores.

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Ecuador (y 5) La costa. Mompiche e isla Portete. Nada.

En Ecuador, la costa famosa es «Montañita», el icono costero del país. Sol, playa, windsurf y juerga. Paso. Yo me voy hacia el sur, hacia Mompiche, en la provincia de Esmeralda, que dicen es lo que era Montañita antes del boom del turismo.

De Quito a Mompiche vienen a ser entre 10 y 12 horas de bus. El paisaje ha cambiado sustancialmente. Ríos caudalosos, bosques exuberantes que se convierten en selva y, al final un pueblecito playero de lo más básico. Esencialmente cabañas y calles embarradas. Tomo posesión de mi habitación y no me da tiempo más que para ver un final de atardecer ya oscuro. Pero el lugar promete.. 

Por la mañana salgo a la playa justo cuando llegan lo pescadores de levantar las redes. Están sacando y limpiando el pescado. La fiesta pajaril está servida. Parece que todo el pueblo está aquí y la atmósfera tiene para mi un no sé qué de en blanco y negro, de pasado perdido. 

Me voy por un sendero hasta el cementerio. Los muertos aquí tienen el mejor mirador del pueblo. Bonita vista pero… esto está muy solitario y aquí hay gente que no quieren que se les moleste así que me voy con viento fresco y reconozco que con un poco de prisa. Andar por camposanto no me gusta. No me gusta nada. Hace bochorno y los mosquitos se divierten conmigo. 

Y me voy hacia Playa Negra. No había visto nunca una playa de arena negra. O no recuerdo. Está prácticamente desierta y paseo con sensación de exclusividad y privilegio acompañado de unos cangrejillos y olor a mar.

Camino y van pasando escenas por los sentidos y las meninges… 

… Me vuelvo al pueblo. Han sido 2 horas y media de paseo y mato el hambre con un arroz de pescado y marisco impensable allí, en casa, por prohibitivo. De lo que hay menos es de arroz…

… Un chaval juega orgulloso con un cochecito que se ha hecho con 4 ruedas de tapones de plástico y una botella de coca cola. Otro juega en la playa con 2 tazas y la arena. Será su ratito de fiesta porque aquí todos los niños ayudan en el negocio o trabajo de sus padres después de la escuela…

… Me quedo mirando como disfruta un perro bañándose en la orilla del mar. Los perros, naturalmente, campan por sus respetos paseando por la calle con las gallinas. No creo que aquí sepan lo que es una correa o un bozal…

… Suena música salsera por todo el pueblo. A todo meter. A nadie le molesta. Todo el mundo sonríe y bromea. Aquí hacen vida en la calle. En las casas hace demasiada calor…

… Me siento bien, relajado porque la gente es amable, suave y servicial. No sólo con los forasteros, que hay muy pocos, sino entre ellos. Los pequeños con sus hermanos mayores, estos con los padres, los padres y los niños con los abuelos, todos con los clientes… Y paso por una casa de comidas y huele a patatas fritas de verdad, a las que comía en mi niñez… 

Sí, un lugar… poco civilizado. No se cuándo nosotros ganamos civilización y perdimos todo eso. 

Un apunte. En Ecuador ya hay los primeros casos de coronavirus. Hasta aquí nos hemos enterado. Todo el mundo habla de lo mismo y las televisiones y radios han cortado las emisiones para desarrollar el temita con conferencias de prensa del gobierno y mesas redondas con ministra y sesudos tertulianos. Es increíble como los medios propagan la alarma y lo que le gusta a la gente el drama. 

Hoy me traslado a la isla de Portete. Un par de días en una isla parece buena forma de acabar un viaje. Está aquí al lado. Me tiro la mochila a la espalda, camino como una horita, cojo una lancha hasta la isla, allí otra caminata por la playa y ya estoy en la cabaña que he reservado para un par de noches. 

Y en la isla la marea está baja. La playa es larguísima pero la dejo para después de comer. Un «encocado», pescado y camarones con una salsita de tomate y coco, me deja ya arreglado para el resto del día. 

Me pateo toda la playa y de vuelta me meto en una especie de manglar-palmeral. Error, porque voy con traje de baño y chancletas, es decir, con las piernas a la vista, y mis piernas, y no lo digo porque sean mías, son tremendamente atractivas, por lo que enjambres de mosquitos se lanzan a ellas como a la miel y yo, incapaz de contener su entusiasmo, me vuelvo a la playa más corriendo que andando.

Luego entro hacia un pueblecito de la isla. Veinte o treinta cabañas, arena, una plaza y una escuela. No veo iglesia. Nada. Cinco niños en la única calle jugando a saltar la cuerda. Otros tantos en una casa charlando. Un par de hombres arreglando una valla, otro cortando cocos y 3 señoras hablando en un único colmado con 4 cosas en venta. Y los mosquitos que todavía me siguen. 

La cabaña donde me alojo es el perfecto refugio, el único, contra esos fanáticos bichos y ya atardece así que me retiro a disfrutar de la absoluta nada o, lo que viene a ser lo mismo, la absoluta paz que hay en este lugar. Es todo silencio. 

Y nada es lo que hago todo el día y toda la noche siguientes disfrutando de la isla. El tiempo es hoy lluvioso, muy gris, tiempo de monzón, al fin y al cabo estamos saliendo del invierno y entrando en la primavera. Sopla viento del norte y las palmeras se bambolean. Ni rastro del sol. Desayuno tranquilo, paseo, un pescadito frito, escribir, pensamientos… Nada. En viaje también hay momentos de gustoso Nada. 

Un día más de vuelta en Mompiche, otro más de paseos y organización en Quito y se acabó. Se acabó Ecuador, se acabó Sudamérica y se acabó este viaje que empezó hace más de 8 meses. Via Portugal todavía tardaré casi 3 semanas en llegar a casa, pero ya me voy acercando. 

De Ecuador, ¿qué mas decir? Pues creo que ya lo he dicho pero lo vuelvo a repetir: no he visto gente más cariñosa que los ecuatorianos…

¡Hasta lueguito Ecuador! 

… Y seguimos. 

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Ecuador (4) Cuenca. Parque Nacional Cajas. Pompas de jabón.

¡Anda! No he escrito nada todavía sobre la colonización de Ecuador… Bueno, más de lo mismo. Atahualpa, el Inca de aquel entonces, decidió entrevistarse con Pizarro. Este lo hizo prisionero, exigió un rescate en oro y plata a sus súbditos y, cuando lo pagaron, se lo cargó. La palabra es la palabra y el honor es el honor.

A partir de ahí, guerra y más guerra. Y evangelización, claro, porque, como siempre, lo que más interesaba a los colonizadores era conseguir hacer llegar la palabra santa a los indígenas ecuatorianos…

Me parece que ya he dicho que los ecuatorianos son más bien pequeños pero parece ser que matones y, desde que consiguieron la independencia hace 200 años, las cosas no han mejorado mucho y han tenido como un centenar de gobiernos, muchos de ellos militares o concordantes, que ya se sabe que son gobiernos sesudos y liberales. Toca a un gobierno cada 2 años. 

Ya en Cuenca. Una serie exponencial plaza-iglesia en extensa sucesión. De todas formas, esta sí es una ciudad elegante, con personalidad y desarrollada con criterio y gusto. Sí. ¡Por fin!

Es domingo otra vez y, para celebrar la fiesta de guardar, esta vez elijo un café tipo americano elegantillo. Fish&chips y un vaso de vino tinto. Y, después de un corto paseo por la bonita zona del río, toda la tarde dominguera de recogimiento espiritual y reposo que yo mismo me prescribo sin necesidad de facultativo alguno. Las tardes de domingo son un clásico del «dolce far niente» . Creo recordar que dicen que hasta Dios descansó y yo, que tengo ya averías como para un parte de guerra, no tengo más remedio ni lo quiero. Me he comprado pan, atún, aguacate, tomate y cebolla para no tener que salir ni a cenar. 

El lunes continúan las vacaciones de carnaval y la ciudad sigue colgada en domingo y se convierte en un refugio para descansar y lamerme las heridas. Esta noche las picadas no me han dejado dormir. 

Cuenca es, ahora, una ciudad «amplia», vacía. Me siento bien. Llueve suave. Paseo y paseo por la ciudad buscando «perlitas». Arte urbano, un balcón con flores, un edificio con historias de ayer, enamorados bajo un paraguas… Caza de sensaciones sin màs pretensión. Como y ceno bien y paso horas en el hostel preparando los mil asuntos pendientes que me esperan en casa. Pausa. 

Al anochecer, a lo lejos veo las montañas entre brumas del Parque Nacional Cajas. Aunque sea sólo a dar un paseito y en chanclas habré de ir.

Me cojo el bus hasta la laguna Toreadora. Me adentro en el Parque y luego doy la vuelta a la laguna. Es bonito, muy bonito, un lugar donde se han fundido la tierra y el agua. Lo disfruto, pero no puedo caminar más de 3 horitas. Ya está bien. Las picadas en el tobillo, mi agotamiento y estar a casi 4.000 metros de altitud no me dejan más margen para estos parajes. 

A las 4h estoy de vuelta y paso la tarde en casa de Alejandro y Sol. Alejandro es el barman del hostel y hemos hecho relación en los desayunos. Argentino, no te diré más. Sol es su compañera, también argentina, patagona de Neuquén. Son un par de jóvenes educados y viajados y la tarde me pasa volando hablando de todo y de nada. Ahora han echado anclas 6 meses en Cuenca, pero en seguida volverán a viajar. Son pájaros. Lo he pasado bien. Es una de esas relaciones en viaje, como pompas de jabón y sin tiempo para sacarle todo el provecho que se merecerían.

Y después me voy a un chino. Si, a un restaurante chino. Para quien todavía no lo haya notado, mi valentía raya con la temeridad y decido cenar en un restaurante chino a pesar del coronavirus y de la cara de malos que tienen todos los chinos. Es lo único que he encontrado abierto. Y ceno, mal, pero no me pasa nada grave. 

Amanece y es miércoles. El Carnaval se acabó y Cuenca despierta ya como la ciudad activa y moderna que es. Todos los locales están ya abiertos y las multitudes van de un lado a otro. Todo recupera su normalidad, mis picadas están ya curadas y yo… levanto el campamento. 

Me voy a Píllaro, un pueblecito cerca de Ambato donde en enero se celebra una famosa diablada. Voy a buscar una máscara para mi colección y eso, al tener que hablar con mucha gente, me permite inmersionar en la sociedad ecuatoriana.

Decía Humboldt  que «los ecuatorianos son seres raros y únicos: duermen tranquilos en medio de crujientes volcanes, viven pobres en medio de incomparables riquezas y se alegran con música triste.“ Bueno, algo de cierto hay…

Pero la característica mas «especial» de los ecuatorianos es otra: no saben decir «no». Tal cual. Les cuesta, les suena duro. Culturalmente, para un ecuatoriano decir «no» es casi insultante, y que les digan «no» es algo así como irrespetuoso, maleducado. Eso trae problemas como cuando preguntas por una calle o cómo llegar a un destino. Jamás dirán «No lo sé» . «De repente, quizás debería ir usted hacia allá, unas 4 cuadras y preguntar a otro vecinito por si fuera mejor dar un rodeito hacia otro lugarcito».

Sí, los diminutivos son lo suyo, es para ellos delicadeza y cariño: «Hola amiguito ¿Como le fué? ¿Estas buenito? Listo, estimado, hasta lueguito». 

Pero no les toques lo que no suena ¿eh? Son brutotes. Leo en una pared: «Zona vigilada. Ladron cojido será linchado». Clarito como el aguita.

Como también lo gastronómico es inmersión, ceno un Sancocho de pollo, un caldo que sienta de miedo, y estofado de carne con plátano frito, ensalada y arroz. Bueno, bueno.

Y, naturalmente nuevas adquisiciones para la colección que espero lleguen a casa sanas y salvas. Con las gestiones por las máscaras he hecho nuevos amigos en Píllaro, quizás más pompas de jabón, quizás no. Las aficiones comunes unen. Para despedirme, al atardecer vamos con Ítalo y Nestor, ambos estudiosos y artesanos de las máscaras pillareñas, al Monumento a la Resistencia Indígena, un mirador con magníficas vistas del Tungurahua, el Chimborazo, los Ilinizas y todo ese inconmensurable paisaje que Humboldt llamaba La Avenida de los Volcanes. Allí nos tomamos una botella de Aguita de Puerco, un macerado de moras que obtienen con una técnica entre la destilación y la fermentaciòn. Me explican el proceso con detalle pero no sabría repetirlo…Ya nos habíamos pulido la botella y no llevo bien el alcohol.

Paso hoja. Voy a conocer algo que me falta de este país: la costa.

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Ecuador (3) Baños de Agua Santa. Erupciones. A contracorriente.

A finales de 1.999, por orden del Presidente de la nación, el ejercito evacuó a todos los habitantes de Baños de Agua Santa porque, decían, el volcán Tungurahua iba a entrar en erupción. En realidad ese volcán siempre está en contenida pero activa erupción. 

Cierto es que el Tungurahua, en Octubre, estaba en una de sus fases más virulentas arrojando, no sólo cenizas, sino también lodo y todo tipo de material piroclástico, pero los baneños están acostumbrados al comportamiento irascible de su activisimo vecino que, en realidad, es el mayor «culpable» del éxito turístico de la ciudad y, por tanto, del medio de vida de más del 90% de la población. 

El olvido en el que el gobierno tenía a los evacuados, que debieron buscarse la vida y refugiarse dispersos, con familiares y amigos, en todos los rincones del país, y la noticia de que algunos militares aprovechaban la evacuación para desvalijar impunemente sus casas y negocios, colmó la paciencia de la gente y el 5 de Enero del año 2.000, recién estrenado el siglo XXI, volvieron a la fuerza a su ciudad sin que los militares lo pudieran evitar. Y el volcán, como siempre, no pasó a mayores.

Quizás un día, como en la fábula del lobo, la gente hará caso omiso de avisos bienintencionados y fundamentados y ocurrirá una verdadera desgracia.

Una patrulla del ejército da el alto a mi autobús y nos hace bajar a todos. ¡Ya estamos! Una fila de hombres y una de mujeres y entre varios soldados, en uniforme de combate y metralleta en ristre, nos cachean, registran mochilas y comprueban documentos. El soldado que revisa concienzudamente mi pasaporte, un niño, le dice a otro un par de años mayor: «Sí, está vigente». Pues qué bien. Me mira la mochila y me pregunta: «¿Que lleva, comida?» Le contesto: «Pues y ropa, y un poco de todo. Con eso viajo». «Ah», me dice. 

Y arriba a continuar viaje. Una escena un poco ridícula. 

Baños es un pueblo rodeado de montañas, un pelín más arreglado que los que he ido viendo pero tampoco ninguna maravilla. Aquí los pueblos y ciudades no guardan el menor orden estético y no tienen ninguna gracia. Mañana me voy a hacer senderos. 

Un sendero natural complicado, por barro y desnivel, me lleva primero a la estatua de la Virgen de Ventanas y, después, a la «Casa del Árbol». Y vuelta al hostal por otro camino completando un círculo a través de toda la montaña. Bonitas vistas de la ciudad, montañas y volcanes y 4 horas y pico de ejercicio a tope. Mi hernia está encantada de la vida. 

Me han asaetado los mosquitos. Especialmente los tobillos. No entiendo como se han podido meter hasta ahí. Los mosquitos son quizás la peor pesadilla de los viajeros y considero su existencia uno de los argumentos más difíciles de rebatir a favor de los ateos. Cuesta pensar en un ser divino tan retorcido como para crear esos bichos tremendamente molestos, transmisores de enfermedades y difíciles de matar. ¿Cual podría ser la razón para crear «eso»? ¿Demostrar al ser humano lo poca cosa qué es? Bueno, supongo que la respuesta es que los caminos de Dios son insondables y sus razones incognoscibles para los simples mortales. 

En el alojamiento hacen un «tratamiento» típico de la zona volcánica que llaman «baño de cajón». Te sientan en una especie de compartimiento de madera tipo sarcófago-sauna, de donde te sobresale solo la cabeza, a sudar durante unos 10 minutos, te sacan y te dan una ducha de agua helada. Y así 4 veces consecutivas. Después te dejan en un jacuzzi calentado a fuego de leña hasta que te pones como una uva pasa, todo asomo de stress se te ha ido por los poros y la circulación de tu sangre es un largo río tranquilo. Si sobrevives, claro. 

Le pregunto al encargado del hostal cuánto pagan por dejarte hacer eso y me dice que nanai, que cobran 5$. Me curiosea. Hoy no, pero voy a pensármelo. Nunca me hago cosas de esas que dicen que son tan saludables. 

Amanezco con los tobillos hinchados y alguna de las picadas se han infectado y convertido en ampollas. Parece que yo también estoy en erupción. El escozor es tremendo y no es asumible ni el roce de unos calcetines. Realmente dañinos estos mosquitos ecuatorianos. Imposible caminar con botas. Parada obligada. No hay otra. Supongo que no serán más que un par de días. 

Baños es demasiado turístico para mi. Montañas, cascadas y ríos han sido transformados en circos para practicar todo tipo de actividades lúdicas regladas en plan tours supuestamente aventureros. Pueden ser cualquier cosa menos naturales: puenting, canyoning, tirolinas, «experiencias» en la selva, bajadas de río con neumáticos y otros artilugios… Y quads, y karts y hasta trenecitos de esos que te pasean por la ciudad. No sé. A mi es que todo eso no me va nada. Ya estamos en las vacaciones de carnaval y familias enteras invaden los lugares como éste. Aparcan al abuelo en un banco, unos distraen al niño y otros se van a esas «aventuras». A mi las cosas cuanto más sencillitas mejor y cuanta menos gente más contento.

Entre esto y mis criminalmente lesionados tobillos no tiene sentido quedarme aqui asi que, si los de la ciudad se van al campo y la playa, yo me voy a la ciudad. A contracorriente se vive muy bien y dicen que Cuenca es preciosa… 

… En cuanto al Baño de cajón… Mira que curioso, me di una ducha de agua calentita, que al fin y al cabo es la misma agua, y se me quitó totalmente la curiosidad. Ademas, por el mismo precio, a cambio hoy me he zampado un «Baneño», un plato de la zona con estofado, camote con salsa de pepa de zambo, una especie de patata con salsa de frutos secos, arroz, huevo y platano fritos y un juguito de frutas. Delicioso. Llámame cobarde… 

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Ecuador (2) La ruta Quilotoa. De Latacunga a Sigchos. La paz vive por aqui.

Me estoy encontrando muy poco extranjero y es curioso que el que encuentro, en buena parte, habla español. Cada vez se habla más español en el Mundo y me temo que es mas por la Shakira, el «Despacito» y lo barato que es la América «española» que por Cervantes y la misma España. Allí todo está muy caro pero, aquí, un buen viajero se tira 1 año viajando por 4 duros y encima aprende un idioma.

Latacunga estaba ubicada en un frondoso valle rodeado de majestuosas montañas y tiene un centro histórico grandioso, con plazas y edificios monumentales además de, naturalmente, las consabidas iglesias coloniales. Hoy en día el conjunto es de lo más feo y el desarrollo urbano ha sido un desastre.

Un mural en una pared recuerda mejores tiempos bajo un soberbio lema: «Latacunga, patrimonio de siglos». Una mirada desde arriba de la ciudad evidencia que ese patrimonio se ha dilapidado en menos de un centenar de años. Apenas algunas gotas verdes salpican el triste gris cemento mezclado con el negro del cableado que decoloran el horizonte. 

¿Que ha pasado en el siglo XX que se han hecho tan mal las cosas? 

Ya hace 200 años que Humboldt dijo: «Creo que el ser humano está violando a la Naturaleza». El fué el primero que predijo el cambio climático y hoy los hay que todavía lo niegan y la mayoría actúan como si les importara un pimiento.Y el proceso parece imparable. Es descorazonador.

En Latacunga muchas tiendas de chorradas, restaurantes de comida carnívora por todos lados e indígenas de chal y sombrerito con pluma de pavo real sobreviviendo en la calle convertida en mercado sin gracia, orden ni concierto. «Mi señor…» , «Caballero…», «Caramelitos, caramelo, chiclecitos!», «Habitas, maní!» «¡Chocolate!», «Papas, papitas con pollo, 1 dolarito!», «¡Cañas, cañitas, chochitos!»…

… Yo me voy de aquí. 

Zumbahua. Mejora el tema… un poco. Ya en el autobús, subiendo a las montañas por un bonito loop, vas viendo que la Naturaleza se va adueñando de la situaciòn pero el pueblo, Zumbahua, es más de lo mismo. Feo. Dejo mochila y, para aprovechar el domingo, me subo a una camioneta y me voy a ver la laguna Quilotoa, a 12 km.

La laguna en si es una maravilla, pero turistificada a tope. Se puede visitar desde Quito en una excursión de un día y está lleno de turista americano pijo con anorak de Kalvin Klein de paso hacia Galápagos. Los traen aquí en coche, bajan a pie y les suben a caballo o burro. Con 40 años. Y uno se pregunta ¿para que creerán que les han puesto piernas? 

Para bajar, 45 minutos por un sendero arenoso y resbaladizo de pendiente considerable. Me busco un lugar solitario para disfrutar del verde lago en paz. He tragado mas polvo que una hormigonera. La caballería es lo que tiene. La subida, una horita y media que se hace dura. 

Total, visto está pero no le doy ninguna nota. Naturaleza domesticada. Excursión dominguera. Habrá que alejarse màs de los circuitos trillados. Claro que, para paz, cimas de alta montaña y de eso aquí hay un montòn. Pero no. Estoy en desaceleración. He llegado a ese punto de no retorno en que no recupero.

Hoy dormiré en Zumbahua y mañana temprano me voy a Chugchilán. 

En Chugchilán, no hay ya más que indígenas. Encuentro un hostal de montaña solitario que ni pintado, todo madera con unas vistas magníficas al cañón del Toachi y las montañas que lo escoltan. Un viento huracanado da una sensación de lugar recóndito. Soy el único cliente. Buscaba paz y creo que vive por aquí. 

Subo hacia las montañas para hacer una travesía circular que me aconsejan en el alojamiento. Las vistas desde lo alto se magnifican y la especie de mural divino que tengo ante los ojos sobrecoge. 

Me desvío por una canal que no existe en el GPS y me asomo al «Bosque nublado» pero no bajo porque, realmente, el nombre es hipertextual y el lodazal del camino está lleno de mosquitos y con pinta de haber otras bestias más larguiruchas. No juego. 

Vuelvo a tomar el camino y llego a una aldea, Chinalo Alto, un lugar sin ningún sentido, un conjunto de… habitáculos, una iglesia, una escuela y una torre eléctrica. Ni un alma a la vista. Hay un par de fábricas de queso por aquí y supongo que eso es lo que justifica la colonia en cuestión. Hay muchos lugares como este en el Mundo, aislados, atemporales, más de pesadilla que de sueño. 

Han sido 5 horas de camino. De vuelta a mi hostal solitario. Hace fresco y me relamo pensando lo bien que dormiré esta noche entre mantitas…

Hoy toca travesía hasta Isinliví, unos 12 kilómetros, mitad subida, mitad bajada, 12 kg de peso en la mochila. La caminata es guapa, paisajes preciosos y sin una dificultad exagerada. Quizás el ultimo tramo, 1 km de bajada y otro de subida son un pelín cabroncetes pero la majestuosidad de la Naturaleza te distrae de cualquier dificultad.

Son 5 horas, nada bestia pero al llegar, duchándome, me doy cuenta que tengo otra hernia. Y digo otra porque ya son un clásico en mi. Creo que ya me han operado 2 ò 3 veces de hernias recidivas. Entre pitos y flautas ya he pasado mas de 10 veces por quirófano. Ni sabría contarlas porque hasta se me superponen cicatrices. Siempre de lio en lio. Esto me va a retrasar los planes.

Isinliví son 2 hostales y diez casas entre montañas. El hostal, otra gozada de tranquilidad y la cena, incluida en el precio, deliciosa. O quizás es el hambre que tengo. Ducha fría, eso si. Pero el pueblito es de fábula, no para vivir, ¡Dios me libre!, pero para una noche es magnífico. Ni los perros se atreven a ladrar. De noche, un cielo impoluto hace alarde de todas sus estrellas. Una pasada. 

Para mi se acabó la ruta Quilotoa, en realidad ya lo he visto todo y más. Solo queda llegar a Sigchos y casi todo el camino es carretera así que mañana me pillo un bus o camioneta y me lo tomo con calma. Con un poco de suerte llego pronto a Latacunga de vuelta y me puedo ir mañana mismo hacia Baños, mi próximo destino. El nombre completo es Baños de Agua Santa. Eso es lo que necesito yo. 

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Ecuador (1) Quito. Latitud 0º 0′ 0″. La Mitad del Mundo.

Quito, Ecuador.

Uno podría imaginarse que si viajas a Ecuador es para conocer el legendario archipiélago Galápagos. No será mi caso. Ir a Galápagos es caro, voy pasado de presupuesto y, sobre todo, dicen, allí todo está extraordinariamente reglado y las reglas no me van mucho. 

Prácticamente todo Galápagos es Parque Nacional y parece que ir solo a conocer las islas es misión imposible. Y si hay otra cosa que me de más alergia que las reglas, son los tours organizados. Me suena a Parque temático así que, por ahora… Paso de Darwin. Quizás en otra ocasión. 

En Ecuador quiero seguir los pasos de otro extraordinario viajero y naturalista: Alexander von Humboldt. Fué él quien, en su obra Cosmos, escribió: «La región montañosa cercana al Ecuador… es la zona más pequeña de la superficie de nuestro planeta en la que se observa mayor diversidad de la naturaleza». Vamos a verlo. La Naturaleza sí es lo mio.

Desde luego no haré un viaje tan duro como el de Humboldt. Él pasó aquí 8 meses, subió al volcán Pichincha, intentó, sin llegar a cima, el volcán Chimborazo y estudió la flora y fauna de Ecuador en las zonas de Riobamba, Cañar, Cuenca, Baños, Loja, Tambo… Y todo eso recién nacido el siglo XIX, que entonces si era difícil viajar..

El mio espero que sea un viaje relajado y tranquilo. Estoy agotado y no doy para esfuerzos fuera de lo normalito. O lo normalito para mi, que muy normal no es. 

Y hablando de anormalidades tengo una cierta preocupación por el coronavirus que está en plena efervescencia. En los aeropuertos se ve mucha gente con máscaras para evitar contagios y es obvio que el ambiente viajero, hoy por hoy, es peligroso. Desconozco por donde han estado los viajeros con los que me voy encontrando en el camino. Es hora de prudencia e incluso evitaré en lo posible los dormitorios colectivos de los hóstels. 

Y en el hostal que he escogido en Quito tengo ducha caliente. ¡Tremendo! El placer de una ducha caliente es una barbaridad. Yo creo que la gente, a fuerza de hacer cotidianos los placeres como éste acaban quitándoles todo valor. Solo tiene valor lo escaso y algo que tienes cada día pierde capacidad de dar felicidad.

El caso del agua y la energía es más sangrante porque son bienes escasos que Occidente, en su soberbia y voracidad insaciable e insatisfecha, gasta como si fueran inagotables. Y mientras sobra agua y luz falta felicidad y la depresión, la peste del siglo XXI, se propaga sin freno. Quizás, un día, en un Mundo de gente triste y vacía, caerá la ultima gota de agua. Y hará un ruido estruendoso.

Pues eso, que cada uno haga de su capa un sayo. 

El centro histórico de Quito es bonito, muy bonito. Un apelotonamiento de iglesias y edificios coloniales, plazas y calles llenas de historia y color. El resto, una sucesión de barrios de distinta clase y posición que suben por las colinas vistiendo para siempre el bosque de ciudad. Subo a ver la Virgen del Panecillo, tropecientas escaleras que se premian con las mejores vistas de la ciudad. Una ciudad agotadora, todo arriba y abajo, pero recorrerla es gustoso. Las iglesias tampoco son lo mío pero San Francisco, las catedrales y la Iglesia de la Compañía de Jesús son… impresionantes hasta la exageración. Hay tantísima pasta alrededor de las religiones… No digo más. 

Ecuador me parece que será un buen lugar para engordar porque su gastronomía es variada y deliciosa. Menús de mediodía pantagruélicos, parrilladas de carne, pescado, mariscos, el ceviche, las empanadas… Imposible pasar hambre. 

La gente es de raza muy india, amables, presumidos y más dados a la seriedad y el drama, como los angustiosos titulares de los periódicos demuestran, que al baile y la música que también haberlos hailos… Son primeras impresiones. Total, acabo de llegar. Ya iremos viendo. 

Es vigilia de San Valentín y, aunque yo soy mucho mas de Sant Jordi, me compro un pastelito de chocolate, una media botellita de vino y pasamos, Nacho y yo, una agradable y feliz velada de organización de nuestro próximo destino. Cualquier excusa es buena para quererse a uno mismo. Es importante. 

Hoy me voy a ver La Mitad del Mundo, la ubicación exacta de la línea del Ecuador, y a Pululahua, una caldera volcánica habitada. Creo que no hay ninguna otra en el Mundo. Para vivir dentro de un volcán hay que tener… humor. 

Dos horas de autobuses y media hora a pie me llevan al cráter del Pululahua. Desde el mirador, la niebla da la impresión que bajas al infierno pero es un espejismo porque el cráter es todo lo contrario. Es un valle frondoso salpicado de casitas, ganado y cultivos con una paz de paraíso bucólico. Aquí viven 54 familias pero el silencio es apabullante. Camino por todo el cráter con una sensación extraña, como de caminar por donde no se debe. Aunque no es mi primera vez, saber que éste es un volcán activo no es tranquilizador. 

Subo ya hacia el mirador de donde salí. Es una subida fuerte, desde los 1.800 metros hasta los 2.800. El sendero, que de bajada era resbaladizo, de subida se vuelve esforzado y se me hacen las 3 de la tarde sin darme cuenta. 

Sigo caminando ya por carretera de vuelta a la ciudad y me planto justo en la línea del Ecuador. ¡Ya estoy en la latitud 0º 0′ 0″! ¿Y que hay allí? Pues nada, un monumento faraónico de dudoso gusto y una serie de «atractivos turísticos» con pretensiones más o menos científicas y culturales. Se puede uno ahorrar los 5$ de entrada al parquecillo si no hay curiosidad por el asunto pero, pasar por ahí, yo creo que en una Vuelta al Mundo hay que pasar. Hecho pues. 

Ya he caminado mis 5 buenas horas asi que me vuelvo para el hostal. Mañana, tempranito, capítulo nuevo. Rumbo a Latacunga. Es la zona de la ruta Quilotoa. 

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