Luba, hija de un cacique del pueblo, se enamoró de un soldado español que sometía a su pueblo y rechazó a su guerrero enamorado Yaraví, quien no pudo soportar el despecho y se suicidó. Ella se arrepintió y decidió no traicionar a su pueblo, renunciando a su amor por el español. Para olvidar su tristeza comenzó a caminar por el bosque hasta que cayó rendida y murió. Su cuerpo se transformó en una montaña.
El Valle de Antón es un pueblo a poco más de dos horas de La Chorrera por la carretera Panamericana. Un pueblo turístico rodeado de selva, cataratas, petroglifos y pozas termales, situado en el cráter de un volcán inactivo, el segundo cráter volcánico más grande del mundo. Con el tiempo, la lluvia acumulada en el cráter erosionó el terreno, formando el valle.
Pues eso, un pueblecito pintoresco, fresco y tranquilo con un montón de senderos para caminar entre los cuales destaca La India Dormida, una ruta con formaciones rocosas que se asemejan a la silueta de una mujer recostada, bien decorada con la leyenda con que empezábamos este escrito. Bueno, “se asemejan” es mucho decir. En realidad para ver alguien echado durmiendo en unas montañas no has de tener la fantasía de Walt Disney porque de ese tipo de figuras rocosas hay por todos lados. Y es que el turista va a ver lo que le digan que vea, sea una india dormida, un cocodrilo, un ovni o el mismísimo Yeti en versión hispana.
Aquí hay un montón de mansiones enormes con jardines kilométricos bien cuidados, segundas residencias de familias con dinerito de Panamá City. Hasta hay una carretera que se llama “Avenida de los Millonarios”. Panamá es pobre, y como en todos los países pobres, hay gente muy rica…Natural (?).
Encuentro una «cabaña» estupenda para pasar unos días. El lugar se llama «DondeJosè». Resulta que el dueño es de Huelva, un tío encantador, más salado que un pescado: Josè, claro. ¡Vaya pájaro! Nos hacemos amigos.
Quizás porque es fin de semana y no quiero encontrarme demasiada gente, o simplemente por espíritu de contradicción, antes que la India Dormida, quiero hacer el Cerro Cara Iguana, y Josè guía “la expedición”. Cuatro horas y media, 16 kilometros de caminata sube y baja con tremendas vistas al cráter y a todo alrededor. Una chulada. Todo ello amenizado con bromas y requiebros con el susodicho José. Tiene 64 años, está lesionado en el tobillo y la rodilla y, ya de entrada, me aparece vestido con más protecciones que Robocop pero en pantalón corto y con sombrero de paja. La primera en la frente…
El tipo es muy de la broma y el “chinche” y no callaría ni bajo el agua así que, mucho menos, en territorio selvático por más exigente que se ponga la cosa. Los andaluces son especialistas en esgrima verbal y yo, en eso, aunque vaya ahogado en la subida, me defiendo como gato panza arriba.
Yo creo que Josè no necesita lo del hostal para vivir pero le gusta el contacto con la gente y hacer de guia turístico. Y lo que no sabe se lo inventa. Eso sí, habla inglés perfectamente. Vemos una casa que en la puerta pone “Welcome” y nos dice to serio que esa casa es de un señor inglés muy rico que se llama Welcome y que tiene por aquí muchas casas y a todas les pone su nombre. Hace 13 años que está en Panamá y no se le ha quitado ni un ápice de ceceo. Para quitarle el acento andaluz habría que arrancarle el corazón.
Ya es domingo. Que no se entere José pero, la verdad, el Cerro Cara Iguana me ha dejado perjudicado de la espalda y planeamos un domingo tranquilo en el hostal. Hago una tortilla Carmen Amaya (patata, cebolla y chorizo) de chuparse los dedos. Cervezas, vino chileno y más bromas y cachondeo. Todo muy dominguero y hasta entrada la noche. Y luna llena. Genial.
Hoy sí toca La India Dormida. Sendero guapísimo y también exigente. Otro 16 kilómetros, cuatro horitas entre unas cosas y las otras. Éste tiene la gracia de que te vas encontrando saltos de agua pero, en cuanto a vistas, es más interior que el Cara Iguana y poco vas viendo hasta la cima más que verde por todos lados. En la cima ya sí, vistas aéreas a El Valle. En todo caso, magnifico, muy selvático, entre raíces y piedras húmedas de las resbalonas. Un despiste y … al suelo. Me llevo un par de rascadas. Gajes del oficio.
Qué chulo es el cansancio. Llegar a cubierto después de un buen ejercicio, en especial si las pasas un pelin canutas, es el placer de quitarse unos zapatos apretados. No entiendo a la gente que no le gusta salir de su zona de confort. El continuo bienestar y la holgura no te permite sentir nada, ni bueno ni malo. Y vivir sin sentir es poco vivir.
Hoy me toca cocinar: “Ave de corral a la catalana con verduras del huerto”. Dice Josè que eso es pollo a la cazuela con lo que he encontrado en la nevera. Eso me duele. De desagradecidos y envidiosos está el infierno lleno. Es igual, está buenísimo. Soy un genio de la cocina y si mi abuelita estuviera viva seguro estaría muy orgullosa.
Está etapa se acaba. Lo he pasado bien. Es uno de esos sitios que te encuentras viajando en donde podrías perfectamente quedarte más días. Semanas quizás. Pero no, el Mundo es muy grande. Seguimos adelante porque, aunque la gente actúa como si fuera inmortal, no es así. Un día se acabará el tiempo y, mientras, hay que seguir viviendo, hay que seguir conociendo, hay que seguir sintiendo.












































